El Rey Don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla del Guadalete. Oleo de Bernardo Blanco y Pérez, 1871. Museo del Prado.

“Después que vuestros reyes, sumergidos en odios, en molicie y en desmanes, el cetro de los godos convirtieron en débil caña combatida y frágil, apareció Rodrigo para colmo de hispana desventura miserable. Y el conde D. Julián fiero, ultrajado, trajo a España las iras del Alarbe.

Bien sabes capitán, del Guadalete las horridas jornadas y bien sabes cómo lograron mis abuelos daros pruebas de su ardimiento y su coraje”.
Son las conocidas primeras estrofas de las Embajadas de las Fiestas de Moros y Cristianos de Ontinyent (Valencia), escritas en 1860 por nuestro celebérrimo paisano Joaquin José Cervino Ferrero. Razón tenía el magistrado: Todo comenzó cerca del Barbate, en el paraje que muchos historiadores asocian a la Laguna de La Janda: una depresión que forman los ríos Almodovar, Barbate y Celemín, al sur de la provincia de Cádiz.
Cervino resume perfectamente lo ocurrido: Los godos eran débiles. Tanto, que el conde Don Julián, en franca venganza, traiciona al rey Rodrigo y abre de par en par las puertas de España a la invasión árabe.
La Embajada es una perfecta crónica de aquellos días y también de aquellos años. Escuchémosla:
“África lanzó a España sus valientes. África venció a España en todas partes: Tarik, Abderramán, Almanzor, Muza,… ciñéronse laureles inmortales.
Zaragoza, Toledo, Jaén, Granada, Sevilla, Badajoz, Santiago, Cádiz,… vieron al Moro triunfador alzando bandera victoriosa y las ciudades, las villas, y los campos de consuno le rindieron tributo y vasallaje.”
La invasión de la península Ibérica fue fulgurante. En tan solo tres años, los árabes se plantaron en Santiago de Compostela y dominaron a su antojo, “cual rugir de tempestades”, el viejo solar hispano. Cervino y su Embajador Moro nos los recuerdan con vehemencia y sentido de la proximidad:
“Esa hermosa Valencia, paraíso de flores y de amor y de beldades, bajó también la coronada frente y un moro fue su rey, califa y padre.
De allí extendióse el musulmán imperio y árabe fue Ruzafa y Almusafes y Alberique y Alcira la sultana, que del Júcar se baña en los cristales.
Xátiva, Benigánim, Gandía, Albaida, Alcoi, cien otros y este valle, desde el altivo Montcabrer y desde la peña que figura un monje en Agres, hasta el confín del reino castellano.
En Villena y Caudete fueron árabes. Tú también, Ontinyent, en las almenas del Mirador nuestro pendón miraste.”


Todo esto que cuenta Cervino con espléndido y poderoso verso, comenzó en las horridas jornadas del Barbate, en la Laguna de la Janda, en dónde el conde don Julián, fiero, ultrajado y traicionando al rey Rodrigo, trajo a España las iras del alarbe, para colmo de hispanas desventuras.
¿Pero qué es lo que ocurrió en realidad en la Janda?. ¿Tan importante fue aquello como para merecer la ilustrada mención del magistrado Cervino?

Pepe González, Ricardo Montés y Salustiano
Gutiérrez, (de izquierda a derecha), posan con el Programa de Fiestas 2018, el
Libro de J.J. Cervino y la novela El Guardián del Linaje. Detrás de ellos, la
Laguna de La Janda.


Para averiguarlo, el pasado verano fui a visitar a mi amigo Salustiano Gutiérrez. Vive en Benalup Casas Viejas, un pueblo de la provincia de Cádiz. Ejerce de benalupense de día y de noche. “Salus”, como le llaman sus amigos, conoce muy bien la historia de la tierra en la que vive y de la que está enamorado. Se le nota en cada gesto, en cada palabra que pronuncia. Y no digamos en las muchas y buenas crónicas que escribe en su Blog. Mi amigo disfruta compartiendo su vasto conocimiento y eso es de agradecer. 
Todo fueron facilidades cuando le visité el pasado 14 de agosto. Con la compañía de Pepe González y de mi hija Marta, montamos en su veterano coche para recorrer la Laguna de Norte a Sur y de Sur a Norte. Sorprende que no haya agua. Conserva el nombre de Laguna lo que hoy es un vasto terreno desecado, dedicado, la mitad a la ganadería extensiva y la otra mitad al cultivo del arroz y el algodón. Me cuenta “Salus” que, hasta los años sesenta del pasado siglo, todos aquellos caminos polvorientos que íbamos recorriendo, estaban llenos de agua. 
—¿Cómo en el año 711?, —le pregunté yo—.
—Tal cual en el 711, cuando Taríq y Rodrigo se enfrentaron en la que para mí ha sido la batalla más importante de la historia de España.
—¿Y porque no hay agua ahora? ¿Por el cambio climático? 
—Nada de cambio climático. Cerca de aquí, al norte, está la Sierra de Grazalema, el lugar de España en el que más llueve. De allí nacen los ríos Guadalete y Barbate (que nace en el Picacho), que aportan generosos caudales de agua junto a los calmos afluentes Celemín y Rocinejo. Todos pasan por aquí y antes de llegar al mar, inundaban esta depresión, de Este a Oeste. Hoy no hay agua porque la Laguna la desecaron a propósito, vaciándola como si fuese una piscina.
Salustiano me lleva al confín sur de la laguna. Detenemos el coche y me muestra “el tapón” de la piscina a la que se refiere. Se trata de una pequeña elevación ondulada del terrero que transcurre transversal desde Vejer de la Frontera hasta Manzanete. Tiene poca altitud, pero consigue ocultar el horizonte. Es como un talud natural que embalsa el agua. Justo detrás, a apenas dos kilómetros, está el pueblo de Barbate y el mar, dónde desemboca el rio del mismo nombre. Un rio que se las ha ingeniado para abrirse paso hacia el mar, dejando a la derecha a Vejer.
—Sigo sin comprender como desecaron la Laguna, —pregunto ingenuo a mi amigo “Salus”—.
Entonces, el amable benalupense me muestra, ante mi asombro, el tapón del desagüe por dónde vaciaron la Laguna en 1960. Las máquinas y los hombres, horadaron el talud natural. Literalmente agujerearon la montaña, construyendo un colector subterráneo que salvaba la elevación del terreno. Por este colector fluía el agua caballera hasta perderse en el mar. Por encima del tapón hoy pasa el punto kilométrico 48 de la nacional 340, muy cerca del Arroyo del Águila.
—En esa montaña que hoy horada el colector, acampó Tariq en el año 711, —me dice Salustiano, centrando el objeto e interés de mi viaje—. Lo que vio Taríq nada más llegar, fue una inmensa laguna poco profunda. Era el mes de Julio y, en la época estival los ríos aportaban escaso caudal. Allí decidió esperar a las impetuosas tropas del rey Rodrigo.
—¿Desde dónde venían esas tropas?
—Del norte. Seguramente venían de Medina Sidonia y acamparon en Benalup.
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