A la hora de montar los post sobre los pueblos vecinos, o relativamente, el primero que ha salido ha sido Jérez de la Frontera. De él dice Juan Eslava Galán en «1000 sitios que ver en España al menos una vez en la vida»:
JEREZ DE LA FRONTERA
Jerez, la ciudad de los vinos y los caballos, de los Primo de Rivera y de Lola Flores, de Bertín Osborne y del alcalde Pacheco, de Ruiz Mateos y de Dolores la Pirriñaca, que cuando cantaba la boca le sabía a sangre. Es ciudad, no pueblo, que se sabe importante, que tiene hasta aeropuerto y circuito de alta velocidad. Los vinos domiciliados en Jerez, aunque no siempre naturales de ella, son: el amontillado, que liga bien con el jamón de Jabugo; el fino, que se compenetra a la perfección con el marisco, y el oloroso dulce, que va bien a los postres. El viajero aparcó en la plaza del Arenal y husmeó por sus alrededores, por la catedral, las iglesias, los palacetes, las casas patricias, los parques y alamedas, pero todo eso, con ser un tesoro, se puede ver en otros lugares. El viajero se sintió más atraído por lo que no puede verse más que en Jerez: a saber, su hermosa Cartuja, sus bodegas, su escuela de arte ecuestre. Y por las alcachofas de Casa Juanito.
En la Cartuja, monasterio de pasmosa belleza, hay una estupenda sillería de coro. Hasta hace poco la regentaban unos frailes que, preocupados por la castidad, vetaban la entrada a las mujeres, pero ahora la han traspasado a una orden de monjas francesas (algunas francamente gráciles) que no ponen impedimento alguno. Las bodegas de Jérez pueden visitarse cualquier día, pero el espectáculo de alta doma en el picadero coliseo solo se celebra los jueves y fiestas grandes. Luego la ciudad ofrece un largo etcétera de atractivos para visitantes de gustos muy concretos: es capital mayor del cante flamenco y cuenta con un museo de relojes”.
Decía al principio que el primer pueblo que he montado de los vecinos es Jerez. La explicación es sencilla. De allí es y allí reside un viejo amigo mío y de Benalup-Casas Viejas. José Enrique Ribelles Calderón. Como yo no esperaba menos le hace una crítica constructiva y razonada a los que escribe el jienense sobre su pueblo:
«En El tiempo, el implacable nos canta Pablo Milanés que «cada paso anterior deja una huella […] que cuando menos se imagina, aflora». Al leer lo que escribe Juan Eslava Galán sobre Jerez de la Frontera, ha aflorado en mi memoria el recuerdo de una tarde de charla en la que debatía con mi amigo Salus, en la barra de Las Grullas Viejas, en Benalup-Casas Viejas, sobre la verosimilitud de los tópicos entendidos como estereotipos; sobre qué poso de verdad hay en afirmaciones recurrentes como que «los andaluces son unos flojos», «los catalanes son unos agarraos», o «los jerezanos son unos pijos».
El tópico se construye a partir de un prejuicio, se alimenta resaltando los casos que lo corroboran y obviando los que lo contradicen, y se perpetúa mediante la persistente reiteración, creando la ilusión de que la mera repetición de una información sesgada consigue que el sofisma mude en dogma.
Bertín Osborne nació en Madrid, pasó su infancia entre Chamartín, el colegio internado de Campillos (Málaga) y San Lorenzo del Escorial; comenzó estudios de Ingeniería Agrónoma en Valladolid y, eso sí, vivió algunos años en Jerez y se casó con una jerezana. José María Ruiz Mateos nació en Rota y falleció en El Puerto de Santa María, y no es jerezano por muchas veces que se diga. Dolores la Piriñaca (con una sola r, no Pirriñaca) no se llamaba Dolores, sino Ana Blanco Soto, y su nombre artístico era Tía Anica la Piriñaca; tal vez el error pueda deberse a haberla confundido con otra cantaora flamenca de Jerez, Dolores Agujetas, si bien la diferencia es de 61 años —que, aunque la Piriñaca cantaba recordando las fatigas que pasó y decía un cante por seguiriyas con un quejío que dolía, no era desde luego porque tuviera agujetas—. La orden de monjas francesas que actualmente regentan el monasterio de la Cartuja de Jerez es la de las monjas de Belén y desde su llegada se han caracterizado por dificultar enormemente las visitas —tanto de hombres como de mujeres— hasta llegar a hacerlas prácticamente imposibles, de lo que puede dar buena cuenta Manuel Romero Bejarano, que tuvo que solventar numerosos impedimentos para poder documentar su libro Iglesias y conventos de Jerez.
Tal vez el autor podría haber nombrado a otros personajes que sí son jerezanos, tales como: Álvar Núñez Cabeza de Vaca, conquistador del sur de Norteamérica y primer europeo en llegar a las cataratas de Iguazú y al río Paraguay; José de la Serna, el que fuera virrey del Perú; la abogada y política Inés Arrimadas, diputada de Ciudadanos en el Parlamento de Cataluña; Luis Coloma, autor del conocido cuento del Ratoncito Pérez; José Manuel Caballero Bonald, poeta y ensayista galardonado con el premio Príncipe de Asturias 2012; el tenor Ismael Jordi, que actúa en los principales teatros líricos del mundo; y tantos otros… Pero estos no alimentan el tópico. Ese sobre nuestra Baja Andalucía de señoritos, caciques y folclore que durante demasiados años se perpetuó a través de una propaganda muy eficaz. Tanto que aún perdura.Eslava
Galán escribe en
tercera persona, refiriéndose a sí mismo
como un viajero: “El viajero aparcó en la plaza del Arenal…”. Pero lo que
escribe sobre Jerez de la Frontera es
más propio de un turista. Javier Reverte escribió que, entre un viajero y un turista, “la palabra diferencial sería la
incertidumbre, un concepto que contiene la salsa de la aventura y el
picante de la sorpresa”. “El viaje deja
de ser turístico por causa de lo imprevisible”. Chesterton decía que el viajero ve lo que ve, mientras que el
turista ve lo que ha venido a ver.
Galán escribe en
tercera persona, refiriéndose a sí mismo
como un viajero: “El viajero aparcó en la plaza del Arenal…”. Pero lo que
escribe sobre Jerez de la Frontera es
más propio de un turista. Javier Reverte escribió que, entre un viajero y un turista, “la palabra diferencial sería la
incertidumbre, un concepto que contiene la salsa de la aventura y el
picante de la sorpresa”. “El viaje deja
de ser turístico por causa de lo imprevisible”. Chesterton decía que el viajero ve lo que ve, mientras que el
turista ve lo que ha venido a ver.






