Hay viajes que le marcan a uno la vida. En 1984 yo estuve en el monte de Santa Tecla. Después nada fue igual. Luego os cuento, pero primero veamos lo que dice Juan Eslava Galán.
EL CASTRO DE SANTA TECLA: ARQUEOLOGÍA Y DEVOCIÓN
La villa de La Guardia, famosa por sus langostas, hace bien en guardarse (aludo al topónimo), porque sus habitantes han estado al paso de la historia con la barba al hombro, siempre vigilando si llegaban vándalos por tierra o piratas por mar (normandos, moros, ingleses, portugueses, franceses…). Tiene la villa un buen callejeo en busca de arquitectura popular o patricia, con monumentos como el monasterio de las benedictinas (1558) o las casas solariegas de los Correa y los Somoza, pero lo más destacado y original está fuera de ella: el monte de Santa Tecla, donde se ubica uno de los poblados castreños mejor conservados restaurados y estudiados de Galicia.
… A partir del estudio de los castros los arqueólogos deducen que estas aldeas fortificadas estuvieron habitadas por galaicos (no exactamente celtas) de estructura social bastante igualitaria, más pacíficos que belicosos, que vivían de sus cultivos de cereal y de sus animales (de los que ¡oh, sopresa! El cerdo brilla por su ausencia), aunque también practicaban el comercio y la pesca. En el monte de Santa Tecla está también la ermita de la santa patrona de la Guardia (que lo es también de los informáticos) y un notable Vía Crucis».
Con Eslava Galán me pasa como con mi amigo Eduardo Pérez, no sé cuando hablan en serio o es ironía. He buscado lo de Santa Tecla como patrona de los informáticos y resulta que es verdad. ¡Quién lo diría!
En 1984 estaba yo estudiando cuarto de Geografía e Historia en Granada. Me especialice en Geografía Humana. El año anterior había sacado las oposiciones de correos, enlace rural de Íllora a Algarinejo, pasando por Montefrío. Era un trabajo cómodo. Estaba a punto de dejar los estudios universitarios. Mi madre no quería ni oír hablar de esa posibilidad. Entonces los profes de Geografía organizaron un viaje a Galicia para asistir a un congreso de jóvenes geógrafos a Santiago de Compostela. Como trabajaba tenía dinero y fui. Me lo pasé tan bien en Galicia que me dí cuenta de que si quería seguir aprendiendo y disfrutando tanto tenía que proseguir los estudios. Al mes siguiente me pedí un mes de permiso sin retribución y aprobé cuarto, con algunas cositas que no voy a contar aquí, vaya que me pase como a Pablo Casado o a Cristina Cifuentes o a Carmen Montón. Del viaje a Galicia la joya de la corona, lo que nunca se me olvidara en la vida fue el atardecer en el monte de Santa Tecla. Un catedrático de Geografía de la Universidad de Santiago nos explicó que aquello siempre había sido zona de frontera y que antiguamente se utilizaba para intercambiar ganado entre Portugal y España. Recuerdo, imposible olvidarlo, que nos dijeron que a Santa Tecla había que ir al atardecer, para el ocaso, para asistir al espectáculo maravilloso del vencimiento del sol, cuando se hunde en la desembocadura del Miño, entre España y Portugal.
Después bajamos a la Guardia y probamos su vino característico; el Rosal. El camarero nos dijo que el vino era tan bueno porque era muy fiel. De hecho si “pasaba los puertos”, si se trasladaba a otro lugar no se podía beber porque se avinagraba. La verdad es que no sé si le seguirá pasando. Luego he ido muchas veces a Galicia, me encanta la Coruña, Santiago, la costa de la muerte (especialmente), la playa de la Catedrales, Orense, Pontevedra, Viveiro, Ortigosa… pero como aquel atardecer en el que el sol se ahogó en el Miño no he visto una puesta del sol tan bonita. Ni en Zahara, ni en Barbate, ni en Conil, ni el mirador de San Nicolás… con tanta fama que tienen y aplausos que se llevan.
Aquel atardecer me empujó a querer seguir viajando y leyendo. De Galicia vine convencido que merecía la pena seguir estudiando, que no me podía conformar con ese trabajo y que era posible sacar las oposiciones de secundaria, pese a que dijeran que había muy pocas plazas y muchos enchufados. Con los años no me conforme con el puesto de enlace rural y me preparé las oposiciones. Dos años después de aprobarlas el concurso oposición de la Junta de Andalucía me mandó a Benalup. Si mi abuela tuviera ruedas no sería mi abuela, sería una bicicleta. Para los que no lo hayan visto recomiendo una visita al monte de Santa Tecla y si puede ser al atardecer, mejor. Es un gran fármaco contra el fatalismo.






