Foto José Luis Gutiérrez Molina

Esta serie se para hoy en la capital de Andalucía. Sevilla no sólo tiene un color especial, Sevilla es diferente, y, sobre todo los sevillanos. He estado muchas veces en Sevilla y siempre, o casi siempre, me llevo la impresión de que una cosa es el tópico y otra la realidad. De que Sevilla está por encima de lo que de ella dicen. Tengo bastantes amigos sevillanos y ningunos entra dentro del tópico que Sevilla y España ha creado sobre ellos.

Dice Juan Eslava Galán en “1000 lugares que ver en España al menos una vez en la vida” sobre Sevilla:”

CALLEJEO POR SEVILLA
El visitante se atenga a las consecuencias si se ha propuesto visitar cuanto de notable contiene Sevilla, “la princesa de las ciudades de España, y aun, sin hacer injuria, de las de todo el mundo”, como la llamó un autor hace tres siglos. Digamos más concretamente que se va a aventurar por uno de los cascos históricos más extensos y ricos del mundo.
El turista puede comenzar su visita por el cogollo monumental, por ese mejor cáliz de tierra del mundo que rodea la Giralda (así lo llama un autor antiguo). Después de constatar los armoniosos excesos de la portada barroca del Palacio Episcopal, cruce la plaza y pregunte a uno de los aurigas de coches de punto de la parada por la placita de Santa Marta. Cuatro naranjos, algunos tiestos floridos en las ventanas, un azulejo, la celosía antigua del convento adyacente, una portalada de casa señorial y una cruz de piedra en el centro componen uno de los rincones más deliciosos del callejero sevillano.
Después de esta introducción al duende de la ciudad ya puede visitar sus monumentos…
El paseante que desee callejear a placer, con reposo y paz, por el barrio de Santa Cruz salga del Alcázar por el llamado Patio de Banderas y atraviese el pasaje de la Judería, cubierto y acodado, con salida a la calle Vida, que a su vez conecta con el callejón del Agua. El visitante debe atemperar el paso por este barrio expresamente remodelado para el turista, recreándose en sus umbrías silenciosas asomándose a las cancelas para ver los patios con azulejos, macetas, arriates, flores. Puede transitar por la calle de la Pimienta y tomarse un jerez con aceitunas gordales en la Hosteria del Laurel, donde don Juan Tenorio inventariaba sus conquistas o entrar a echar un vistazo en el antiguo Hospital de los Venerables, sede de exposiciones y cuentos culturales. Luego lléguese a la plaza de Doña Elvira, equilibrio entre lo decorativo y lo funcional, espacio íntimo para el tópico maridaje de azulejo, cal y naranjos, postalita de color obligada en las canciones de las folclóricas y en las películas andaluzas de hace cincuenta años. Aquí puede almorzar en algún restaurante típico como un turista más de shorts y bronceado de cangrejo…






La tradición popular asegura que don Miguel de Mañara fue un depravado burlador que sembraba un rosal en su jardín por cada virgo cobrado (a las viudas consoladas y a las esposas desbravadas no las metía en cuentas, despreciándolas como piezas menores). Debo advertir a las lectores incautas (si alguna hubiera) que especímenes como este siguen abundando en el mundo. Desesperada por echarte novio te metes en internet, concierta una cita a ciegas con el que se anunciaba “Ramón, solitario y formal, abstenerse frívolas y suripantas” y tras el primer whisky con soda (poca) el pájaro quiere llevarte a su casa para ver su colección de conchas marinas, cuando lo que quiere es que contemples la lámpara del dormitorio. Tenía don Miguel de Mañara, sigue la leyenda, ya peinando barbas de plata, de regreso de una aventura galana se topó con la espantable escena de su propio entierro. La impresión fue tal que, desengañado del mundo, decidió regenerarse y purgar antiguos pecados con oraciones, sacrificios y obras pías …




Yo siempre he pensado que los toros se ven mejor desde la barrera. En el caso de Sevilla he pedido a varios amigos que colaboraran conmigo haciéndome la crónica. José Luis Gutiérrez Molina, como el algodón, nunca falla. Esto es lo que me cuenta: “La lluvia en Sevilla es pura maravilla. Sevilla, para mi, no es ni el olor del azahar de los naranjos; ni las mezclas de incienso de las cofradías, en cualquier época del año; ni el de los caballos, con el albero y el alcohol de la feria. Tampoco es el de los calentitos de La Centuria o el adobo de Blanco Cerrillo que compite en la atención con las novedades de la cercana Casa del Libro. Ni siquiera es el de la cerveza que inunda los alrededores de El Tremendo, El Coronado o cualquiera de las otras bodegas que se distribuyen extramuros. Para mí, Sevilla es el olor de la lluvia otoñal, cuanto más fuerte y tormentosa mejor, que deja en blanco y negro la Avenida, no hay otra de tal nombre, y resalta los contornos de la catedral. Lluvia otoñal, no primaveral, del calor hacia el frío, aunque se aproxime esa invasión de zombies tuneros, de tuna, la víspera del día de la Inmaculada.




Esos días, del asfalto, ahora granito, todavía caliente, brotan olores más que diversos. Sin comparar, como los que surgen de la tierra recién mojada. Cada uno tiene sus gustos. Ahora, tras el destierro del tráfico de automóviles, dicen que está menos contaminada. Los autobuses a Los Remedios han sido sustituidos por el tranvía que, por no contaminar, no contamina ni visualmente. Pero que, con la lluvia, todavía, desprende un olor entre coche nuevo y electricidad que no desmerece de los antiguos tubos de escape. De fondo, levemente, se dejan notar los aceites de las bicicletas y, sobre todo, los variados efluvios que surgen de las terrazas de bares que, como setas, sin necesidad de que llueva, han aparecido.
Foto José Luis Gutiérrez Molina


Sevilla, es para mí, una mañana de paraguas desde el arquillo del ayuntamiento hasta la carcasa del antiguo teatro Coliseo. Con alguna parada ante la fachada de la catedral y un punto final en el Casablanca y su tortilla al whisky. Si llueve mucho ahí está el Archivo de Indias, su escalera central de Lucas Cintora y, casi siempre, una buena exposición. Si la cosa no está para cultura, ni imperios pasados, nos podemos desviar un momento y esperar a que amaine en las cercanas casas Morales o Salazar. Pero, no hay que dejar pasar la oportunidad: si el cuerpo y el agua lo permiten, hay que cerrar el paraguas y dejar caer las gotas de lluvia por la cabeza y sentir la fuerza telúrica de esta ciudad que, como escribió Antonio Machado es una maravilla, a pesar de sus habitantes. Aunque no siempre».


Mi amigo Agustín Coca también ha escrito sobre Sevilla. Aquí tenéis su aportación, como es habitual en él, escrito con el corazón: «CALLEJEO POR SEVILLA

Sevilla
es una ciudad para olerla, andarla en bicicleta y mirar el gentío.
Sevilla invita a pararte en la burra metálica y sin ponerle la pata
de cabra saludar a los amigos y, de camino, echarte unas risas
grandes debajo de un naranjo con el manillar en la mano. Está hecha
para pasear por sus calles, evitando siempre los alrededores de la
Giralda y, ya si me apuras, la Triana gentrificada. Sevilla es una
ciudad que ha regalado su sala de estar a los guiris, al turismo
internacional, como hacen las ciudades subalternizadas a esa
industria. Como vasalla paga su tributo desposeyendo a los suyos de
sus joyas monumentales, de su barrio de Santa Cruz, su Giralda, su
patio de los Naranjos….que los regala a las hordas bárbaras que se
regocijan y pagan, para beneficio del clero y las trasnacionales
industrias del gremio. Este espacio cedido se amplía año a año, y
ya llega hasta Triana, lentamente…Aquí hay que pasar rápido, casi
corriendo de día, casi sin verlo, porque la marabunta acecha. Si se
quiere ver esta zona hay que ir muy de noche, o levantarse temprano
un martes cualquiera o un domingo de invierno o de Agosto…y
entonces acompañar a las primeras luces del día y pasear con paso
quieto. Y a lo mejor es posible que esta parte de la ciudad se te
ofrezca con sonidos y olores de huerto. Y te cuente su historia
susurrándote entre sus composiciones de piedra y de ayeres
imponentes. Dura un pis pas …pero ocurre…luego la horda de
turistas acecha.
La
Sevilla que te atrapa, es otra. Está a la verita de ésta, casi
tocándola. Es la Sevilla de la calle de los sevillanos, de las
andaluzas de cualquier pueblo y cualquier sitio de nuestra tierra.
Está en la calle Feria, donde cada jueves se derraman los buscavidas
de siempre para intentar paliar las hambres viejas que
persistentemente nos hacen pasar. Allí hemos vendido casi todos y
todas las que hemos intentado remediarnos con la venta ambulante en
algún momento de nuestra historia. La taberna Vizcaíno es el centro
sagrado que desde el alba y sin poner ni un solo café atiende a los
paisanos con sus mostos del Aljarafe, la fresquita cruzcampo y unos
“vermuces” que quitan el sentío. Al lado, el Pumarejo concentra
tanto los movimientos sociales emergentes en la capital de Andalucía,
como los mejores caracoles de la ciudad. El Centro Cívico del
Pumarejo, bastión sin conquistar y refrescos de combatientes por
otro mundo posible, aún recuerda cuando la gente buena de Casas
Viejas les deleitaron con las charlas que en homenaje a la figura de
Jerome Mintz se celebraron hace ahora algunos años. Nos es
casualidad que en su patio se reúnan las carnavaleras sevillanas a
celebrar febrero. Tampoco lo es, que cerquita de ella se encuentren
insignes templos del beber como la Taberna de Gonzalo, donde los
tiempos se encaraman a los cantes y la conversación íntima; o la
Taberna Soto, con una infinidad de vinos de Jerez que recuerda a la
Taberna de Ricardo por su variedad y, por supuesto, con los ojos
cerrados, porque la distancia, incluso así, es mucha a favor del de
Casas Viejas y su templo que en la Alameda se yergue. Cerca La Revo,
es la casa Okupada feminista que concentra el pensamiento, la acción
y los mañanas que se avecinan, los que darán alas a la libertad de
todos. Allí cerquita, en reuniones y asambleas se modelan las ideas
rojas, libertarias, feministas, okupas, antimilitaristas,
ecologistas, diversas sexuales…y se entremezclan en un sinfín de
maneras nuevas de contestar a un mundo necesitado de criaderos como
este.

Sevilla tiene otras zonas donde se respira a calle, a pueblo. Pero
hay que quitarle el papelillo de brillo que engaña al de afuera,
para apreciar sus saberes. Es la Sevilla de plazas llenas de gentes
que saben de solidaridad y amor a su tierra. La de las tertulias
trianeras en la Sala el Cachorro, en la esquina de cualquier, calle
cuando te encuentras a la Rizos y al Diego Parra; la de la puerta de
la escuela y aceleradas madres, o la del caminar en San Jacinto de
temprano. No hay que perderse los tiempos del paseo por los bajos del
Río, a ser posible con alguien que te quite el sentío y de la
mano. Es la Sevilla de la botellona de los viernes en la escuela de
Rap que brota bajo la Pasarela, o la que brinda las tardes de remo en
las aguas turbias del Río Grande. Es esa Sevilla que aunque a veces
adora a sus sagradas imágenes, también se esconde de ellas de tanto
paso y tanta virgen callejera que satura, por hartazgo, hasta el más
“pintao”. Es la Sevilla de Triana, la de Reincidentes, Silvio,
los Smash y Pata Negra. La de la memoria histórica y la de las
perdedoras que siempre triunfan. La de las tabernas del Plantinar o
la Barzola. La de la Rubia Canalla y los Palmeros de Sol. La de mi
Alcalá soñada que pasea por Triana. La que te hace quedarte y
quererla. Esa es la Sevilla que te atrapa y hace… la que no hay que
dejar de sentir cuando se visita esta imponente ciudad.». 







De las muchas veces que yo he estado en Sevilla, de excursiones con los alumnos, de trabajo en la Junta de Andalucía, de cervezas, de teatros, de espectáculos… me quedo con una Semana Santa de 1994. Unos amigos nos invitaron. Estuvimos de jueves a domingo. Se me cayeron los palos del sombrajo. Resulta que me encantó la Semana Santa, que me encanto Sevilla y que me encantaron los sevillanos. Me dí cuenta de que Machado tenía razón, de que despreciamos lo que ignoramos. Insconcientemente aquella Semana Santa de 1994 repleta de pasos y cervezas fue toda una lección, un precedente de la convicción de que leer y viajar es el mejor antídoto contra el fatalismo, los prejuicios, los tópicos y los malos entendidos. Sevilla es especial y los sevillanos también.

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