En el Noreste del pueblo aparece la zona del cuartel y de San Agustín. Aquí el predominio de casas de una sola planta y autoconstruidas es aplastante. La antigüedad de las viviendas es considerable y por ello aparecen calles irregulares, callejones sin salida, abundancia de curvas, escasez de cortes transversales entre las calles, entrantes y salientes en la la línea de la calle… Es territorio vikingo. Me explicaré. La mayor parte de lo que hoy es el exiguo término benalupense estaba dentro de la categoría de bienes comunes. En torno a los padrones y las coladas próximas a lo que hoy es el casco antiguo se estableció un tipo de
poblamiento disperso y diseminado cuya prueba fotográfica más antigua es de 1933, pero que es mucho más antigua. No obstante, había territorios que pertenecían a la iglesia como el Monasterio del Cuervo que fue desamortizado en 1836 u otros que pertenecían al duque de Medina Sidonia. En 1932 Sanjurjo intenta parar el pulso modernizador que echó la Segunda República. Le acompañó el duque, por lo cual tuvo que exiliarse a París. En 1935, tras los Sucesos, las tierras de las Torrecillas y el Pedregosillo, aporvechando el exilio en la ciudad del Sena y las buenas perspectivas de Malcocinado fueron susceptibles de repartirselas a 17 colonos en forma de Comunidad de Campesinos. En julio del 36 lo que no hizo realidad ni Sanjurjo, ni el Duque de Medina, ni el Capitán Rojas lo hizo Paco «ranas». Pero en lo que respecta a esta finca, la propiedad
volvió a «su legímitimo» dueño «meinato», la explotación siguió siendo para los «agrarios» en régimen de «amortización y renta». Hasta 1951 en que pasó a los campesinos, previo paso por caja. A los agrarios, aunque les fiaban en las tiendas, se les desarrolló un rictus de solidaridad ante las dificultades que les dura hasta hoy. Yo no me quité de fumar hasta que mi hija se puso farruca y en los años sesenta los Bancalero, Guerrero, Ordóñez, Romero, Casas, Sánchez, Barberán, Cepero, Flor, Dueñas, Castellet, Cabeza, Jordán, Legupín, Cortabarra… decidieron sacrificar su ancestral querencia por el campo por la sanidad y las escuelas de sus hijos, marchándose a Casas Viejas. Allí, mayoritariamente se asentaron la calle de los santos Agustín, Miguel y Bernardo, además de en la prolongación natural del Cañuelo. Esos mismos hijos son a los que luego los de los barrios del centro los llaman los vikingos, porque siempre iban juntos y entendían a su manera el instinto de supervivencia. Muchos del «pueblo» llegaron a sentirse «de mentirijita» rodeados entre ellos y los del Tajo. En estos lares siempre se ha tenido en máxima consideración aquello de que nos amaramos los unos sobre los otros o el más fino sincretismo cultural y social. Va a ser en estos años sesenta donde la trama urbana de estas calles de santos se cierre y se densifique, como resultado del éxodo rural. El 30 de noviembre de 1978,
Don Antonio Dorado Soto concede el viejo cementerio al pueblo y se pasa la quinta cruz al actual (las primeras cuatro siguen siendo en la Alameda). Ello va a servir de eje de expansión urbano hasta la actualidad. Estamos ante uno de los barrios con más personalidad y realengo del pueblo. La gente de la plaza ya no los llama los vikingos, sin embargo, les sigue gustando de ellos que cuando se muere alguno o hace falta echarle una mano a otro, aquella máxima de los mosqueteros que se actualizo en las Torrecillas («todos para uno, uno para todos») sigue estando vigente. Yo solo espero que sea, como los matrimonios de pata negra, para toda la vida y que ni el consumismo de turno o el espejismo del poder los separen.
poblamiento disperso y diseminado cuya prueba fotográfica más antigua es de 1933, pero que es mucho más antigua. No obstante, había territorios que pertenecían a la iglesia como el Monasterio del Cuervo que fue desamortizado en 1836 u otros que pertenecían al duque de Medina Sidonia. En 1932 Sanjurjo intenta parar el pulso modernizador que echó la Segunda República. Le acompañó el duque, por lo cual tuvo que exiliarse a París. En 1935, tras los Sucesos, las tierras de las Torrecillas y el Pedregosillo, aporvechando el exilio en la ciudad del Sena y las buenas perspectivas de Malcocinado fueron susceptibles de repartirselas a 17 colonos en forma de Comunidad de Campesinos. En julio del 36 lo que no hizo realidad ni Sanjurjo, ni el Duque de Medina, ni el Capitán Rojas lo hizo Paco «ranas». Pero en lo que respecta a esta finca, la propiedad
volvió a «su legímitimo» dueño «meinato», la explotación siguió siendo para los «agrarios» en régimen de «amortización y renta». Hasta 1951 en que pasó a los campesinos, previo paso por caja. A los agrarios, aunque les fiaban en las tiendas, se les desarrolló un rictus de solidaridad ante las dificultades que les dura hasta hoy. Yo no me quité de fumar hasta que mi hija se puso farruca y en los años sesenta los Bancalero, Guerrero, Ordóñez, Romero, Casas, Sánchez, Barberán, Cepero, Flor, Dueñas, Castellet, Cabeza, Jordán, Legupín, Cortabarra… decidieron sacrificar su ancestral querencia por el campo por la sanidad y las escuelas de sus hijos, marchándose a Casas Viejas. Allí, mayoritariamente se asentaron la calle de los santos Agustín, Miguel y Bernardo, además de en la prolongación natural del Cañuelo. Esos mismos hijos son a los que luego los de los barrios del centro los llaman los vikingos, porque siempre iban juntos y entendían a su manera el instinto de supervivencia. Muchos del «pueblo» llegaron a sentirse «de mentirijita» rodeados entre ellos y los del Tajo. En estos lares siempre se ha tenido en máxima consideración aquello de que nos amaramos los unos sobre los otros o el más fino sincretismo cultural y social. Va a ser en estos años sesenta donde la trama urbana de estas calles de santos se cierre y se densifique, como resultado del éxodo rural. El 30 de noviembre de 1978,
Don Antonio Dorado Soto concede el viejo cementerio al pueblo y se pasa la quinta cruz al actual (las primeras cuatro siguen siendo en la Alameda). Ello va a servir de eje de expansión urbano hasta la actualidad. Estamos ante uno de los barrios con más personalidad y realengo del pueblo. La gente de la plaza ya no los llama los vikingos, sin embargo, les sigue gustando de ellos que cuando se muere alguno o hace falta echarle una mano a otro, aquella máxima de los mosqueteros que se actualizo en las Torrecillas («todos para uno, uno para todos») sigue estando vigente. Yo solo espero que sea, como los matrimonios de pata negra, para toda la vida y que ni el consumismo de turno o el espejismo del poder los separen. Las fotos son de Campua, no sé y las dos últimas de Mintz. Del 33, del 35 y de principio de los setenta.

