Como dice Lucien Febvre, el pasado no es relevante en sí mismo, sino según los problemas que a través de él se quieran resolver. He utilizado varias veces esta cita, pues me parece que es de las más apropiada para explicar la repercusión y la polémica creada por los Sucesos de Casas Viejas que ha llegado hasta la actualidad. Fueron muchas las consecuencias generadas por esta tragedia, una de ellas fue el movimiento de solidaridad y caridad creado en torno a los familiares de las víctimas y en especial los niños. Tragedia y niños tenían unas connotaciones que ninguna fuerza política y mediática estaba dispuesta a pasar por alto. Me propongo realizar cuatro entradas sobre este tema, recogiendo las distintas estrategias y puntos de vista que en aquellos meses del 33 se dieron. En el ABC del 14 de noviembre de 1933, en plena campaña electoral, se puede leer:» La caridad cristiana y la crueldad demagógica. Los demagogos y los predicadores de aquellas teorías, que habian envenenado a sus maridos y a sus padres, los abandonaron, como siempre, en el momento de peligro. Pero en el pueblo vivía un señor, que se llama D. Andrés Vera, que no es maestro laico, no está enrolado en ningún partido político. Es el párroco del pueblo, un modesto cura rural, que sirviendo la doctrina de Cristo, consoló a los afligidos, derramando consuelos en aquellos hogares y recogiendo limosnas para repartir socorros a los desamparados. Ejemplar enseñanza para algunos de esos superhombres, que pretenden ignorar que sólo la doctrina de Cristo hubiera hecho imposible los sucesos de Casas Viejas» Andrés Vera se refugió la mañana del 11 de enero del 33 en la pensión de Montiano, lo que hoy es el pub el Tato. Desde allí contempló los acontecimientos y el tiroteo. Uno de los casquillos de bala que se alojó en un marco de la ventana se lo guardó y posteriormente se lo colgó en el cuello, junto con una cruz. Muchos años después de los Sucesos, cuando esporádicamente venía a Casas Viejas a todo el mundo le enseñaba este casquillo que colgaba sobre su cuello, era, evidentemente, una señal de su victoria.
Como dice Lucien Febvre, el pasado no es relevante en sí mismo, sino según los problemas que a través de él se quieran resolver. He utilizado varias veces esta cita, pues me parece que es de las más apropiada para explicar la repercusión y la polémica creada por los Sucesos de Casas Viejas que ha llegado hasta la actualidad. Fueron muchas las consecuencias generadas por esta tragedia, una de ellas fue el movimiento de solidaridad y caridad creado en torno a los familiares de las víctimas y en especial los niños. Tragedia y niños tenían unas connotaciones que ninguna fuerza política y mediática estaba dispuesta a pasar por alto. Me propongo realizar cuatro entradas sobre este tema, recogiendo las distintas estrategias y puntos de vista que en aquellos meses del 33 se dieron. En el ABC del 14 de noviembre de 1933, en plena campaña electoral, se puede leer:» La caridad cristiana y la crueldad demagógica. Los demagogos y los predicadores de aquellas teorías, que habian envenenado a sus maridos y a sus padres, los abandonaron, como siempre, en el momento de peligro. Pero en el pueblo vivía un señor, que se llama D. Andrés Vera, que no es maestro laico, no está enrolado en ningún partido político. Es el párroco del pueblo, un modesto cura rural, que sirviendo la doctrina de Cristo, consoló a los afligidos, derramando consuelos en aquellos hogares y recogiendo limosnas para repartir socorros a los desamparados. Ejemplar enseñanza para algunos de esos superhombres, que pretenden ignorar que sólo la doctrina de Cristo hubiera hecho imposible los sucesos de Casas Viejas» Andrés Vera se refugió la mañana del 11 de enero del 33 en la pensión de Montiano, lo que hoy es el pub el Tato. Desde allí contempló los acontecimientos y el tiroteo. Uno de los casquillos de bala que se alojó en un marco de la ventana se lo guardó y posteriormente se lo colgó en el cuello, junto con una cruz. Muchos años después de los Sucesos, cuando esporádicamente venía a Casas Viejas a todo el mundo le enseñaba este casquillo que colgaba sobre su cuello, era, evidentemente, una señal de su victoria.