Suegra y nuera, María Jordán Aragón, a la izquierda, y Luisa Caravaca Sánchez, a la derecha; por detrás asoman las castañuelas del casarón en el que vivían en la calle Torreta. Los rostros reflejan el sufrimiento y las malas condiciones de vida. La vestimenta completa la escena: ropa estropeada por el uso. María de luto que
duraba toda la vida, pañuelo a la cabeza y delantal que formaban parte del uniforme de casi todas las mujeres.





María era la madre de Luis «Torrijas», casado con Luisa; tuvieron siete hijos, los «Torrijas» actuales. Dos mujeres, como el resto, que no tuvieron más remedio que adaptarse a las duras circunstancias que la vida les fue imponiendo. 



La mujer durante el franquismo se convierte en un instrumento del estado, desde el punto de vista biológico es agente de procreación y desde el punto de vista ideológico, la correa de transmisión de la ideología del régimen. En condiciones de subdesarrollo o cercanas a ellas son las mujeres y los niños y niñas los grandes damnificados de las pésimas condiciones de vida. En la actualidad uno de los indicadores de desarrollo más socorrido es la comparación de la situación laboral y jurídica de la mujer con respecto al hombre.



En Benalup de Sidonia de los años sesenta y setenta había un abismo entre los indicadores de incorporación al mercado laboral, analfabetismo o derecho reales o jurídicos de ambos sexos. Pese a las pésimas condiciones económicas y políticas en las que se desenvuelven sacan adelante a su familia con todo el cariño y la fuerza que sólo ellas son capaces. Ha sido el sector de la población más castigado, vilipendiado y reprimido. Han sido también las grandes protagonistas de ese titánico esfuerzo que se ha hecho en Benalup de Sidonia para pasar del mundo antiguo al moderno. También han sido, como reza el título de esta exposición, las grandes olvidadas.



Durante el franquismo las características que se valoran en una mujer es que sea sentimental, bondadosa, generosa y servicial, virtudes necesarias para el rol que se le pide: ama de casa, madre y esposa. Además debe ser dócil y abnegada, sometida a la teórica superioridad masculina. Pero este adoctrinamiento no es exclusivo del franquismo, sino del tradicionalismo. Ya con la Restauración también se daba y la II República estuvo a punto de terminar con él, pero la Guerra Civil retrasó el cambio en la concepción de los géneros. A finales de los sesenta, el desarrollismo, el turismo y cierta apertura social preparan el camino, para el gran cambio que se produce con la transición. De tal forma que asistimos a unos de los más importantes procesos de transformación social de la historia contemporánea española; el rol de los dos géneros se iguala. Aunque queda camino por andar, datos como que por primera vez en la historia en la actualidad hay más mujeres en la universidad que hombres o que se ha igualado la tasa de actividad de las mujeres más jóvenes con la de los hombres o que se vislumbra que ellas empieza a acceder a puestos de relevancia social y económica nos certifican el cambio histórico. Son síntomas evidentes de que la sociedad española está dejando atrás la discriminación de género, una característica propia de la sociedad tradicional. 
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