Antes de ayer publicó en la Voz de Cádiz mi amigo el asidonense Ramón Pérez Montero un interesante artículo, en el que cita muy correctamente «los sucesos de Casas Viejas. Crónica de una derrota».
Luego pasa argumentar que para entender los hechos históricos, más que enfocarlos como una sucesión temporal de causas y efectos, hay que tener en cuenta que “la acción de un insignificante granito puede acabar desatando una avalancha… Así, una simple nota manuscrita oculta en el bolsillo de un paria con la orden de proclamar el comunismo libertario, si se dan de modo fortuito determinadas condiciones, desencadena una cascada de comunicaciones que acaban con la dimisión de un presidente del gobierno, la caída de un régimen y el baño de sangre humana que suele ser el precio a pagar en cada uno de estos derrumbamientos de un orden social siempre precario, porque su consistencia depende de miríadas de comunicaciones individuales que eventualmente, y con la participación caprichosa del azar, mantienen al sistema social a un estado crítico global siempre al borde del caos.” Al mismo tiempo que leía el artículo de Ramón estaba preparando para el blog otro de Antonio Castellet Casas (que publique ayer) sobre el cementerio de Montauban y el hecho de que muy cerca reposen los restos de Manuel Azaña y parte de la familia Insua Silva. ¿Se trata de un hecho fortuito y azaroso o se puede explicar con cierta perspectiva histórica?

El 3 de noviembre de 1940 Manuel Azaña murió solo, abandonado, acosado por los franquistas y exiliado en Montauban, en cuyo cementerio descansan sus restos, muy cerca de los de una familia casaviejeña, también con un gran protagonismo en los sucesos de Casas Viejas, que llegó hasta allí huyendo también de la avalancha producida por la Guerra Civil. A Montabuban llegaron primero José Insúa y Catalina Silva, luego sus hermanos y la madre de esta. En el panteón familiar están enterrados Catalina, su marido, un pequeño de cuatro años, su hermano Francisco, María Cruz Jiménez y Rosalía Jiménez Mena.
El hecho de que estas dos tumbas se encuentren en el mismo cementerio de Montauban escenifica una de las tragedias del siglo XX español. Es un capricho de la historia. Evidentemente las dos recogen los restos de perdedores y exiliados de España. La familia de Silva Cruz y Azaña no se conocieron nunca, aunque Catalina decía que lo escuchaba decir atormentado que «los muertos de Casas Viejas me persiguen». Me ha traido a la memoria este hecho cuando se encontraron en la cárcel después de volver de la Guerra Civil Juan Sopas y José Suárez. Dejó escrito Sopas: “Suárez, que había vuelto al pueblo, también fue arrestado, y nos enviaron al juzgado esposados juntos: los dos enemigos mortales; esposados juntos. Pero no enemigos. Le dije: “El enemigo está enfrente nuestro…”. En tiempos de ciegos y confusos desorientados como los que nos encontramos ahora, conviene tener claro dónde está el enemigo.

Parece evidente que la utilización política clarísima que se hizo para derribar a Azaña y su gobierno es una de las claves para entender que los sucesos de Casas Viejas se hicieran tan mediáticos. También es cierto que ello contribuyó a que para casi todo el mundo las víctimas, los verdaderos protagonistas, pasaran a un segundo término. Estamos ante un asunto poliédrico del que su visión depende del ángulo que adoptemos. Es ese intento de manipulación para resolver con el pasado problemas del presente, es esa polémica que genera, es la eterna pregunta de cómo pudo pasar lo de Casas Viejas en el bienio progresista de Azaña, es el papel del poder y del máximo representante de él, Manuel Azaña, en este momento, es toda la leyenda, el mito, la especulación, la tergiversación que inundan los sucesos…, todo eso es lo que los hacen ser un hecho histórico tan complejo, difícil de entender, complicado, confuso, laberíntico y diverso. Y en él, Azaña, muy a su pesar, ha ocupado y ocupa uno de los lugares centrales de los sucesos de Casas Viejas.
En el cementerio de Montaunban, muchos partidarios de la República depositan flores sobre la tumba de Azaña. También, aunque de forma privada, lo hacen los familiares sobre la tumba de esta familia de casaviejeños que reposan sus restos en el mismo cementerio. Este otoño Antonio Castellet Casas y su pareja han visitado las dos tumbas y han depositado flores. Lo recoge en el precioso artículo de ayer. Lo de ellos, como explica en el mismo artículo, no fue un hecho casual, sino buscado, lo de las dos tumbas intuyo que no es incompatible la avalancha imprevisible con la perspectiva histórica. Últimamente en Casas Viejas parece que las cosas han mejorado con respecto a la memoria histórica: se inauguró la plaza Catalina Silva, se va restituir la foto de María Silva cuyo azulejo había perdido el color. Y ayer las alertas de google de Casas Viejas estaban copadas por la película de López del Rio de las dos y por el monolito de la discordia.
Lo cierto es que me apetecía escribir algo sobre las dos tumbas en Montauban, no quería restarle protagonismo a Antonio Castellet, pareciéndome buena idea aprovechar el debate y reflexión que me ha generado el interesantísimo artículo de Ramón Pérez para escribir este post.
