Durante la segunda república el laicismo empezó a apoderarse de la sociedad, a veces de forma tan radical que se convirtió en un anticlericalismo puro. No en vano, el movimiento obrero español de finales del siglo XIX y hasta 1939 está considerado como el más radical de Europa. En ese contexto, se sitúan los asaltos a los conventos o la quema de Iglesias durante la Segunda República. Por cierto, que en Benalup no se quemó la iglesia de Nuestra Señora del Socorro porque parece ser que José Suárez Orellana convenció a los cabecillas radicalizados venidos de Cádiz de que podría hacer mejor servicio como futuro almacén de granos. Tanto en la guerra civil como en el franquismo el estado volvió al pacto trono-altar, del que ambas partes salieron beneficiadas. El primero, porque encontró la legitimación necesaria, la segunda porque volvió a ostentar cotas de poder que ninguna otra institución poseía. La sociedad se sacralizó, la religión lo dominaba todo. Este mundo no solo era un valle de lágrimas en el que no valía la pena protestar por nada, pues la gloria se encontraba en el más allá, además el camino de la vida estaba lleno de cruces. Cuatro concretamente. Para hablar de estas cuatro cruces voy a seguir el libro sobre toponimia y costumbres de la Janda de Marcos Ramos.
Cuando nacíamos nos hacían la primera cruz. Había que hacerlo lo más rápidamente posible. En la sociedad preindustrial la tasa de mortalidad infantil era muy alta. Jerome R. Mintz da el dato de que de los 248 fallecimientos ocurridos entre 1910 y 1916, 117 eran niños de menos de tres años, lo que significaba un 47% del total; de estos, el 22 por ciento murió durante sus seis primeros meses de vida. En el cementerio católico de Casas Viejas los niños no bautizados eran enterrados en tierra sin consagrar, en una zona especialmente destinada para ellos y para los ahorcados, ahí se enterraron también las víctimas de los Sucesos. Dice Mintz en los anarquistas de Casas Viejas que ser enterrado lejos de los otros muertos, bajo una tierra que andaba la gente y sin la posibilidad de gozar del placer en la vida del más allá eran razones más que suficientes para explicar porque la inmensa mayoría del campesinado bautizaba muy pronto a sus hijos. De hecho se extendió la costumbre de que la madre no sacaba al hijo a la calle hasta que no recibiera el santo sacramento. Por su parte, Marco Ramos apostilla: “Era tradición que el bautizo se celebrase al terminar la madre la cuarentena, ese aislamiento sanitario-religioso al que es sometida la mujer después de dar a luz y después de haber oído misa de parida, quedaba ya libre para desplazarse con todas las de la ley. El bebe vestido de rosa las niñas y de azul los niños… Costumbre era también impregnar la coronilla del recién nacido con aguardiente para cerrarle la mollera”.
El bautizo no solo es un acto religioso, donde se impone el simbolismo de purificación e integracion en una comunidad religiosa, sino también el inicio de su socialización. Mediante este acto, el nuevo ser entra formalmente en la sociedad y es reconocido oficialmente por ésta. Fundamentalmente, es una necesidad de aceptación social de la familia la que llevaba a realizar estos actos, además de las motivaciones religiosas. Parece claro, por tanto, que el bautizo responde a un intento de protección con componentes simbólicos y mágicos hacia el recién nacido. En la actualidad, los antropólogos han estudiado que existe una clara relación entre entre el descenso de bautizos y la disminución de la mortalidad infantil. Los avances de la medicina, la secularización de la vida cotidiana, el descenso de la importancia de la figura de los padrinos (en un contexto donde ha aumentado vertiginosamente la esperanza de vida)… son expresiones de las nuevas circunstancias en la que transcurre la vida cotidiana actual. Nos quedan otras tres cruces.