Un grupo de niños posa ante la cámara de Mintz. Están en la venta Nueva (durante muchos años lugar de encuentro de los trabajadores que partían hacia el campo a ganarse el jornal) y vienen de echar la jornada en Las Lomas. Las gorras, el jarrillo de lata y las correas o guitas que sujetan sus pantalones nos hablan de una época de carencias.




El trabajo de los niños estaba unido a la estructura y economía familiar: las familias eran, por un lado, unidades de producción y, por otro, de consumo. La decisión de que un niño o una niña empezase a trabajar venía determinada en función de su composición, número, edad y sexo; y en la mayoría de las ocasiones, los jornales de toda la familia seguían siendo insuficientes para afrontar las necesidades básicas de consumo. 



Como regla general, el hombre iba al campo y la mujer a servir en las casas de familias acomodadas. Aunque legalmente, durante todo el franquismo, existió una regulación legislativa que mantuvo la posibilidad de que los menores de catorce años trabajasen en la agricultura y en talleres de familia, no la hubo sobre el trabajo doméstico. Es obvio que el trabajo infantil priva a los niños y niñas de su infancia, de su potencial y su dignidad, así como de su educación, por lo que este trabajo infantil resulta dañino para su desarrollo físico, social y mental. Como niño vivía muy poco tiempo y pronto se educaba para ser adulto, para ayudar a conservar el grupo social.



Esta fotografía habla por sí sola: no son niños los que están jugando, son adultos, pequeños, muy pequeños, que se comportan como tales y que vienen de trabajar. Entre los fotografiados están José  Pérez González «Diana» y Antonio Rojas.
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