Cuando estábamos recogiendo fotos para una de las primeras exposiciones de fotografías en el IES, Andrés Mota me abordó en la puerta de la casa de su familia y me dijo que tenía una maravillosa. Desde el primer momento que la ví me quedé prendada de ella. Andrés sabe de estas cosas y yo también. La fotografía es de 30 de julio de 1963. Los benaluenses esperan ansiosos la llegada del gobernador, no todos los días viene a visitarlos, ni a inaugurar unas casas oficiales, ni se le puede pedir que quieren no depender de Medina. La gente llega hasta la Alameda. Si nos detenemos un poco en la fotografía podremos ir viendo detalles que explican porque es tan buena esta ilustración. La fotografía es un retrato preciso de esta sociedad. No hay mujeres. En la sociedad franquista el ámbito público es del hombre, el privado de la mujer. Siempre se ha dicho que en Benalup no había diferencias sociales. El hecho de ser un pueblo tan nuevo, explicaría esa cierta homogenización social, sobre todo, en comparación con los pueblos vecinos de Alcalá, Vejer o Medina. Pero tampoco se puede mantener que aquello parecería la prehistoria cuando la organización en hordas y la inexistencia de la propiedad privada no había dado paso a las clases sociales. En los primeros planos aparece gente tocada con sombrero, chaqueta y corbata. Algunos incluso hacen un corrillo a parte. Luego hay mucha gente que no lleva la cabeza cubierta, aunque dominan las gorras, sobre todo hacia el interior, parece claro que en esa época el sector agrario era el predominante entre la población activa. Pero hay dos formas de cubrirse la cabeza que son totalmete distintas al resto; la del Padre Muriel y los tricornios de la guardia civil. El poder legislativo y el ejecutivo. Esos son los poderes efectivos. No es casualidad que el Padre Muriel sea la avanzadilla del grupo que espera al gobernador. Tampoco lo es que la bandera de España se intuya destras de la pancarta o que en ella no aparezca el apellido de Sidonia. La pancarta es el eje de la fotografía. Ese «saluda al señor gobernador» encierra la pleitesía típica del franquismo, pero ese Benalup sin apellido transmite la rabia y la impotencia del que no está de acuerdo con algo. Y además es consciente de que es muy difícil conseguirlo. La represión agudiza el ingenio y hace que las formas sibilinas sustituyan a las peticiones directas. Tampoco es nada casual el lugar de la fotografía. Es la entrada oficial del pueblo. Escribo oficial porque Benalup era un pueblo con una trama urbana muy abierta y diseminada. Estaba lo que hoy es el casco antiguo, en el que esta plaza constituía la entrada, pero también había población en Paternilla, San Agustín, El Tajo… Todo ellos relacionados con la antiguas coladas y padrones, testigos de una ganadería extensiva y una estructura de la propiedad donde dominaban los bienes comunales. Esta zona, además de puerta de entrada constituía en este momento el eje central del pueblo, hasta la Alameda con la Iglesia a través de la calle San Juán. A la derecha bares y tiendas en la planta de abajo, y uso residencial en la planta de arriba. A la izquierda los equipamientos administrativos; el ayuntamiento, la casa del veterinario, el matadero y la plaza abastos. Al fondo se intuye la taquilla del cine. Me encanta esta foto. Alguna vez, jugando a la bicicleta, me ha dado por compararla con otra que hicieramos en la actualidad en la que el pueblo recibiera al subdelegado del gobierno o al presidente de la Junta de Andalucía, por ejemplo. Habría muchas cosas distintas, pero otras iguales, que no cambian, hasta aumentan. Como dijo Pepe Pareja: «Podamos los miembros, cuando el problema reside en la raíz». Por cierto, si tuviera que apostar lo haría porque José Rodríguez Quirós no era uno de los que esperaba al gobernador el 30 de julio de 1963.

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