3. El gallo blanco.

¿Y de dónde tan mala la fama de las gallinas? Como cualquier otro ser, lo mismo que el comer, necesitan aparearse para perpetuar su especie incubando sus huevos y sacando adelante su pollada. Y esa función requiere la colaboración de un gallo que por bonito que fuese, en años de escasez como aquellos, donde realmente estaba mejor visto era dentro de una olla y encima de la mesa, que de las gallinas se esperaba larga vida y muchos huevos antes de acabar haciendo un buen caldo para una parturienta.


Pero a los gallos daba gloria escucharlos en las silenciosas y frescas amanecidas de la primavera, que era oír un primer quiquiriquí y esperar la réplica de todo un coro de tenores, barítonos y bajos, contestando a un tiempo desde los cuatro puntos cardinales de la aldea.

 “Solo comer, solo vicio” dice la letrilla de Sultán, un gallo blanco que llegó del campo al corral de aquella casa un día de San José y que, a pesar de su apostura, acabó en los platos del almuerzo de un día de Corpus. Y así lo cuenta una letrilla:
   El gallo blanco.
  
Por fiesta de San José,
Llegó un galán de postín,
Un gallo blanco, cebado
De acebuchina y maíz.
Y en el patio de la casa,
Como llegó, encorsetado 
Y envuelto en una esterilla,
De momento, allí quedó.
Por delante bien mostraba
Su cabeza de sultán,
Por detrás su enorme cola,
Penacho de plumas blancas
Como hojas de una hoz.

Y admirando la belleza,
De tan hermoso ejemplar
En el patio se acordó,
Respetarle de por vida, 
Hasta mejor ocasión.

“Le llamaremos Sultán,
Dijeron en la cocina,
Soltadlo y al gallinero,
Allí, que pase esta noche
Y mañana ya veremos”.

Y en un rincón del corral,
Bien triste y bien encogido,
Huidizo de las gallinas,
Pasó su primera noche
Sin canto de amanecida.
Mucho tiempo no pasó
Sin que el gallo se creciera.
Aquel gallo cortijero,
Chulito, cortejador,
Resultó ser un creído,
Un perfecto seductor, 
Qué bien pronto se erigió
En amo de las gallinas
Y rey de aquel gallinero.

Armó tal taco el galán,
En apenas unos días,
Que fue la revolución:
Loco iba el gallinero,
Locas las gallinas iban,
Todas detrás de Sultán.

Aves ayer tan sensatas
Y tan buenas ponedoras,
Han perdido la cabeza 
Pensando solo en Sultán. 
Aves, aquellas, tan castas,
Tan afanadas y serias,
Que ni picaban las plantas,
Cuando salían del corral,
Olvidando el celibato,
Perdida la continencia,
Ejercen concubinato
En el harén de un Sultán.

Ponen menos las gallinas,
Ya solo al vicio le dan,
Y anda el gallo todo el día,
Ocupado en atenderlas. 
Y aunque solamente doce,
Loco llevan a Sultán,
Loquito y desmejorado
Sin saber si alcanzará.

Y así pasando las fechas,
Entregadas a su gallo, 
Las gallinas encluecaron  
Y no pusieron más huevos.
Y ocurrió, lo ya previsto,
Lo que tenía que ocurrir.
En la cocina, un buen día, 
Se oyó la conversación:

“¿Qué pasa en el gallinero
Que no ponen las gallinas?
Contento estará el corral,
Mucha fiesta y pocos huevos,
Y la culpa es de Sultán,
El gallito cortijero.
Hermoso si es el galán,
Y buen tenor mañanero,
Digo yo, que en lo demás,
Solo comer, solo vicio.

Mira las pobres gallinas,
Destrozaditas están.
¿No es el gallo la razón 
De que ya no pongan huevos?
Así que Sultán ya siento
Que se acerque tu final 
Y acabemos con el cuento.

Repasando la despensa
Y las fiestas de guardar,
Para el Corpus yo te emplazo,
Y así tendrás el honor
De ser manjar de la mesa
En la fiesta del Señor”

¡Pobre Sultán! ¡Pobre gallo!
Quien te lo iba a decir,
Que, de gallito campero,
De hierba y acebuchina,
Te traerían a la aldea
Para acabar de esta guisa.
Perdiste la autoridad,
Y has perdido a las gallinas,
Y así, a mayor castigo,
Ahora te emplazan la vida.

Tu sino Sultán, tu sino,
Fue el que tuvo Don Rodrigo,
Aquel rey de las Españas
Que prostituyó a La Cava,
La hija de Don Julián,
Y en los llanos de la Janda,
Allí donde te criaron,
Su pecado bien pagó,
Perdió batalla y un reino,
Y hasta la vida perdió.
Foto Mintz
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