Vengo de ver Los girasoles ciegos, una película de José Luís Cuerda, con guión de Rafael Azcona, sobre las
consecuencias de la guerra civil. Se trata de una adaptación de cuentos de Alberto Méndez. Un profesor de instituto republicano, su mujer y un diácono, aspirante a cura, son los tres personajes centrales sobre los que pivota el argumento y pululan otros muchos. La película me ha conmovido. Recuerdo que cuando niño al salir de las películas de karate, la película nos había calado tanto que en la puerta de cine nos dedicábamos a dar patadas y poner posturitas al uso. Hoy he salido con ganas de reafirmarme en que es necesario recuperar nuestra memoria histórica. No creo que se trate solo de encontrar los restos de nuestros antepasados, de cambiar el nombre de las calles o derribar tales monumentos. Eso, para mí, es la superficie. Creo que es más importante que entendamos que en España tenemos un problema con nuestro pasado reciente. Y que para solucionarlo lo primero que tenemos que hacer es ser consciente de su existencia. Recuperar debe ser sinómino de reconocer. El que no sabe o no quiere saber es como el que no ve, dice el refrán y él que no ve está ciego, como los girasoles de la película, añado yo.
consecuencias de la guerra civil. Se trata de una adaptación de cuentos de Alberto Méndez. Un profesor de instituto republicano, su mujer y un diácono, aspirante a cura, son los tres personajes centrales sobre los que pivota el argumento y pululan otros muchos. La película me ha conmovido. Recuerdo que cuando niño al salir de las películas de karate, la película nos había calado tanto que en la puerta de cine nos dedicábamos a dar patadas y poner posturitas al uso. Hoy he salido con ganas de reafirmarme en que es necesario recuperar nuestra memoria histórica. No creo que se trate solo de encontrar los restos de nuestros antepasados, de cambiar el nombre de las calles o derribar tales monumentos. Eso, para mí, es la superficie. Creo que es más importante que entendamos que en España tenemos un problema con nuestro pasado reciente. Y que para solucionarlo lo primero que tenemos que hacer es ser consciente de su existencia. Recuperar debe ser sinómino de reconocer. El que no sabe o no quiere saber es como el que no ve, dice el refrán y él que no ve está ciego, como los girasoles de la película, añado yo.
En la transición nos impusieron que el pasado, pasado está y no convenía reabrir heridas. Aquello de que más olía cuanto más se removía. La docilidad de quien viene de que le quiten su futuro explica a lo mejor que todo el mundo pasara por el aro. A mí me parece necesario que asumamos nuestro pasado doloroso como país, que reconozcamos que los miedos, la opresión y el conformismo obligado de los perdedores de nuestra postguerra marcan todavía algunas de nuestras formas de organizarnos y comportarnos. Todos conocemos familias que las destrozo, como a la de la película, la más triste de todas las Historias. Y aquí, en Casas Viejas, al sur del sur, somos catedráticos en ese tema. Una vez asumido el problema, el conocimiento nos hará más libres. “La libertad no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres (Azaña). La película es dura. A algunos les parecerá escandalosa. Para mí el escándalo lo constituye que setenta años después todavía hagan falta filmes como este. Me viene a la memoria una anécdota que me contaron sobre unos viejos comunistas de Trebujena, los cuales siempre quedaban en el mismo bar y hablaban sobre el mismo tema; la necesidad de imponer el socialismo. Un día, el más mayor le dijo al otro “Yo creo que nosotros ya estamos convencidos, haría falta salir a la calle u otros bares y convencer a otra gente”. Si alguien de los que lee este/vuestro blog la va a ver y sale con la necesidad de aconsejarla a otra gente habré conseguido hacer realidad lo que me prepuse cuando salí del cine. Poner a hacer kárate a los viejos trebujeneros para que cada vez haya menos girasoles ciegos.
