Sigue el texto de Joaquín Arrarás: «LLEGADA DE REFUERZOS. A la vista de lo ocurrido, la fuerza que manda Fernández Artal toma posiciones y el teniente intima a los rebeldes la rendición y que salgan de la casa de espaldas y con los brazos en alto, con la promesa de que no recibirán daño; a ello contestan con nuevos disparos que hieren gravemente al guardia Madras; Artal envía como parlamentario al detenido Quijada, esposado, para que penetre en la choza y aconseje a los que están dentro que se rindan, ya que la casa la tienen cercada. Pero los insurrectos dicen que están resueltos a morir y retienen al mensajero. Algunas mujeres los alientas con sus gritos. El teniente suspende el fuego y envía un telegrama al Gobernador de Cádiz dándole cuenta de las bajas y de la situación; le pide el envío de bombas de mano para asaltar la casa, hace notar que no necesita fuerzas, y que, si no se decide a incendiar la choza del “Seisdedos”, es por temor a que se propague el fuego y arda medio pueblo. A pesar del ecuánime telegrama acuden fuerzas de todas partes contra aquella choza, defendida por seis hombres. Podría ponérsele sitio, rendirla por hambre; pero la República y su Ministro de la Gobernación no pueden soportar el reto y envía más fuerzas, aunque no se piden».
En ningún momento del relato el autor ha sentido la más mínima consideración con las víctimas, ni las ha nombrado con su nombre siquiera, pero ahora sí lo hace para responsabilizar de la masacre a «la República y su Ministro de la Gobernación». Seguimos: «El día 11 de enero había llegado a Jerez el capitán Rojas con su compañía de Asalto e instrucciones concretas; otros guardias más, al mando del teniente Guillén, con dos ametralladoras, siguen hasta Cádiz en espera de órdenes. Casares, exasperado ante la resistencia demente de la aldea envenenada, se encona contra aquel puntito de fuego que luce como una brasa de odio en la noche andaluza. “¡Que arrasen la casa, que se haga un escarmiento!” ordena.
Se quiere que la represión sea brutal, rápida, resolutiva y Azaña lo da a entender así en sus “Memorias” al consignar el día 11 que se le ha quejado Casares Quiroga de que las fuerzas encargadas de sofocar el movimiento no proceden con bastante energía.
“Se dejan matar-escribe- pero no pegan duro. Ejemplo en Sallent. No cumplen las instrucciones que el Ministro les ha dado para destruir por la fuerza a los revoltosos. Contemporizan, tantean, aguantan los tiros y detienen a los que pueden. Casares estaba muy enojado con esto y lo atribuía a que él no tiene bastante autoridad. El Presidente de la República le ha llamado esta mañana, y, después de conocer el estado del asunto, le ha dicho que se notaba alguna flojedad en la represión callejera por parte de la fuerza y que era preciso estimularla”.
De nuevo la insidia con Azaña y la utilización interesada y manipulada de sus diarios. Es el gran culpable de unos sucesos que van a dar origen a que se produzca «La Cruzada».
Proseguimos con la narración: «Hacia las diez de la noche, se reciben en Casas Viejas refuerzos de guardias de Asalto con dos cabos, portadores de las bombas pedidas y una ametralladora; y con estos elementos se emprende un ataque a la choza, contra la que arrojan algunas granadas y disparan sin resultado alguno gran número de tiros de fusil. Nueva orden de alto el fuego, y nuevo requerimiento del teniente Artal a los revoltosos para que se rindan, a lo que contestan desde la choza con más disparos, que alcanzan y hieren a dos cabos de Asalto que acompañan al teniente. Tras un vivo tiroteo de fusilería y de arrojar más granadas, sin que se logre el objetivo, los tenientes de Asalto y de la Guardia civil acuerdan mantener el cerco y suspender todo ataque hasta que llegue el día. Son ya las dos de la madrugada».
