La Asociación Amubein estuvieron el 4 de noviembre de 2017 en la casa de la Alegría, la casa que se construyó Blas Infante en Coria del Río en 1931. Allí vieron el denominado rosal de Seisdedos. Les agradezco que se acordaran de mí y que Katy Candón me enviara la fotografía que hoy publico.

La historia es conocida. Como le contó Luisa Infante, la hija de Blas, a Ramos Espejo: ”Al día siguiente de ocurrir la masacre de Casas Viejas mi padre fue allí. Aquí vino alguien, representante del Gobierno, o de algún organismo, según nos decía mi madre, y que creo que le dijo a mi padre: Usted que es un hombre imparcial, venga a ver lo que ha pasado en Casas Viejas” Y fue mi padre a Casas Viejas. Y de allí se trajo una pata quemada, de la cama de Seisdedos y un plantón, que lo cogió de la misma choza, del corral, donde estaban los cadáveres calcinados… Mi padre plantó aquel rosal, que nosotros llamaríamos después mosqueta, en el jardín. Y después puso otro en la huerta. El mismo cogió un amocafre y lo plantó. Y floreció. Y dio rosas blancas. Recuerdo que mi padre había escrito un artículo, que no sé donde se publicaría ni lo hemos conseguido que se llamaba: El rosal de Seisdedos. Y decía: El rosal de Seisdedos no ha dado rosas rojas, ha dado rosas blancas”. Los rosales tardaron mucho tiempo en perderse. Yo creo que se helarían… Mi padre vino horrorizado de Casas Viejas, comenta Luisa. Y mi padre no sabía cuando trajo el plantón si el rosal de Seisdedos daba rosas blancas o rojas, o de otro color, porque cuando llegó a Casas Viejas se lo encontró todo quemado y fue un milagro que se salvara el plantón”. 



El famoso rosal de Seisdedos pronto entraría a formar parte del mito y la leyenda de Blas Infante y de los sucesos. Su amigo anarquista, médico de profesión Pedro Vallina escribió: “Mi gran amigo Blas Infante fue en peregrinación a Casas Viejas, contempló la caseta en ruinas de Seisdedos, con sus ojos cegados por las lágrimas y recogió condolido aquel rosal profanado por las bestias sanguinarias del Poder. Lo llevó piadosamente a Sevilla y lo plantó en el más fértil suelo de su jardín, y lo regó con la más cristalina de sus aguas. El rosal se vistió pomposamente de verde y se cubrió de capullos prometedores de las más bellas rosas. Y fueron objeto constante de especulación por porte de los visitantes del jardín las flores rojas que un día brotarían de aquel rosal cogido en la casita del crimen, rojos como el color de la sangre derramado por los campesinos mártires; Rojos como el color de la bandera de la rebelión de los esclavos. Pero una esplendorosa mañana de primavera, en que la naturaleza renacía en un ambiente de luz y pájaros, al toque del alba dado por las campanas de la torre morisca, cambió el rosal sus capullos por unos hermosas flores, no rojas, como se esperaba, sino blancas como el color de la nieve y el armiño. ¡Cómo se regocijaba Blas Infante de la ocurrencia del rosal, burlando nuestras esperanzas y ajeno a los furiosos batallares de los hombres! Para nosotros, el rosal, agradecido, reflejaba en aquellas rosas blancas y puras la conciencia inmaculada de Blas Infante, que lo había devuelto a la vida. Otros bárbaros como los asesinos de Casas Viejas, esta vez no disfrazados con el gorro frigio, sino llevando por enseña la cruz gamada, aparecieron en Sevilla de improviso y dieron muerte al más ilustre de sus hijos: a Blas Infante. El duelo tendió su manto sobre la viuda y huérfano del caído, y el jardín, no regado más que con lágrimas de dolor, se convirtió en campo yermo. El rosal perdió su lozanía, dejó caer como lágrimas, las hojas mustias de sus rosas; se despojó de su ropaje verde y se vistió con otro gris, de luto; y por último, la savia dejó de correr por sus venas. Y en una oscura noche sin luna y sin estrellas, exhaló su último suspiro el rosal de Seisdedos. Único superviviente de la más inicua de las tragedias, digna de la pluma del gran Esquilo. Ya en el jardín no hay mayores, ni niños juguetones, ni pájaros cantores, ni flores blancas ni rojas, ni aguas cristalinas, ni por allí cruzan como otras veces, visitantes soñadores. El desastre cobijó aquella tierra del crimen, en la que no crecen, como en el corralón de Seisdedos, más que cardos y espinas. Como no hay noche sin aurora, esperemos un alba rojo, tan encendido que todo lo revestirá de color de fuego, como el que arde imperecedero en nuestros corazones de revolucionarios andaluces” (Memorias de Pedro Vallina).
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