En la fotografía, los componentes de Los niños llorones. De pie, de izquierda a derecha, Antonio Gallardo; Pepe Domínguez, Fogarín; Rafael Cruz; Manolo Meina; Luis Torrijas y Antonio Ordóñez. Abajo, Felipe el Mono; Manolo Sánchez; Manolo Lago y Antonio Capita.

Esta murga es, sin duda, la gran protagonista del libro de Mintz sobre la historia del carnaval benalupense, aunque no la única. Por ello, recogemos el testimonio del antropólogo americano:

Casi todos los once hombres de la murga de Los llorones eran campesinos. Sus disfraces revelaban sus escasos medios. Habían gastado un total de 1500 pesetas en largas chaquetas de color beige hechas de algodón basto y gorras. Como accesorios, tenían chupetes que normalmente empleaban para mantener callados a los niños. La murga utilizaba un bombo y una caja para mantener el paso mientras recorrían el pueblo. Ni guitarras ni otros instrumentos acompañaban las coplas, con excepción de los pitos de caña que los hombres hacían sonar para proporcionar la nota musical al comienzo de cada copla.

En el día de carnaval de febrero de 1966, la murga se reunió en la calle. La mayoría de los hombres vestían simples chaquetas de algodón beige cosidas para la ocasión. Sin embargo, los dos Sánchez Bancalero, «los Monos», padre e hijo, iban vestidos de mujeres y llevaban ropa de segunda mano de las mujeres de su familia. A una señal de Manolo, todos tocaban la nota principal a través del vibrante papel puesto en sus pitos, tomaban una pausa de respiro e iniciaban su copla. Mientras cantaban, empezaron a marchar por el pueblo a paso enérgico, al compás del sonido grave de un bombo y el agudo de una caja. Manolo compuso la canción más mordaz de la murga para referirse al caso de una familia en la que el alcohol había dejado su huella. Se convirtió en el alma del repertorio de Los Llorones, porque casi todos los pobres compartían el dolor de tener que llevar a sus hijos al campo prematuramente: «Es terrible», confesó una mujer, «tener que enviar a tus hijos a trabajar de ese modo. Tengo que despertarlos a las 6:30. Están dormidos y tengo que enviarlos a trabajar. Es terrible».

Esta murga de Llorones
les venimos a cantar,
lo que pasa esta señora
para sus hijos criar;
el padre que es el maestro
se ha empicado en el alcohol,
y lo que gana en un mes
en un día lo tira «to».

Este es mi niño Juanito,
este es el mayor de «tos»,
se me ha quedado dos veces
«arrecío» en el Aguijón.

Este otro es Manolito;
este los calienta a «tos»:
«Nos compras un chupe nuevo
o no vamos al algodón».

Esta otra es Mariquilla,
esta no sirve «pa na»:
«O me compra usted un gorrito
o a la escuela no voy más».

Ay que «ve», esta pobre madre
lo que tiene que pasar,
ni de día ni de noche
la dejan descansar.

Un pavo que yo tenía,
Juanito me lo mató
para chuparle el moco
porque el chupe lo perdió.
Y cuando pierden el chupe
todos empiezan a llorar;
me cogen una canción
que ahora la vais a escuchar:

Ay, mamá, mamá,
ay, mamá, mamá,
o nos compra un chupe
o no vamos más,
o no vamos más a coger algodón.
O nos compras un chupe
o lloramos «tos».

Hay que tener en cuenta que estamos en la etapa de la recolección a mano del algodón y que solo en Las Lomas se necesitaban miles de trabajadores. Era usual el trabajo de los niños recogiendo algodón en estas circunstancias.

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