No recuerdo cual fue mi primera relación con Casas Viejas. Estoy casi seguro que a través de los sucesos. Seguramente cuando, en primero de carrera, comunes de Filosofía y Letras, realicé un trabajo de clase sobre el anarquismo.
Pero que recuerde fue en Madrid. Un par de años más tarde, por 1974-1975, cuando formaba parte de un grupo autónomo y establecimos contactos con los “viejos” de la CNT madrileña. Entre ellos Eduardo de Guzmán. El redactor que, junto a Sender, visitaron la “aldea del crimen” y difundieron los asesinatos cometidos.
A su casa, a merendar, acudíamos unos cuantos que éramos recibidos por Carmen, su compañera, con la pregunta socarrona: “A vosotros, ¿cómo os saludo con ¡Salud! o buenas tardes”. En una gran mesa circular del cuarto de estar presidida por un enorme disco giratorio con cestitas de pan, mantequilla, mermelada, fruta, leche, café y té, a la que, sin pudor, dábamos vueltas y vueltas, pasábamos tardes hablando del pasado, el presente y el futuro de la Confederación, del anarquismo y de unas cuántas cosas más. Entre ellas lo ocurrido en Casas Viejas en enero de 1933.
Quizás fuera resultado de aquellas reuniones un artículo que escribí en 1976 para la revista Historia Internacional. Lo titulé “La represión de Casas Viejas” y tuvo tanta suerte que hasta mi nombre desapareció. Fue atribuido a un tal “José Luis Rodríguez”. Se trataba más bien de un refrito de la bibliografía hasta entonces disponible y las conversaciones con Guzmán.
A partir de entonces, de forma recurrente Casas Viejas estuvo presente en mis conversaciones. Por entonces vivía en Madrid y no eran muy frecuentes mis viajes a Cádiz. Pero en el otoño de 1987 me trasladé a Sevilla. Tres años más tarde, un día de agosto, con amigos de la CNT sevillana, cogimos un coche y nos presentamos en el pueblo. Íbamos a ver la obra que Moncayo había preparado sobre los sucesos. Con muchas dificultades logramos entrar en la Alameda y tuvimos la buena suerte de asistir a un acto catárquico de los que pocas veces se presencia.
Relación pero a distancia y puntual. Todo cambió cuando comencé a investigar la biografía de Miguel Pérez Cordón, el cenetista, periodista y compañero de María Silva Cruz, Libertaria. Todavía estábamos en los últimos años del siglo pasado. La investigación me puso en contacto con la familia Silva Cruz. Primero con Juan Pérez, el hijo de María y Cordón, y su familia. Después con Catalina, la hermana mayor de María que estaba exiliada desde 1939 en Francia, y sus hijos Estrella, Universo y Augusto. Una relación intensa y profunda que sigue hasta hoy.
A partir de ese momento la relación se multiplicó, a través de Paterna, con Casas Viejas. En el transcurso de la investigación ocurrió otro hecho que ha sido determinante para estrechar mi relación. Fue el intento de apertura del que se iba a llamar Hotel La Libertaria. Una llamada de la periodista Eva Díaz Pérez me informó de lo que se quería hacer. Era agosto de 2005. A partir de entonces se sucedió una vorágine de acontecimientos, trabajos, visitas a Casas Viejas, actos, etc. Pero sobre todo he conocido al pueblo a través de unas personas que, en algún caso, se ha convertido en amigo del alma.
Uno de ellos es el administrador de este blog, Salustiano y a su familia. Lo conocí cuando nos afanábamos inútilmente en poner en marcha un “cañón” – para proyectar- en la casa de la Cultura. Ahí apareció, con su altura y cabeza para preguntarnos si teníamos algún problema. No sé si sería septiembre u octubre de 2005. Casi 20 años que dan para otro texto.
Te quiero






