Extracto del documental Carnaval de pueblo (1987), de Jerome Mintz
Hace ya muchos años, mi antiguo alumno y, sin embargo, amigo Juan Pedro Aguilera me dijo que este pueblo tenía mucha historia, pero que no se conocía ni una mínima parte, que lo que conocíamos era la punta del iceberg. Conforme nos adentramos en su estudio, hay que darle la razón a Juan Pedro de nuevo.
Pero la causa no es casual ni producto del azar, sino que responde a un proceso más global de apropiación de los recursos por unos pocos en perjuicio de unos muchos. Es el famoso fatalismo andaluz, que siempre ha sido aprovechado de forma sistemática por los poderosos para extender el catetismo y el caciquismo.
En el documental Carnaval de pueblo, de Mintz, el relojero Pedro Buendía hace al principio la siguiente presentación del pueblo:
Este pueblo se llama Benalup. Tiene 5000 habitantes. Este pueblo es un pueblo aburrido, de poca industria. No hay nada que hacer. Tenemos dos o tres fiestas. Tenemos Santa Ana en julio. Semana Santa, donde hay vigilia y no se come. Después tenemos el Carnaval; el Carnaval dura una semana. Los muchachos cogen noticias durante todo el año, donde pueden. De una mujer que se quedó embarazada o una muchacha que se fue con el novio. Las comparsas y las chirigotas, los bares se llenan de gente. Así pasamos la fecha. Un pueblo muy aburrido, muy chico y nada más. No sé qué más decirle. Aquí la industria está perdida. Aquí no hay trabajo. Esto está perdido.
Los datos que hoy conocemos confirman la opinión de Juan Pedro y refutan la del relojero. Ayer mismo aparecía en la prensa que hay estudios de la Universidad de Barcelona que confirman que los primeros habitantes que pasaron de África a Europa lo hicieron por el Estrecho y, por tanto, por esta zona.
También, debido a la privilegiada posición, al sur del sur, al lado de la laguna de La Janda, entre la costa y las sierras de los Alcornocales, poseemos una riqueza de restos arqueológicos prehistóricos incomparable: material lítico, pinturas, tumbas, dólmenes, etc.
Recientemente, se ha publicado un libro con la teoría de que Tartessos se sitúa en una isla fluvial del Barbate, cerca de nuestro pueblo.
También está contrastada la presencia de los romanos en la zona: hay restos en la actual área del Celemín y de la antigua calzada que unía Sevilla con Algeciras.
Es evidente que es mucho más lo que desconocemos del mundo romano y prehistórico de la zona que lo que hasta ahora conocemos. Lo mismo ocurre con el legado musulmán, pese a las evidencias de la batalla de la laguna de La Janda, la torre de la Morita, Algar, los molinos harineros o las huellas de los sistemas musulmanes de regadío.
También pasa con la Edad Moderna. Sabemos muy poco del poblamiento disperso en el sitio de Casas Viejas del que hablan las fuentes desde 1555, del ventorrillo de la calle San Elías o de la etapa de la historia moderna. El monasterio del Cuervo tiene un inmenso valor cultural y natural, pero, al igual que la Morita, el Tajo de las Figuras o gran parte de nuestro patrimonio material, se encuentra aislado, cerrado e inaccesible al público.
Si dejamos a un lado el patrimonio anterior al siglo XIX y nos centramos en el que apareció tras la fundación del pueblo como localidad estable a partir de 1821, el panorama no es más halagüeño. No solo sabemos poco sobre los sopacas o los primeros pobladores de estas tierras, sino que todas las luchas por mejorar sus condiciones de vida se han percibido hasta fechas recientes como algo despectivo y negativo, cuanto menos, y desconocido, cuanto más. En ese sentido, todo el rico patrimonio inmaterial ligado a los jornaleros, la gran clase social protagonista del pueblo, ni es valorado ni es conocido ni interesa.
Sin embargo, la historia contemporánea de este pueblo tiene una atracción en el exterior como casi ninguna otra población española. Ejemplo de ello es la difusión y valoración mundial del libro Los anarquistas de Casas Viejas, de Jerome Mintz, o la reciente reedición de Viaje a la aldea del crimen, de Sender.
Lo mismo ocurre con la percepción general del pueblo. Mientras que entre sus habitantes predomina la sensación de que «es muy chico, muy aburrido y no tiene nada», son numerosos los belgas, los leoneses o los catalanes, por citar solo tres ejemplos, que al llegar a esta zona quedan atrapados por las mallas que tejen sus numerosos encantos.
Tengo la convicción de que no se trata de un proceso sin importancia y propio de la suerte, sino que forma parte del fenómeno de apropiación de los recursos naturales por parte de unos pocos en perjuicio de unos muchos que se inició en el siglo XIX con la desamortización y la formación del pueblo. No es azaroso que los principales recursos naturales y patrimoniales de la zona estén en manos de unos pocos y sean inaccesibles para la mayoría de los habitantes o de los visitantes.
Tengo la certeza de la existencia de un rico patrimonio material prehistórico, medieval y moderno, y de un inmenso patrimonio inmaterial de la Edad Contemporánea, con la enorme fortuna de que Mintz lo rescató y conservó para la posteridad.
Y, sobre todo, siento la necesidad de luchar por ese patrimonio cultural. Lucha que se debería concretar en su conocimiento, valoración y consiguiente protección. Me parece que es uno de los retos más importantes que tenemos esta generación de benalupenses-casaviejeños. Y más cuando la globalización actual tiende a homogeneizar e invisibilizar lo propio y la extensión del fatalismo en el pasado posibilita la baja autoestima y el desconocimiento de aquellos recursos que dan identidad a un pueblo y forman los grupos.
Este año se cumple el 25 aniversario de la segregación de Benalup respecto a Medina Sidonia. Es cierto que en esos 25 años se ha avanzado mucho y se han conseguido muchos logros. También lo es que el patrimonio cultural es uno de los puntos débiles, pese a que el bienintencionado Plan Benalup 2000 lo situaba como el centro del desarrollo futuro.
En mi opinión, este patrimonio cultural no solo es importante por los recursos económicos que puede atraer en el marco de la diversificación económica y del desarrollo sostenible que propugna la PAC para el mundo rural con el fin de preservar los recursos naturales y culturales y fijar la población, sino también porque el triunfo de la sociedad del conocimiento y la valoración de nuestras raíces contribuirán a alejar definitivamente el fatalismo que tanto ha beneficiado a una minoría y tanto ha perjudicado a la mayoría.
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