La ilustración de Saenz de Tejada escenifica la versión del gobierno;  el amotinamiento de «los revoltosos». El ilustrador se centra en el momento en el que «los amotinados» recogen el cuerpo de Martín Díaz para hacerlo rehén, siete hombres resisten numantinamente y María vocifera gritos libertarios.

Presentados los hechos empezando por el final, continúa Joaquín Arraras dando un salto atrás en el tiempo y comienza a relatar la declaración del comunismo libertario. No le interesa al autor el nombre de los protagonistas locales, pero aparece el apodo del líder y el del alcalde pedáneo del que siembra dudas sobre su «complicidad con los revoltosos». Dice así: 

INICIACIÓN DE LOS SUCESOS“ Los de siempre tuvo aquí estas características un
grupo numeroso de vecinos, que actuaba en relación con elementos o agrupaciones
anarquistas, se presentó,  capitaneado por
un individuo apodado el “Gallinito”, en casa del alcalde pedáneo Juan
Bascuñana, para notificarle que habían proclamado el comunismo libertario, que
ya no existían autoridades y que comunicase al sargento de la Guardia civil del
pueblo que, si se rendía, nada le ocurriría. Intimado por los revoltosos, al
decir del alcalde, o quizá en complicidad con ellos, a juicio de varios
testigos, hizo Bascuñana el requerimiento al sargento de la Guardia civil,
quien respondió que antes moriría defendiendo la República que entregarse; y,
previniendo a los tres guardias a sus órdenes, se dispuso a la defensa. Mas, al
entreabrir la puerta de la casa-cuartel, una descarga cerrada deja herido al
guardia Salvo, y minutos después, al abrir una ventana, nuevos disparos de los
sediciosos hieren al sargento y al guardia Romano tan gravemente, que
fallecerán pocos días después en Cádiz. Desde aquel momento, la Guardia civil,
realmente inutilizada para contrarrestar el ataque, se dedica al auxilio de sus
familiares y heridos, y los revoltosos se dispersan para continuar sus
fechorías. Prenden fuego a todos los documentos que hay en la Administración de
Arbitrios municipales, cortan la línea telefónica y abren zanjas en la
carretera de Medina Sidonia única de acceso al pueblo. Bajo la bandera roja que
tiembla en el pálido cielo invernal como una llama, Casas Viejas comienza a
vivir a solas la felicidad de su comunismo libertario. Habían vuelto al Paraíso
perdido, a la bondad del hombre primitivo antes del contrato social, pero la dicha
no estaba asegurada todavía». Me llama la atención como califica al comunismo libertario como «el paraíso… del hombre primitivo antes del contrato social».



Prosigue su narración relatando la llegada de los refuerzos de la Guardia Civil al mando de Anarte. Este se hace con la situación » y ponen en fuga a los rebeldes hacia la parte alta del pueblo, donde se hacen fuertes». Hoy está fehacientemente demostrado que la mayoría de los que habían participado en la proclamación del comunismo libertario huyen al campo en ese momento o se refugian en sus casas, pero para nada se amotinan en la casa del viejo y pacífico Sesidedos.  Hay que tener en cuenta, en primer lugar, que el enfrentamiento fue desigual y desproporcionado. Por la parte de las fuerzas del orden granadas, una ametralladora, armas de todo tipo y cerca de 100 guardias preparados para sitiar una choza con tan solo nueve ocupantes. En el interior las nueve personas contaban con dos fusiles como armas para la defensa. En segundo lugar,  de los nueve que estaban en el casaron, siete vivían habitualmente allí y otros dos lo hacían en las chozas próximas, a escasos cincuenta metros, la condición de parentesco y amistad hicieron que se encontraran en el casaron cuando llegaron los de asalto, no hubo ningún propósito de sedición.E l Estado y sus instituciones se prestaron a establecer la versión que triunfaría.  El gobierno hizo una clara división entre los muertos; por un lado los que habían perecido en el asalto al casarón  fruto del enfrentamiento con las fuerzas del orden y  por otra parte estaban aquellos campesinos que no habían participado en el motín y habían muerto gracias a la razia de las siete de la mañana debido al “sanguinario” capitán Rojas. Con ese argumento se exculpó al único gobernante que en un principio se le había imputado; Arturo Menéndez, Director General de Seguridad. También se decidió juzgar a Rojas por catorce muertos. Los crímenes cometidos en  el asalto al casaron de Seisdedos no lo serían nunca. Es más, los calcinados se llevan a la fosa común diez días después de los hechos. Todo ello forma parte del ninguneo y la invisibilidad a la que fueron sometidos las victimas del asedio al casarón de Seisdedos. 

Prosigamos con el relato de Joaquín Arrarás:» Hacia las dos de la tarde, acuden a Casas Viejas las
primeras parejas de la Guardia civil, que entran en el pueblo en guerrilla y
haciendo fuego. Procedían de Medina e iban al mando de un sargento. Los
disparos causas la muerte del vecino Rafael Mateo Vela y ponen en fuga a los
rebeldes hacia la parte alta del pueblo, donde se hacen fuertes. Una vez en
Casas Viejas, los guardias se apresuran a auxiliar a sus compañeros heridos, y
luego toman las bocacalles de acceso. En esta actitud defensiva permanecen
hasta las cinco de la tarde, en que, por orden del gobernador de Cádiz, llega a
Casas Viejas, procedente de San Fernando, una sección formada por doce guardias
de Asalto, más cuatro guardias civiles que se le incorporaron, al mando del
teniente de Asalto don Gregorio Fernández Artal, quien ordena textualmente a su
tropa: “No disparen un solo tiro sin tener la seguridad de que tiro disparado
es hombre muerto, o fuera de combate, pues contamos con doce cartuchos por
individuo, y casa de agresión, nos veríamos en seguida sin municiones”.


Las fuerzas, así advertidas, se ponen en contacto con las
que encuentran en el pueblo y proceden a retirar la bandera anarquista que
ondea en el sindicato, sustituyéndola por la republicana, que les entrega
tembloroso el maestro de escuela. También ordena el teniente, para inspirar
confianza y tranquilidad, que abran las puertas de las casas y que se anime al
vecindario retraído, acobardado, invitándole amistosamente a circular por las
calles; pues solo viene –es su frase constante- a garantizar el orden. En este ambiente de recelo son detenidos Manuel Quijada
Pino, uno de los que disparaban por la mañana contra el cuartel, y un cuñado
suyo.
Guiados por ambos, se encaminan hacia la choza de un sujeto peligroso al que apodan “Seisdedos” que se resiste a abrir. Se adelanta entonces el guardia de Asalto Martín Díaz y, al tratar de forzar la puerta, es mortalmente herido por dos disparos a boca de jarro, y, una vez en el suelo, los sediciosos lo arrastran hasta la choza en calidad de prisionero». De esta parte hay que llamar la atención que para nada el viejo Seisdedos era peligroso y no había intervenido en los hechos de la mañana. También de como se produce la muerte de Martín Díaz. Luego Tano Ramos establecería en su libro Crónica de una insidia la tesis de que ello se produce porque Manuel Quijada se escapa y ellos van en su captura. Es una de las cuestiones que todavía no están claras de estos sucesos. Personalmente me creo más la versión clásica. A Manuel Quijada le acababan de dar una gran paliza que no le permitiría escaparse fácilmente. En esas circunstancias sería muy difícil escaparse de los disparos de un regimiento de guardias de asalto y de guardias civiles. Por otra parte, si la versión de que Quijada huyó hubiera sido real, posiblemente, Pardo Reina la hubiera utilizado en el juicio en contra de Artal, ya que éste se convirtió en el gran enemigo de Rojas.
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