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| Fotografía Isabel Mateos y Andrés Barberán |
El solar que Manuel Flor Roldán compró a principios del siglo XX se fue dividiendo y alquilando. En la actualidad es propiedad de María de la Flor González, una de los herederos de Mariquita Flor Lara. Todas estas viviendas pertenecientes a esta propiedad siempre han tenido un uso residencial en régimen de alquiler. Algunos compraron la casa en propiedad.
Aquí vivió de alquiler la familia de Antonio Morillo González, según testimonio, de José Luis Pérez Ruiz «chófer legendario del no menos legendario «correo»: el autobús, el único medio de transporte oficial que había en el pueblo por entonces. En esta vivienda, en la fachada junto al Chorro Grande, vivían él y su familia, hasta que algunos de los hijos emigraron a Pamplona y él se jubiló».
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| Foto Jerome Mintz |
Posteriormente este local ocupó el legendario bar del “cojo Gómez”, que se encontraba donde luego abriría Mateo la pizzería la Fontana. Además del dueño del bar, Manuel Gómez Finoccio, aparece Bartolo y Manolo Sánchez en esta fotografía. Este bar tenía fama por el barril de vino Chiclana, de la bodega Barberá. Según el imaginario popular se creaba un microclima que favorecía la calidad del vino. La sencilla barra de madera y la escasa decoración de las paredes es un ejemplo de como eran la mayoría de los bares a finales de los sesenta.
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| Foto Jerome Mintz |
Una parte muy importante del presupuesto familiar iba para los gastos en el bar, sin duda, en la mayoría de los casos, por encima de lo aconsejable por el sentido común. La relación de los dueños de los bares con los clientes era parecida a la de los tenderos, pero como estaba en medio el vino, a veces las situaciones se complicaban. El tabernero debía de hacer de padre que unas veces le fiaba y otras veces le decía al cliente que se fuera a su casa, porque había bebido demasiado. A veces la de cal, otras la de arena. En ocasiones tocaba el papel de confidente y otras de delator. Muchas veces, los hombres con demasiado vino encima confesaban sus penas y contaban su vida a un tabernero que ni era cura, ni quería serlo. A veces, no solo fiaban las consumiciones, sino que les prestaban dinero que les servían para sus transacciones diarias. Hubo casos en los que se pedía prestado por la mañana, se devolvía por la tarde y al día siguiente se repetía el proceso durante meses y meses. Los enfados y las disputas entre clientes y dueños eran abundantísimas, casi tantas como las peleas en los bares. Puntualmente los conflictos del tabernero se producían con personas que no eran jornaleros, ya que exigían privilegios a la hora de servir o de nombrarlos en una conversación, que el camarero no podía permitir. Entonces, en un mundo donde las sensibilidades siempre están a flor de piel, los taberneros utilizaban esa mano izquierda, esa mundología y diplomacia que el transcurso de los muchos años detrás de una barra otorga. Ya se sabe que el alcohol aumenta la euforia y la conflictividad. Los taberneros eran de las personas que más información tenían de la vida del pueblo, pues por allí pasaba y se comentaba el devenir diario de la vida cotidiana. Las autoridades lo sabían y recurrían a ellos. De nuevo, entonces, había que hacer “encaje de bolillos”.
En los años noventa el local fue abierto como Pizzeria por uno de los hijos de Pedro Mateos. Constituyó todo una novedad, fue el primer establecimiento de cómida italiana que se instaló en el pueblo y fue muy frecuentada, sobre todo por los jóvenes, como los profesores del IES Casas Viejas que salían entre semana. En la actualidad, el local está cerrado. De toda su larga historia es el presente el que tiene una peor situación este local, que siempre ha ocupado un lugar centra en el pueblo, pues al estar junto al Chorro Grande, por su ubicación no solo abastecía de agua a la localidad, sino que era punto de parada en la salida y la llegada al pueblo, tanto a trabajar en el campo, como de carboneros, arrieros o todos los que salían por el sur a realizar cualquier tarea en las numerosas huertas que se disponen en esta zona meridional del pueblo. La parada en el Chorro Grande era obligatoria, porque tanto para entrar como para salir del pueblo, aprovechaban la fuente para dar de beber a los animales de carga. Es decir, en una sociedad donde no había agua potable en las casas, la fuente más importante del pueblo era un centro de socialización, tanto para hombre como mujeres, de primera magnitud.
A la puerta se accede por un doble escalón. El hueco tiene dintel y está cubierto con dos hojas. En la parte superior, una especie de celosía horizontal permite la ventilación. A la izquierda está el tirador y a la derecha, la cerradura.
Calle Fuentes, s/n



