Como vengo haciendo tradicionalmente en esta serie de la
historia de Benalup-Casas Viejas en sus imágenes utilizo fotografías publicadas en
el Facebook del mismo nombre y otras de mi archivo particular. Le toca el turno
a la matanza, una de los rituales y eventos más característicos de la sociedad
tradicional y que en la actualidad, ha desaparecido, al menos con las
características y formas de antaño. A través de estas fotografías pretendo
analizar su carácter económico y social, así como los procedimientos y rituales que
se utilizaban en torno a ella.
Dentro de la economía de autosubsistencia de los
campesinos, la matanza ocupa un lugar trascendental pues proporciona comida
(chorizo, salchichón, morcón, manteca…) para todo el año. La matanza
tradicional andaluza ha estado ligada siempre a las necesidades básicas de
subsistencia de los habitantes de esta tierra, cuya importancia convirtió al
cerdo casi en un animal de compañía.
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| Foto Mintz |
Del cerdo, al tener tanta carne, se
aprovechaba todo; se hacían chicharrones, y el tocino y los huesos se
conservaban en sal, ya que en aquellos tiempos no existían métodos artificiales para conservar la carne. Utilizaban
hasta la piel de los animales para hacer alfombras o zambombas.
En la actualidad, la matanza tradicional ha
desaparecido, se han impuesto las ventajas higiénico-sanitarias y los nuevos
modo de vida de las matanzas realizadas en los mataderos públicos e
industriales, no obstante hay que resaltar la importancia cultural, económica y
social de la matanza casera o comunal en la sociedad tradicional benalupense.
No podemos olvidar que la matanza tradicional fue el método de abastecimiento
de alimentos cárnicos en el mundo rural andaluz, dentro de una sociedad
carnívora centrada en la especie porcina. La matanza llenaba la despensa de
carne, embutidos y grasas asegurando la comida para el duro invierno. La época
donde más escaseaba el trabajo y los alimentos.
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| Foto Mintz |
El cerdo se criaba en corrales y pocilgas de los labradores
y hortelanos, como vemos en esta fotografía de la huerta de Ricardín. Se
mantenían con frutas, hortalizas desechadas, maíz, cereales molidos, etc…
Existía la costumbre de echarles también los desperdicios de la comida, aunque
los de pescado no, pues le daban mal sabor al tocino. Otras veces se adquirían
en la sierra o en los cortijos o se les entregaba a porqueros que los criaban
en manadas o piaras.
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| Foto Mintz |
El trabajo de los niños como se ve en la fotografía con
los cerdos era habitual, muchos iniciaban su experiencia laboral a corta edad
cuidando cerdos. A finales de septiembre
se les devolvía a sus dueños y era el tiempo de cebarlos con garbanzos,
bellotas, matiz, patatas, harina de cebada…
Oca contaba la siguiente anécdota
sobre un porquero: “un porquero -Pedro Cortabarra, esposo de Ascención– me
contaba historias de cuando estuvo realizando estas funciones en Los Aguijones,
finca propiedad de de los Mora-Figueroa-Domecq. Un cierto día se le aparece el
dueño de la finca sobre un Jeep,provisto de antena y equipo telefónico, short y
camisola de explorador.Alta y enjuto, como era, le llama en la distancia, y
Pedro le pregunta: ¿Y Usté quien éz? ¡Yo soy el señor! ¡No puéze! porque mi madre
me dice que señó sólo hay uno y está en el zielo. Y con las mismas despareció
dejando a D. José R Mora Figueroa des Alimes sentado en su Jeep, absorto y
pensativo, sin haber podido conocer al pequeño porquero que cuidaba de su
piara”



