Como buen hijo único, hombre de calle, ecléctico y moderado aprendió a estar siempre en medio de todos los conflictos que se planteaban. En posición intermedia paso las distintas vicisitudes que se plantearon en la comunidad, desde el régimen colectivo hasta que se dividieron entre los colonos las parcelas. Pero quizá donde tuvo que desarrollar su maestría en el arte de dar espectaculares capotazos fue que se planteó la lucha entre “la madre” Medina y “la hija” Benalup. En un principio viajó en el barco de Benalup, pero cuando las aguas turbulentas lo trasladaron al de Medina se acomodó perfectamente. Lo mismo pasó con la disputa partidista entre UCD y PSOE que se dirimió en esta tierra al principio de la transición. Ni un segundo antes de lo necesario optó por el partido socialista. La misma estrategia utilizó en la fraterna guerra del PSOE medinense, que le llevó a dimitir en la época de Maeztu, pero regresó cuando lo hizo el bando vencedor. En la última etapa de su vida se dedicó a hacer lo que más le gustaba mimar a sus nietos y hacerles favores a sus paisanos, haciendo de intermediario entre su pequeña comunidad y la administración del estado, teniendo que visitar para ello multitud de “altares”. Si había que quitar una multa, gestionar un permiso o conseguir una licencia de apertura Manolito la Rica se ponía a pie de la carretera y alguien conocido lo paraba y lo llevaba donde hiciera falta. No conocía a Pablo Neruda, ni a Alfredo Cuervo pero murió satisfecho, sabiendo que había creado su historia y que sin él la historia de esta tierra hubiera sido distinta. Termino con unos versos de ese poema:
no tener un momento para la gente que te necesita,
no comprender que lo que la vida te da,
también te lo quita.
Queda prohibido no buscar tu felicidad,
no vivir tu vida con una actitud positiva,
no pensar en que podemos ser mejores,
no sentir que sin ti este mundo no sería igual
