Joaquín Arrarás no empieza el relato de los sucesos por orden cronológico. Sino que lo inicia una vez que ha concluido la matanza. Este recurso de salto en el tiempo es muy propio del mundo del cine y de la literatura pero no de la narración histórica. No puede Joaquín Arraras empezar de una forma más elocuente, de tal forma que las primeras frases van a constituir un acertado resumen de todo lo posterior:
“El movimiento anarcosindicalista, rico en episodios de hondo dramatismo, va a culminar en uno, símbolo y síntesis de todo este periodo de la República. (Casas Viejas)”. Los sucesos de Casas Viejas son el “símbolo y síntesis” de todo lo malo que significo la Segunda República y explican en gran parte la necesidad del “Glorioso Movimiento” o “la cruzada”. Esta es la idea que va en las próximas páginas argumentada con datos concretos. Prosigue el relato de forma costumbrista y con un lenguaje muy propio de este historicismo franquista: “Estamos en la madrugada del 12 de marzo… En la humilde plaza del pueblecito gaditano de Casas Viejas están formadas las fuerzas de Asalto y Guardia civil. La alineación es correcta; pero un leve temblor, y no sólo de frío, estremece las manos que sostienen los fusiles; las anillas de las correas suenan contra la madera. Es un lívido amanecer de invierno. Humean algunas casas en lo alto del pueblo en cuesta, pero no con el humo matinal, que huele a orégano y a tomillo, a horno de tahona, portador del buen aroma del pan caliente, sino con humo de incendio que destruye las maderas y pajas de las techumbres y las desploma sobre las pobres viviendas. Las puertas están cerradas como todos los amaneceres, pero con un hermetismo hostil; hoy no se abrirán una tras otra, según se va despertando la gente para dejar paso al vaho cálido de los establos, al mozo que sale a la labranza con su par de mulas, a la mujer madrugadora que recoge el agua de la fuente o se asoma la primera en el mercado o en la misa de alba. La gente está despierta, ha estado vigilante toda la noche, y en el fondo de cada casa se apiña la familia, que, embargada de miedo y de odio, mira con terror a la puerta. El pueblo está silencioso a estas horas, como todos los días, pero además se advierte que no sonarán el martillo de la fragua, la garlopa del carpintero, los cascabeles de las colleras, los gritos de los chicos y las llamadas de las madres. Se han apagado las efusiones en el fondo de las gargantas”. El miedo y el horror provocado por la matanza lo describe Joaquín Arraras utilizando el recurso literario de la contraposición. No es hoy un día cualquiera, ni ordinario, sino especial, muy especial.
Pasa seguidamente a describir la escena en la que el delegado del gobierno y el capitán Rojas dan por terminado el escarmiento. Se narra con todo lujo de detalles el discurso de Arrigunaga y la despedida de este de Rojas. Al primero se le describe despectivamente como un funcionario mediatizado “Esbozo del futuro comisario político” que sólo busca el bien personal y del sistema político que representa. Dejando muy claro otra de las tesis centrales de este relato: “Nosotros hemos obedecido las órdenes”. Al Capitán Roja nos lo presenta como un tanto escéptico con esas órdenes, con cierto reparo y consideración por las víctimas: “ eran unos cuantos engañados que habían hecho lo de siempre”.
Escribe Joaquín Arraras: “No se oye en la plaza sino una voz que habla un lenguaje extraño:
“-Habéis cumplido con vuestro deber. El Gobierno, por mi conducto, os felicita. Gracias a vosotros, a vuestro valor, a vuestra energía y disciplina, a vuestra obediencia a las órdenes de vuestros jefes, la República ha podido vencer un grave peligro y puede seguir el camino triunfal y glorioso abierto el 14 de abril. Vuestra magnífica conducta merece bien de la Patria y de la República. ¡Viva la República!”
Dos o tres guardias contestan con un viva demasiado estentóreo al lado del viva apagado y tembloroso de los demás. Quien emboca la trompa épica frente a las tropas es un empleado de la Junta de Obras del puerto de Cádiz, un tal Fernando Arrigunaga y Martín Barbadillo, esbozo del futuro comisario político. La tropa no le ha visto nunca hasta aquella mañana. Han dicho que es el delegado del Gobernador civil de la provincia ¿Qué hazaña magnífica ha realizado la fuerza, numerosa y bien armada, en aquella remota aldehuela de Casas Viejas?
Cuando las fuerzas rompen filas, el delegado se limpia el sudor, un sudor frío, de la frente y dice al capitán Rojas:
– ¡Vaya noche! Pero, en fin, todo ha terminado ya,
Todo ha terminado, en efecto. El aire ha cogido el ¡viva la República! Demasiado débil para que se cierna en la altura como grito triunfal de batallas gloriosas. Más bien lo ha arrastrado por el suelo y lo ha paseado, manchándolo, por restos carbonizados y sangrientos.
– Antes de marcharnos, continúa el delegado, tengo que pasar por el Ayuntamiento de Medina. Me corresponden cincuenta duros de dietas. Pero ¡hombre! ¡Qué cara tiene usted!
El capitán rojas, sin saber por qué, se había puesto maquinalmente a dividir 50 entre 21. A dos y pico.
No sé, no sé replicó al fin- Nosotros hemos obedecido las órdenes, ¿no es eso?
– Desde luego.
– Sin embargo- se objetaba Rojas a sí mismo-, eran unos cuantos engañados que habían hecho lo de siempre».
En mi libro “Los sucesos de Casas Viejas. Crónica de una derrota” este episodio aparece de la siguiente forma: “Una vez realizados los fusilamientos se dirigieron a la Alameda, allí el grupo dirigente volvió a reunirse, comentando lo sucedido. Después formaron a los miembros de las dos fuerzas de seguridad y Arrigunaga arengó a la tropa y terminó con vivas a España y a la República. Rojas y su tropa se subieron a los camiones dejando a García Castrillón y su patrulla para que continuara la investigación. Ante la solicitud de este Rojas accedió a dejarle un puñado de guardias de asalto bajo el mando de un teniente, que por sorteo le correspondió al teniente Sancho Álvarez. Estos son los que van a salir en las fotografías cuando el día 13, al día siguiente, venga los periodistas y fotógrafos a Casas Viejas. Los cadáveres de los asesinados fueron conducidos al cementerio para que los médicos les hicieran las autopsias. Los calcinados no fueron enterrados hasta que pasaron diez días. Como declaró José Vela Barca a la Comisión Extraoficial:
“Manifiesta también que los carbonizados han estado diez días sus restos, apreciando todos los vecinos del pueblo cómo los perros llevaban sus restos. Ha sido un verdadero crimen, dice, que todo el pueblo lo reconoce. Cree que la mayor parte de los muertos son inocentes; los levantiscos, una vez cometido el atentado al cuartel, se lanzaron al campo”

