Hoy en Tierras de mujeres tocamos un tema tan sensible como necesario como la demencia senil. Quienes hemos tenido la desgracia de sufrirla como cuidadores sabemos lo duro y complicado que es este proceso.

Dice María Sánchez: “Contar era una forma de hacer que el tiempo pasara más deprisa de querer saber, de llamar a esos animales que aparecían ante nosotros, sustituirlos por los minutos, convirtiéndolos en el minutero que nunca para y que era un extraño absoluto que surgía en nuestra infancia. Quizá de ahí me venga una especie de calma, de tranquilidad, de serenidad irreal, esa voz di,inuta que me dice que todo está bien y que todo irá bien cuando aprendo el nombre de algo que no conozco. Creo que fue George Steiner el que escribió eso de que “lo que no se nombra no existe” Pero, ¿quién seguirá nombrando lo que deja de existir? ¿Seguirán ahí a pesar de que ya no existan y dejen de nombrarse?¿Y quien nombrará por primera vez a lo que no se nombra? ¿Qué desencadena la primera vez a lo que no se nombra? ¿Qué desencadena la primera vez y el primer nombre?





Cuando apareció la demencia senil de mi abuela paterna Teresa, descubrí que no sabía nada de ella. Absolutamente nada. Intenté rastrear, preguntar, sacar cosas. Pero también llegué tarde. Mi abuela tenía un cuero de ochenta y tantos y un cerebro estropeado que se había quedado en los veinte… Ella murió y con su muerte me dejo otra manía. La de rebuscar en las cómodas de las casas de mis abuelos en busca de fotografías”

Foto Mintz


Escribe Pepa Barrios: “Yo tenía 15 años cuando la conocí, era la madre de mi novio y desde el principio conectamos, era una madre para mi, cariño que yo le daba en la misma medida. Tenían una tienda de ultramarinos en la cual yo disfrutaba despachando a su lado, siempre que mi trabajo me lo permitía. Cuando los clientes se referían a mí diciéndole que la nena le había dado tal o cual cosa, ella nunca aclaraba nuestro parentesco, pero cuando la pregunta era directa: «¿La chiquilla qué va, entre tu mayor y el pequeño?», entonces les decía que no, es la novia de mi mayor, pero para mí es como una hija.
Al jubilarse mi suegro, se hizo cargo de la tienda ella sola. Era admirable verla hacer las cuentas de cabeza, ordenar pedidos… ¡todo! era una mujer agradable para la atención al público y muy capaz. Cuando cumplió 64 años (1989) fallece su marido de manera repentina y ese fue el principio del fin. No era algo voluntario, como a veces ocurre por un trauma, fue un Alzheimer brutal que la dejo sin voluntad ni fuerza.
Cerramos la tienda, de septiembre a diciembre ya no conocía a sus hijos y se convirtió en un bebé necesitado de cuidados y atención.  A esto se sumó una obstrucción intestinal provocada por un tumor intestinal inoperable y así que tres veces a la semana le hacíamos la limpieza intestinal, lo que yo bauticé como «operación caca». El ser humano tiene una enorme capacidad de adaptación,  yo sé que de los problemas se aprende. Llegué a conseguir comprenderla con solo mirar su cara, ver sus gestos, su rictus sabía qué le pasaba algo. Cuando no quería comer le cantaba y así conseguía  que abriera la boca. Le hablaba mucho, le pintaba los labios, le decía  lo guapa que estaba, y así se dibujaba una sonrisa en su boca.
Cuando le preguntaba quién era yo, ella respondía «tú muy hermosa». Unos dias era su madre, otros una vecina, o su hermana, pero siempre «tú muy hermosa». A pesar de ser una madre muy volcada en sus tres hijos varones, durante su enfermedad no quería que ningún hombre se le acercará. No sabía quienes eran.
El primer año de su enfermedad podía caminar y era curioso cómo su cerebro era capaz de «idear, travesuras». Cogía las llaves a escondidas y se escapaba, mirabas por casualidad por la ventana y la veías en mitad de la calle ¡La de carreras que hizo dar! o cuando quiso saltar la barandilla del balcón para pasar a casa del vecino, cuantos trances viví con ella.
La cuidé 16 años. Le puse su primera inyección  de insulina, su primera limpieza intestinal, la bañe por primera vez y también la última, la vestí en su último viaje y su expresión de dulzura después de fallecer nunca la olvidaré. 
Te estoy agradecida por cómo me aceptastes. Mando besos al cielo para mi Juana.

Foto Mintz
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