Hasta los años sesenta las actividad básica fue la agricultura y la ganadería, por ello el cortijo, el centro de las explotaciones, tuvo una gran importancia. Los dueños no vivían en los cortijos, lo hacían en las ciudades y puntualmente cursaban visita. En el cortijo vivían el encargado, el vaquero, el porquero, los pastores, los cabreros… Además de los trabajadores ligados al campo, había otros oficios ligados al cortijo como el carpintero de carreta, el herrero, los cocineros… Los cortijos se ponían de acuerdo entre ellos para emplazar una escuela en aquel que tuviera mejor acceso. Los niños iban al colegio en caballos, burros e incluso andando si no estaba muy lejos. Los cortijos son construcciones rurales desarrolladas horizontalmente, donde el valor del suelo no es ningún problema, su rasgo fundamental es la funcionalidad y, por tanto carentes de excesivos adornos arquitectónicos. Contaban con tinajones para el ganado, pajares, silos para el grano, dependencias para los aperos y utensilios del laboreo y casas para el casero, guarda y boyero; algunos tenían, además gañanías para los braceros y vivienda para su dueño. El cortijo es la vivienda típica de la gran propiedad. Se estructura en torno a un patio central, en el que convergen todas las estancias y dependencias como almacenes, casa señorial, caballerizas y casas de guarda. Suelen ser de dos plantas. Otras veces las casas del guarda, del aperador y la gañanía aparecen en estancias aparte. En estas fotografía aparecen miembros de la familia Espina 

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