El bar era el escenario del ámbito público del hombre. Cuando se descansaba del trabajo, o no lo había o cuando llovía tanto que no se podía ir a trabajar, estos establecimientos se llenaban de hombres ociosos que podían pasar días y días con pequeños “descansos” para comer o dormir. Muchos hombres pasaban más tiempo en el bar que en su casa.  








En el bar se quedaba con los compañeros de trabajo, se cerraban tratos (se cuenta cómo un burro cambiaba de manos varias veces en la misma “pechá“ de vino), unos pocos leen las noticias del periódico, algunos hasta se inventan su propio telediario; en definitiva, el bar como lugar de animada charla con los amigos o de acalorada discusión llegado el caso; se jugaba al parchís, al ajedrez, a las cartas o dominó para pasar la tarde. Como todo esto tiene lugar con una copa delante, más de uno hasta se emborrachaba. La gente abarrotaba los bares pero el negocio no era tanto como la cantidad de gente pudiera hacer pensar en un principio, dado que el poder adquisitivo era escaso. Las pizarras con lo que se dejaba a deber para mejor ocasión, eran un elemento imprescindible de todos ellos.





Ya hemos visto otras veces como el bar de Alfonsito el de Pérez, era el centro neurálgico donde se reunían los campesinos y los jornaleros en los años sesenta. El dominó es uno de los juegos preferidos y una de estas partidas es la que Mintz fotografía. Se coloca en el otro extremo y saca a Francisco Cantero, «Pinganillo» en plena partida de dominó. En uno de esos primeros planos que tanto le gustan al Americano.  Redondo calla y mira, como dicen que tienen que hacer los «mirones» en estas partidas. Al fondo, apoyado en la barra, esta J. Benítez.
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