En la sociedad de antes los roles de la mujer y el hombre estaban perfectamente diferenciados. Había unos colores para las mujeres y otros para los hombres, pero también una forma de hablar, de comportarse o de enfrentarse ante la vida. Para el hombre era el ámbito público, para la mujer el privado. Como decía el refrán el niño miraba al mundo y la niña a la casa. Las tareas del hogar eran un campo exclusivo de la mujer. Ella buscaba leña o carbón, compraba o adquiría los alimentos, cocinaba, planchaba, barría, calentaba el agua, se ocupa de la salud y la educación de los hijos
o del cuidado y mantenimiento de los animales. La tecnología no había llegado aun a la mayoría de las casas benalupenses en los años sesenta y setenta. No había frigrorífico, ni lavavajillas, ni microondas, ni lavadora. La fotografía de hoy parece un bodegón del mundo de la mujer de hace unos años. Francisca Guerrero, vestida de negro, con las manos llenas de espuma, lava la ropa en una tabla de madera (que curiosamente aquí se llama piedra de lavar) que se encuentra en un baño de cinc. Sólo para unos instantes para mirar la cámara del americano, al mismo tiempo que le dedica una tímida sonrisa. Detrás hay otra mujer que sostiene en brazos a su hijo. Al fondo, los casarones con techo de castañuela de la calle San Rafael. En la actualidad la tecnología ha llegado al hogar, aunque mayoritariamente las tareas siguen siendo realizadas por la mujer. Hay muchas lavadoras que lavan, enjuagan, centrifugan y secan con aire caliente. Según un informe elaborado por el instituto Ipsos en febrero de 2009, sólo el 36% de los hombres españoles ponen la lavadora en casa. No hay que tener ningún tipo de estudios de sociología para intuir que en Benalup-Casas Viejas ese porcentaje queda muy grande.
Foto de Mintz
