El año pasado, la noche del 10 de noviembre no pude dormir. Mi madre estaba muy inquieta y yo estaba muy nervioso por la presentación de «Los sucesos de Casas Viejas: crónicas de una derrota». Ha pasado un año. La noche del 10 de noviembre de 2018 no la he pasado bien. Llevo mucho tiempo que no duermo bien. Estas cosas no tendría que contarlas en el blog, pero no se me ocurre otra cosa que poner el corazón encima del escritorio para escribir un post del aniversario de la presentación del libro. Dice mi hija que no me preocupe, que eso de no dormir bien es cosa de la edad.
El 11 de noviembre de 2017, el día de la presentación, el teatro estaba a tope. Mis amigos, mi sostén, estaban todos allí. Mejor no pudo salir. Es verdad que a veces tenemos a los enemigos demasiado cerca y a los que nos quieren y nos queremos demasiado lejos, pero aquel no fue el caso. No tengo palabras para escribir el agradecimiento a la gente que me apoyó en cumplir mi gran sueño de escribir un libro grande, al menos cuantitativamente («mi petete»), sobre los sucesos. Empezando por mi Juanita, mi Fran, mi Pepe, mi José Luis y siguiendo por mucha gente. Esa noche sentí que merecía la pena luchar por lo que uno creía porque hubo mucha gente que con su presencia me lo demostró. Hubo familia que hizo muchos kilómetros para estar ese día conmigo, hubo muchos amigos que hicieron otro esfuerzo muy grande para seguir siéndolo, hubo muchos exalumnos que hacía mucho tiempo que no nos veíamos y que sabían que la alegría y la emoción por vernos era mutua, hubo mucha gente que sabía que era justo y necesario estar allí. No pretendo ser presuntuoso, ni mucho menos, pero la falsa modestia no me va a impedir escribir lo que el corazón me pide.
Luego las cosas marcharon estupendamente. Presentamos el libro también en Íllora, Medina y Cádiz, en todos los sitios hubo lleno. El libro se vendió pronto. Pasó lo mejor que podía pasar. La edición se quedó corta, la gente se quedó con hambre, con ganas… se dice que la esencia se guarda en frascos pequeños. La editorial ha hecho la edición en formato ebook y ha reimpreso el libro, que se puede comprar en https://beceuve.com
El 11 de noviembre es en mi casa una fecha muy especial. Ese día en 1971 se murió mi padre. En 2017 ese día presenté el libro. Un poco después el 22 de diciembre murió mi madre. Vaya año.Y la vida continuó. Desde entonces, como Otis Redding en silbando sentado en el muelle de la bahía, tarareo la canción de Sabina constantemente. «Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, una vez me contó, un amigo común, que la vio donde habita el olvido». Cada vez estoy más convencido de que las casualidades son menos casualidades y de que el azar es menos azar. Será cosa de la edad.
Ha pasado un año. De aquella noche no se me olvidará en la vida la sensación de satisfacción y felicidad al ver el teatro lleno. Dice Savater que la felicidad no existe, pues es un deseo, y cuando se cumple se esfuma. Pero Savater no me conoce y no sabe la sensación que yo tengo cada vez que viene a mi mente «mi petete». Creedme, por favor, no es una cuestión de vanidad. Ni que algunos se equivocaran pensando que el teatro era demasiado grande para presentar un libro de los sucesos. Ni es, mucho menos, un saldo de cuentas pendientes. Es, como dice el Roto en uno de sus chistes, que cada vez es más difícil llevar una vida decente siendo decente. Y sé que no es políticamente correcto escribir esto, y que me puedo ganar una bronca, pero estoy en ese momento en el que necesito poner el corazón en el escritorio y escribir lo que siento. Si no ¿para qué están los blogs, la escritura, la literatura, los libros…. la vida? Sé que se me nota demasiado que soy hijo único, cabezón, mimado, consentido, que no cuido las formas de los post y que voy de verso suelto por la vida (y muchas cosas más, entre ellas que soy «hombre pelo»), pero me considero decente y llevo una vida decente y el 11 de noviembre de 2017 mis amigos y la gente de Benalup-Casas Viejas me confirmaron que es verdad aquello de que si no vives como piensas, terminas pensando como vives.
Yo llegué aquí un 2 de julio de 1992. Entramos por la carretera de Los Barrios. Todo estaba seco, el puente del Celemín estaba en obras y tuvimos que atravesar el río. La gente me pareció muy rara. Nos volvimos por la noche a Granada con la convicción de que había que pedir una comisión de servicios para irnos a cualquier sitio, irnos de aquí. En septiembre volvimos y a los cuatro o cinco días ya había caído en la tela de araña que este pueblo teje para el que osa adentrarse en él. A los cuatro o cinco días ya tenía claro que no me iba de aquí ni con aceite hirviendo. Tengo claro que en otros pueblos no me hubieran permitido hacer ni una veinteava parte de lo que he osado hacer aquí. He pagado el peaje correspondiente, pero hace un año, tal día como hoy, recibí, con creces, la recompensa suficiente. Este es un pueblo de gente osada, de gente que llega, de gente que va a su libre albedrío… Lo lleva en sus genes, es cuestión de nacimiento y de formación y yo no pude llegar a un sitio mejor que este. Conozco a mucha gente que no se cree que yo llegara a Casas Viejas por casualidad.
Hace un año de la presentación del libro libro, «Los sucesos de Casas Viejas: crónica de una derrota». Un libro que, aprovechando la vena sentimental que me alberga ahora, no es mío, no será mío y nunca ha sido mío, porque se hizo con la colaboración, el trabajo y la ayuda de mucha gente. Y los que me conocen, saben que esto no son palabras bonitas, que lo estoy escribiendo con el corazón enfrente, en el escritorio. Es lo mejor que tiene ese libro, que no es mío, que es de mucha gente y por eso el día 11 de noviembre de 2017 el teatro se quedó pequeño, por eso estaban todas las butacas ocupadas, por eso había gente de pie en los pasillos laterales, en el central y en el frontal. Porque no era un libro mío, sino de mucha gente. Porque era un libro que se había parido con mucho dolor, con mucho esfuerzo, con mucha colaboración. Un libro que tardó un año en acabar de escribirse y dos en mejorarse, y que aguantó esos tres años, más este que ha pasado, la permanente amenaza de mi particular espada de Damocles. Amigos lectores, perdón por la redundancia, pero hoy he decidido hacer lo de siempre, escribir lo que me sale de los genitales.
Hoy hace un año de aquello. El otro día, en una guardia de primero de ESO, un alumno de doce años me dijo que yo era quien había escrito un libro sobre Casas Viejas. En ese momento no me podrían haber sacado sangre, solo agua de lo contento que me sentí. Dicen que el infierno está lleno de desagradecidos. Y aunque también dicen que allí todo el mundo está más caliente, yo no podía desaprovechar la ocasión para escribir un post, cuando se cumple un año de su presentación, en el que agradecer a la gente que pudiera presentar un libro como ese y que un año después escriba un post como este, siempre con el corazón enfrente, encima del escritorio, recordándome que merece la pena intentar ser una persona decente. Gracias.








Grande !!!!! Mosntruo!!!!!