![]() |
| Foto Alfonso Pérez Blanco. Calle Rafael Bernal |
También las gallinas y aquel gallo negro de plumas brillantes y enorme cresta roja que las tenía férreamente sometidas no permitiendo que ningún contrincante se acercase a su harén, a falta de radio y tele, era una buena fuente de inspiración para el ingenio y distracción de esa curiosidad humana acerca de la vida de los demás, aunque en este caso se tratase de la vida de unas gallinas. Así cuenta una letrilla el episodio de Pintalejos, un gallito colorao, que se atrevió un buen día a invadir los dominios que en la corriente ejercía sobre las gallinas aquel gallo negro, poderoso y altivo llamado Sansón.
“El gallo Sansón”
Del patio de Pintalejos,
Pequeñito y buen pendón,
Bajaba por el Meadero
Otro galán peleón:
Un gallito colorao
Que se coló de rondón
En medio de aquel harén.
Y a la primera ocasión,
A una prudente distancia
Del poderoso Sansón,
El gallito Pintalejos,
A una linda gallinita,
Le daba un buen pisotón,
Después de una carrerita.
Y observando la función,
En su esquina, los curiosos,
Delante de su portón,
Hacían chistes y risitas
Con los cuernos de Sansón.
– ¿Y el gallo negro que andaba estos días por la corriente? Preguntó uno que entraba en la barbería para afeitarse.
– “Pues de eso estábamos hablando, de que no se le ha visto más, dijo otro que esperaba sentado en el banco. Debieron ser los húngaros los que se lo llevaron haciéndolo desaparecer por arte de magia y no creo que fuese para montar un nuevo número de circo. Esa gente debe andar pasándolo mal, mira este año vinieron sin oso. A mí que me registren, añadió, ya sabéis que, tratándose de carne, ni la de caracoles, que yo soy de los de garbanzos con tagarninas y un chorrito de aceite; eso sí, garbanzos de la Yeguada que son los buenos. La “pringá”, ni olerla, sentenció el hombre que, con gran locuacidad, sentado en el sillón del barbero, tras dejar constancia que él no había sido, con la toallita ya puesta y la cara enjabonada proseguía su monologo contándole al barbero las ventajas de ser vegetariano en tanto este le afeitaba.
![]() |
| Familia Ruiz. Foto Francisco Segovia |
Eran los húngaros, una familia numerosa del mundo del circo que llevaba una vida itinerante por pueblos y lugares con una carreta de cuatro ruedas entoldada de la que tiraban dos escuálidos caballos. Aparecían algunos años por la aldea con los primeros fríos y montaban su pequeña y vieja carpa detrás del cementerio, próximo a la carretera, permaneciendo dos o tres días según el éxito de asistencia que tuviesen sus funciones.
Fue a mediodía, aseguraban algunos en la esquina de la Alameda, comentando el incidente de Sansón y señalando el sitio; cuando la troupe del circo, con una cabrita, un mono y un perrito sabio, recorría el centro del pueblo anunciando la función de la tarde al son de la trompeta que tocaba un hombre viejo, de piel oscura, pelo negro y grandes patillas y bigotes, acompañado al tambor por una nietecita pequeña y menudita y dos hermanitos que, por delante, iban haciendo cabriolas a indicaciones del abuelo.
![]() |
| Familia Ruiz. Foto Francisco Segovia |
Un chico mayor, el muchacho de la nariz de payaso, el mismo, fue quien lo trincó aprovechándose del barullo de la gente mayor y de los niños recién salidos de la escuela que miraban entusiasmados como la cabrita subía la escalera hasta quedarse a cuatro patas en el último peldaño al redoble del tambor de la niña. Allí mismo, cerca de la corriente, en un santiamén, le retorció el cuello a Sansón y sin que el pobre gallo tuviese tiempo de decir ni pio lo metió en el saco en el que guardaba las maracas y los zancos que acababa de quitarse; y como en un juego de magia nadie se apercibió de su rápida acción.
Así de bien lo contaban en la esquina, aunque nadie realmente afirmaba haberlo visto. Tampoco hubiese sido de extrañar que los húngaros se hubiesen llevado el gallo para comérselo dado la situación de extrema necesidad de aquella gente. Una familia numerosa integrada por un abuelo, ya mayor y achacoso, dos hijos, sus mujeres y varios nietos aun pequeños, y aunque aquel circo había conocido mejores tiempos, ahora el negocio apenas alcanzaba al viejo para dar de comer caliente a tanta parentela. Daba pena ver el aspecto del hombre, hace no mucho pletórico y altivo, ahora derrotado y sin fuerzas como para iniciar una nueva vida. Y la extrema delgadez de los animales y los pequeños hacía ver a leguas que aquella familia, como otras muchas de entonces, últimamente también se alimentaba de la “jambre”.
![]() |
| Inauguración del garaje de Polvarea |
Para los lugareños no solo de allí, de cualquier rincón de España, era gente de paso, poco fiable, a la que se culpaba siempre de los pequeños hurtos y de todo lo malo que pudiese ocurrir durante sus breves paradas en el lugar. Así que en nuestro caso nadie ya se interesó en aclarar si a Sansón se lo comieron los húngaros o fueron sus amos los que se dieron el festín, como así fue.
Y esa era la noticia de aquellos días a poco de que marchasen los titiriteros. Aunque los dueños no se habían quejado de la desaparición de Sansón y nadie les preguntó por el gallo, ni tampoco ellos tenían por qué dar explicaciones a los demás de lo que hacían y comían en casa, fueron los húngaros quienes, marcharon con su circo cargando con el sambenito de haberse comido un gallo del que ni siquiera probaron bocado.



