El mismo día que un amigo me escribe que este va a ser el año de Jozito mi Juanita me dice que este le ha dicho que hay un libro que se llama el maestro de Casas Viejas y que si lo conozco. Le digo que no y me voy a San Google. Lo compro por Amazon y me lo leo en un fin de semana. El resultado es que he encargado nueve más y que le quiero hacer un post. El libro tiene una edición humilde, posiblemente autoedición, llevando publicado más de diez años.
La verdad es que me ha gustado bastante y le agradezco a la amiga de Jozito en Madrid que le preguntara por este libro. Para mí tiene cuatro grandes méritos. En primer lugar es una historia familiar, de cuatro generaciones, al estilo de La Familia de Ettore Scola. Ese viaje por el espacio y el tiempo me encanta. Esa concepción de que el pasado, el presente y futuro son tres dimensiones de una misma ecuación y de que el mundo es algo relacionado entre sí, global e integral. Dentro de ese viaje, Damián, el padre del protagonista Nicolás Astorga estuvo destinado en Casas Viejas como maestro, donde murió en 1933. De las 300 páginas del libro 60 transcurren en Casas Viejas.
Antonio Ñeco no sólo novela los sucesos introduciendo a su protagonista en ellos, sino que también los contextualiza. Me encanta leer cosas del pueblo de aquella época. Por ejemplo: «Al doblar una esquina, se encontró con una plaza rectangular, custodiada por enormes álamos centenarios y una iglesia con la fachada de ladrillos y las puertas abiertas… En la parte de atrás junto a la entrada, observó una gran placa de agradecimiento a la señor Josefa Pardo de Figueroa y de la Serna, marquesa de Negrón, por su generosa donación para la construcción de aquel templo y por su extraordinario celo por la salvación de las almas de los pobres…Cruzó la plaza despacio. A un lado, tras un pórtico que sujetaban dos columnas, había un bar. El cartel sobre la puerta parecía tan antiguo como los álamos que tenía delante. Podía leerse: Ricardo… El ajetreo diario del pueblo se concentraba en la Alameda frente a la iglesia. Los hombres acudían a la plaza muy temprano y esperaban las camionetas que con suerte los llevaría hasta el campo donde ganarse el jornal. El capataz de cada finca decidía a diario quién trabajaba y quién no. El día que no había faena no aparecía y cuando lo hacía el salario era mísero y la jornada eterna… Los que no subían al camión tenían que buscarse el sustento con la caza furtiva y andar con ojo con la guardia civil. Había en Casas Viejas gente con oficio, pero no corrían buenos tiempo para el obrero. Los carboneros se pasaban días en el monte preparando carbón de brezo que luego bajaban en mulas para mal venderlo por cuatro perras….»
Obviamente termina su estancia en Casas Viejas novelando los sucesos de enero del 33 y los resume de esta forma: «Un golpe de sol en sus castigadas vidas. La idea de socialismo libertario les infudía esperanza, les hacía sentirse personas dignas. Les hizo cuestionar los derechos de los señores sobre las tierras y sobre sus vidas…Las fuerzas del orden público, más de noventa hombres con armamento pesado, consiguieron devolver la estabilidad, la cordura y las buenas costumbres a una tierra donde unos pocos se atrevieron a soñar con la utopía. No obstante, quedaba el escarmiento, no fuera a ser que estas gentes se olvidaran pronto del horror en la choza de Seisdedos….»
Si bien sólo un quinto de la novela transcurre en Casas Viejas la muerte del padre del protagonista, lo mismo que ocurrio en la historia de España en la que transcurre los hechos marca la vida de la familia. Así habla del halo de silencio que sobre ellos y su muerte se instauró: «Después de tanto tiempo, Nicolás está en Casas Viejas para llenar de fragmento de vida ese hueco enorme que su padre había dejado en la suya…Todos estos años silenciando la muerte de Damián…Que tú no tienes la culpa de que la vida se haya liado a palos con esta casa…» Toda la familia se ve envuelta en una diaspora a partir de este trágico acontecimiento que marca la existencia de sus vidas y demostrando otra vez que la ficción supera a la realidad hay bastantes ejemplos reales que lo demuestran. Nicolás Astorga, el hijo del maestro de Casas Viejas y pianista de jazz es sólo un ejemplo de lo que estoy diciendo.
Pero quizá lo que más me gusta de este libro es que habla de educación en el Casas Viejas de la Segunda República: «A sabiendas de que gran parte del poder de los caciques sobre los jornaleros estribaba en el analfabetismo de estos últimos, que en esta situación no podían, ni sabían defender sus derechos; desde la CNT surgió un movimiento de educación para adultos que inusitadamente tuvo en Casas Viejas una gran repercusión sobre los trabajadores. Gente del sindicato que sabía leer y escribir como Sebastián Pavón, Perico y Francisco Cruz, Manuel Quijada o Dionisio Morán El Doblao, se ofrecieron como maestros para enseñar a todo aquel que lo deseara, a leer y a escribir… En la escuela los niños producían un extraño efecto dinamo sobre su cuerpo, recargándolo constantemente. La gente le mostraba afecto y un respeto que se había ganado con el sudor de su frente…» La verdad es que este párrafo me recordó a mi amigo Santo y su concepto de INFOCA (instituto de fomento del catetismo) y por ello cuando llegué a él tome la decisión de regalarle un libro, para eso Amazon se sabe mi número de cuenta.
Pero queda una última frase que me llegó al alma cuando la leí: «Pocos lugares, se imaginaba Damián, existirían donde la escuela fuera tan necesaria como aquí. En un pueblo donde el ochenta y cinco por ciento de su gente era analfabeta, la única esperanza para mejorar sus condiciones de vida estaba en la educación…» Esto no sólo era verdad y necesario en la Segunda República, sino que sigue siendo, bajo mi humilde punto de vista, en la actualidad. Los que me conocen saben que la he dicho ciento de veces en bares, claustros y sesiones de evaluación, sobre todo el 31 de mayo de cada año. Y también aunque no la digo llevo 9900 días (los que llevo en este pueblo) pensándola todos los días. Señores y señoras estamos en Casas Viejas y en pocos sitios en España hace falta tanto la educación para mejorar las condiciones de vida de sus gentes. Gracias a Antonio Ñeco por venir de fuera a recordárnoslo.


