La economía depredadora era propia del paleolítico, donde se consumía, pero no se producía. Luego vino el Neolítico y la economía productiva, donde se consumía y producía al mismo tiempo. En Europa a finales del S XVIII y principios del XIX llega la revolución industrial que deja en un tercer lugar el mundo agrario y pone el consumo en la base de todo. Pero la eliminación de elementos anteriores no es total, siempre quedan resquicios. Este es el caso de las trampas o perchas una práctica más de la economía depredadora. Mintz, en Los anarquistas de Casas Viejas, habla de las trampas a principios del siglo XX de esta forma: “Los cazadores furtivos llevaban a los bosques cestas con más de cien trampas antes del amanecer, a veces con linternas para guiarse en la oscuridad. Las trampas consistían de simples tablas de madera con un muelle de metal. Un palo sostenía la trampa en alto; una hebra arrancada de una hoja de palmera apresaba un gusano para atraer a la presa. Las trampas eran colocadas donde los acebos, espinos y palmeras crecían en abundancia y proporcionaban la espesura que servía de cobijo a los pájaros. Se hacía un hoyo en la arena y se colocaba allí la trampa; entonces se cubría ésta con tierra de manera que sólo asomara el gusano. Como trampa adicional, a veces se anudaban pelos de caballo en hilera en las ramas que se hallaban encima de las trampas. A medida que la aurora iba iluminando los bosques, pequeños reyezuelos, trigueros y pinzones despertaban y comenzaban a inspeccionar los atractivos anzuelos preparados por los hambrientos cazadores furtivos.” Hasta muy finales del siglo XX no se erradicó esta práctica, de hecho era otro elemento de la economía de la mayoría de los jornaleros, que completaba las tareas en la economía productiva en el campo. José Benítez en sus “Cuentos de las lagunetas” refiriéndose a la década de los setenta, nos da cuenta de la comercialización de esos productos, así escribe: “ Permanecía la zapatería de Nicolás Cabaña que tenía una pequeña recova y compraba los pajarillos, espárragos, cabrales, caracoles al peso indicado en la romana o la balanza para la posterior reventa en el exterior”. En la memoria colectiva de la gente están todavía el almacén repleto de pajarillos o los camiones que se dirigían con la mercancía a Jerez, Cádiz o Sevilla. La prohibición legal de esta práctica, nunca ha sido favorecida, junto con los cambios económicos acaecidos han hecho que casi desapareciera. No obstante, todavía hay quien piensa que las prácticas de agricultura intensiva moderna, el crecimiento desmesurado de la urbanización o ciertas actividades terciarias hacen mucho más daño a la naturaleza que las trampas tradicionales. También hay quien tiene reservado el primer puesto de sus preferencias gastronómicas a un guisote de pajaritos. A mí me resulta curioso la normalidad con que mucha gente disfruta ante este manjar, asumiendo su ilegalidad, ante una práctica que ha sido parte de su sustento durante mucho tiempo. Será que uno se acostumbra a todo. Porque como cuenta Mintz en “los anarquistas de Casas Viejas” para finales del siglo XIX: “Si un cazador furtivo era sorprendido por vigilantes o pastores, era expulsado del territorio, perdiendo todas sus trampas y presas. Si se le denunciaba o era descubierto por la guardia civil, el cazador tenía que pagar una multa elevada, así como perder un día entero par air al juzgado de Medina. Pese a los riesgos, la caza furtiva era una arraiga da forma de traer comida o dinero a casa durante las semanas o meses de desempleo”.

Genial esta entrada Salus. Aun recuerdo esas mañanas de invierno que iba con mi padre a poner «perchas» al campo. Echo de menos esos momentos. Cosas del tiempo que transcurre sin tener tiempo y valga la redundancia para mirar atrás.
buenas;
creo que poner las trampas es mas que llevar comida a casa e incluso mas que el guisote; es una ceremonia.
buenas;
creo que poner las trampas es mas que llevar comida a casa e incluso mas que el guisote; es una ceremonia.
Sito.