En el pueblo de al lado se casó y allí nacieron sus tres hijos. Hacía casi tres años que el teniente de la Guardia Civil le advirtió seriamente para que dejase el contrabando. El, que no tenía otro medio de vida, acordó con Ana, su esposa, marchar de allí y en menos de un mes, después de aquel suceso, se vino a vivir a la aldea adonde ahora residía. 





El contrabando era una actividad ilegal y perseguida que existía desde siempre, desde que Gibraltar fue colonia inglesa en el siglo XVIII, y en aquellos años duros años, después de la guerra civil del treinta y seis, constituía un modesto medio de vida, mejor decir de subsistencia, de algunas pocas familias de la zona, entre ellas la de Eloy. Durante la postguerra, la escasez de bienes en España, sometida por entonces al aislamiento y bloqueo internacional, a más de carecer de divisas para importarlos, hizo que determinados productos, tabaco, café, golosinas, jabones, perfumes, medicamentos, etc. adquiriesen mucho valor en el mercado negro adquiriendo entonces la actividad del contrabando con Gibraltar una cierta importancia económica en la zona. Los trabajadores que cada día entraban en el Peñón introducían las mercancías al menudeo sin pasar la aduana, los contrabandistas importantes de Gibraltar y Tánger desembarcaban los grandes alijos en las playas.
Ya en España, en La Línea, San Roque, Algeciras, mujeres con cestas, sacos y bolsas ocultas bajo la ropa, andando, en caballerías, en autobuses y en el tren, las pasaban hacia el interior del país. Contrabandistas a caballo, oficio de hombres fuertes y arriesgados, cruzaban la sierra, camino del interior con sus fardos de tabaco y café, como lo habían hecho desde el siglo IXX, en jornadas nocturnas de hasta ocho leguas, por senderos alejados de los caminos vigilados por la guardia civil, ocultándose durante el día en cuevas y caseríos. 





Con la presencia del maquis, se reforzó la vigilancia en la comarca, guardias en destacamentos fijos en algunos cortijos, otros a caballo, recorrían día y noche la sierra, desde el Aljibe al mar, buscando a la gente armada venida de Argelia con intención de organizar la resistencia. El maquis sembraba entonces el miedo en aquellos parajes llevando a cabo algunos robos y secuestros en tanto buscaba el apoyo y la complicidad de la gente del país y muchas personas, pastores, carboneros, corcheros, contrabandistas e incluso la gente de los caseríos y cortijos estaban vigilados bajo la sospecha de ser confidentes o colaboradores del maquis.





Las travesías de los contrabandistas se hicieron entonces muy penosas, en noches de mal tiempo, sin luna y por caminos difíciles. Cada vez era mayor el riesgo de toparse con la guardia civil, verse “metio en el zipizape” de un tiroteo, perder las bestias y el alijo, y en caso de reincidencia dar con los huesos en la cárcel. Así lo cantaba el Niño de Barbate en la cantiña de aquella contrabandista que desde lo alto de la sierra se quejaba de no ver “de vení” el barco correo de La Habana a Cádiz en las aguas de Trafalgar ¿soñaría con abandonar el contrabando y emigrar a Cuba?

Yo soy la contrabandista
que meto tanto ruio,
Yo me voy con mi marío
a la plaza de Gibraltar
y si me tiran al resguardo
o me meto en el zipizape
tiro mi jaca al escape
Y me voy por donde he venío.
Tengo los zapatos rotos
de subir a la monterana
y nunca veo de vení
al correo de La Habana.
Como eres bonita
estás presumiendo
y mi corazoncito
está padeciendo
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