El fotoblog de hoy versa sobre dos fotografías con muchas cosas en común y con muchas diferencias. La primera fotografía es de Mintz, de los sesenta; la segunda, de Alfonso Pérez-Blanco, dos décadas después. Las dos muestran lo mismo y desde la misma perspectiva. Se trata de una escena cotidiana al final de la calle San Elías, a la entrada del pueblo por el sur. El elemento arquitectónico central es la casa de María Camacho, el antiguo ventorillo de la familia Vela.

Desde 1555 tenemos noticias documentadas de la existencia en el pago de Casas Viejas de una ermita y una venta. Ellas son el centro y el eje de todo el poblamiento disperso de la zona y de los viajeros, de todo tipo, que deambulaban por la zona. En el siglo XIX, cuando la población se estabilizó, el ventorrillo lo adquirió el patriarca de la familia López. Fueron varios los que lo explotaron, pero la propiedad pertenecía a la familia Vela desde que Francisco Vela López lo compró en la primera mitad del siglo XIX. Según Mintz, «adquirió el viejo mesón, el primer edificio techado de teja en Casas Viejas, a cambio de impuestos atrasados».
  
La imponente cubierta a dos aguas de la vieja venta se impone majestuosa ante tanta choza de carácter temporal y liviano que ha habido en su entorno. Como la ermita desapareció engullida bajo la actual iglesia, estamos ante el edificio más antiguo que hay en el pueblo.
  
Ninguno de los dos fotógrafos toma una fotografía de un acontecimiento especial, como una boda o un bautizo, o piden a los lugareños que hagan un posado. Simplemente, se fotografía la cotidianidad, el instante. Pero las dos décadas pasadas dejan huella, y más estas dos concretas, las cuales han marcado el paso de la sociedad tradicional a la sociedad moderna. No solo es que las viviendas luzcan un adecuado encalado o que la tierra haya sido sustituida por asfalto en la segunda imagen, sino también que las personas que aparecen están haciendo cosas distintas. 
 
En la de Mintz, dos mujeres y un niño se muestran en su ámbito habitual y dos hombres pasan por el lugar provenientes del trabajo. En la segunda, una mujer está sentada en la puerta de su casa, varios niños juegan en la esquina y, en el otro extremo, una mujer sale de su casa con su hijo en brazos. Un tendedero con ropa al sol en la esquina de la foto le otorga un carácter popular a esta. Otro niño, en primer plano, pasea por la calle en bicicleta. Las bicicletas son las protagonistas de las fotos, pero en cada una tienen una función distinta: en la primera son un instrumento más del trabajo; en la segunda sirven para el entretenimiento y la diversión. 
 
Pero, aunque los cambios habidos en estas dos décadas han sido fundamentales, trascendentales, estas dos fotografías demuestran que, aunque pase el tiempo y las cosas cambian, también las hay que permanecen. Este viejo ventorrillo, ahora en ruinas, descuidado y abandonado, ha demostrado una fortaleza superior al resto de edificios circundantes.
  
Estas dos fotos me invitan a reflexionar sobre qué es el tiempo. Decía san Agustín sobre él: «Si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé»Creo que el tiempo marca nuestra vida. Somos personas porque estamos limitados por una cuestión temporal, pertenecemos a una generación, a un grupo de personas que compartimos una cultura y una forma de concebir la vida común. Pero nuestro tiempo no es algo inamovible, va cambiando, como decía Machado: «Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar». Ese «pasa» y ese «queda» es lo que me sugieren estas dos magníficas fotografías de estos dos grandes artistas enamorados de esta tierra: Jerome Mintz y Alfonso Pérez-Blanco.

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