Me he topado en la revista Parthenón con el pregón de Santo con motivo de las bodas de plata de la Cueva, con el repectivo permiso lo voy a reproducir en este blog.

Aunque lo que pregonamos aquí es el 25 aniversario como discoteca de La Cueva creo que debo empezar este pregón unos 25 años antes, es decir, recordando desde mediados de los años 40 cuando a Paco el del Horno se le ocurrió la genial idea de iniciar una obra que se sabía cuándo empezaba, pero no cuándo ni cómo se terminaría.

Paco el del Horno fue un personaje de los que salen muy de tarde en tarde en un pueblo y, bajo mi punto de vista, con dos virtudes fundamentales: imaginación y cabezonería.

El ser imaginativo, sobre todo en el propio pueblo de uno, desata normalmente las envidias y las iras de los que no lo son que, en venganza por ello, le llaman, por detrás por supuesto, loco o bebedor; la verdad es que el que es imaginativo realmente tiene que hacerse el loco o tomarse unas copas todos los días para no escuchar esos mismos que después disfrutan si la idea fracasa para decirte ufánandose consoladoramente: “¡Ya te lo avisé yo”!. Y, si la idea sale al final bien, te dan palmaditas en la espalda y te sueltan: “¿te acuerdas que estuvimos hablando y te di yo la idea?”

Pues bien, con esa imaginación, con esa cabezonería, con los medios modernos de entonces (pico y pala), con la dirección del Abuelo y con muchos horas de trabajo y sudor, terminó tres o cuatro años después el parto de esta cueva que hoy, cincuenta años más tarde, sigue siendo la admiración de propios y extraños. Y no he dicho lo de parto gratuitamente sino que es que la obra no paró hasta que las piedras rompieron aguas o, si no, Paco seguro que la hubiera hecho conectar con las de la Morita o con las de Argar,… ¡vaya usted a saber!

Una vez construida La Cueva, Paco el del Horno, desde el Coscorrón, que era una especie de recepción a la entrada del Benalup de entonces, ejercía de anfitrión especialemente de los personajes más exóticos y esperpénticos que aparecían por el pueblo. Normalmente llegaba a pie, en bestias o en el moderno Correo que paraba en su puerta, y él los acogía en las habitaciones de su pensión o en la mismísima Cueva.

Así, a finales de los cincuenta y primeros de los sesenta La Cueva y su entorno configuraban un mosaico de personajes propios de la picaresca del siglo de oro, una especie de patio de Monipodio donde te podías encontrar:

Estrafalarios parlanchines trotamundos

con arrieros que pernoctaban con sus recuas de mulos

familias de gitanos incluido el patriarca

con artistas de circo en carromatos de la farsa,

mercachifles de fácil engaño

con maletillas de ganao manso,

refinados sacamuelas de tenazas

con los clásicos sacaduros de navaja,

modernos satres de corte, trajeados

con estrambóticos hippies desastrados,

figurados turistas de poco pelo

con barbudos profetas de menos dinero…

También La Cueva fue la primera escuela de tauromaquia de la provincia donde nuestros Morenito y Manzorro junto a Lorenzo del Olmo, el Malagueño, etc… dibujaban pases de gloria sobre la embestida rodante de un carrillo con cabeza de toro que hoy podemos ver en el logotipo de la discoteca.

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