Nunca había oído hablar de un pueblo que se llamaba Alquézar. Resulta que es una localidad de la provincia de Huesca, en el Pirineo aragonés y que gracias al turismo ha conseguido fijar su población y proteger su patrimonio cultural. Evidentemente todo un mensaje que hay que recoger.
Juan Eslava Galán dice de él:
ALQUÉZAR, TRAS EL TÚNEL DEL TIEMPO
El pueblo de Alquézar está junto al cañón del río Vero, en la sierra pirenaica de Guara, o sea, otro pueblo a trasmano. Quizá por eso ha conservado casi intacto su magnífico conjunto monumental y paisajístico. El visitante atraviesa un arco gótico para acceder a la villa con la impresión de pasar por el túnel del tiempo: al otro lado encuentra un pueblo medieval arracimado en torno al castillo: callejas empedradas, una plaza porticada, casonas nobilarias…
En la cumbre de la peña encontramos los dos grandes monumentos del pueblo: la fortaleza, algo mermada por la edad, pero todavía interesante, y la colegiata de Santa María la Mayor. En la colegiata admiramos el claustro románico y sus bellos capiteles historiados en los que la Iglesia explicaba la historia sagrada a sus fieles analfabetos por medio de imágenes: Abel pastoreando su rebaño, el niño Jesús en sus primeros pasos, etc. En una capilla de la iglesia nos sobresalta la visión del patético Cristo de Lecina (siglo XIII); en el museo, nos pasma una insólita colección de reliquias entre las que se cuentan dos cabezas de las Once Mil Vírgenes y un relicario-macedonia en el que se guardan más de cien despojos humanos tocados por el nardo de la santidad. Lo de las Once Mil Vírgenes requiere cierta explicación. En 451 una princesa alemana de nombre Úrsula que regresaba de una peregrinación cayó en manos del feroz Atila, el rey de los hunos, el cual, prendado de la hermosura de la muchacha, le hizo propuestas deshonestas (concretamente la consumación de un coito gallináceo) y, como ella se negara en redondo, la entregó a los verdugos junto con las doncellas de séquito que también se habían resistido a las obscenas ofertas de la chusma huna. En el lugar del martirio se erigió una basílica con una inscripción en la que se detallaban los nombres de la vírgenes y mártires: Úrsula, Aurelia, Brítula, Córdoba, Cunegonda, Cunera, Pinnosa, Saturnina, Paladia, Odialia de Britannia y Ximilia, cuyo nombre, confunido con la abreviatura numeral romana XI.M.V., se interpretó como undecim milia virginum, “once mil vírgenes”, y de ahí la confusión de las once mil vírgenes cristiana asesinadas por los hunos, cifra del todo increíble (como también lo es el hecho de que se mantuvieran vírgenes después de haber caído en manos de semejante soldadesca, las cosas como son).
Curiosamente el verano pasado mi amiga Luisa Fernanda Sánchez Pérez-Blanco y su familia han ido a este pueblo. Me pongo en contacto con ella y muy amablemente me manda la siguiente crónica: «En nuestro viaje por tierras de Huesca nos alojamos en Alquézar, el pueblo es precioso, la propia configuración del mismo con su iglesia colegiata y su fortificación dominando el lugar desde una peña ya te impresiona, aun más si como nosotros llegas de noche pues la iluminación de estos edificios y del propio pueblo le añade aun más belleza.
Alquézar tiene unos trescientos habitantes, pero en verano duplica fácilmente su población debido al turismo, abundan los restaurantes, los hoteles y las casas rurales, pertenecientes en gran medida a los propios lugareños.
El turismo se ha convertido en la gran fuente de ingresos de Alquézar y ellos cuidan su pueblo y miman al turista, sus casas de piedra rojiza han sido restauradas cuidadosamente respetando la tipología arquitectónica del lugar, sus calles medievales están todas empedradas, con una especie de canaleta de piedra en el centro para canalizar las aguas de la lluvia, cuidan detalles mínimos como que los telefonillos de las casas se intentan camuflar para que no desentonen con su entorno, el visitante puede alquilar así mismo un servicio de audio guía que recorre los lugares más significativos del pueblo.
El esfuerzo de la subida a la colegiata se ve recompensado por la belleza del lugar con su claustro románico, su museo y sus impresionantes vistas a la sierra pirenaica de Guara, allí un guía te va explicando los detalles y la historia del lugar. Los aficionados a las pinturas rupestres pueden hacer senderos a lo largo del río Vero, donde abundan cuevas y abrigos con pinturas prehistóricas, destacando el abrigo de Chimiachas que posee una espectacular representación de un ciervo.
Aparte del turismo que acude por la belleza de este enclave, Alquézar recibe también a un turismo de aventura, pues en sus alrededores hay varios ríos (el más cercano el río Vero) y barrancos que por su configuración reúnen todas las condiciones para practicar el barranquismo, la espelología y la escalada, solo en la calle principal del pueblo hay tres empresas que se dedican a organizar excursiones guiadas para practicar estos deportes.
En fin, un pueblo que ha sabido adaptar a la perfección su vida tradicional a las oportunidades que les brinda el turismo, una gente amable y hospitalaria, dispuesta siempre a ayudarte, un lugar al que siempre te gustaría regresar».




