Astiban estos ojos que no ven tres en un burro, a una pandilla haciéndose con el «gallinero», aquella rara construcción monolítica que nunca estaba desocupada, aquel raro poliedro de piedra (que habitaba la esquina de la alameda pareja a la calle San Juan) de la que nacía una farola. Allí nos encaramábamos los chavales para espíar a las chavalas (o viceversa), calle arriba calle abajo, comentando «que guapa está Fulana», «po anda que Mengana, no está buena ni ná«… Ya no existe tal mole, la destruyeron. Ese espacio tiene por dueño el vacío de los recuerdos.
Atraviesa mi mirada ese quedo vacío del gallinero, como si una jeringa inyectara aire en las venas, treinta metros más allá hasta divisar la plaza del Pijo, cuya fuente no tiene pitorrillo, o si quieren, pijo. Y escuchan mi pasado y mi presente, desde la lejanía, como esa orquesta de gorriones borrachos cantan y cantan, mientras posado en los ficus esperan a que algún viejo del lugar se duerma entrada la tarde, llegada la siesta -para cagarle en la gorra-. Distingo también al niño que apenas alcanzaba a beber en esa fuente sin mojarse la camiseta, al niño que iba a recoger sus primeros paquetes de discoplay a la oficina de correos, que estaba en aquel edificio que fue el ayuntamiento, en cuya segunda planta vivía don Ángel (el tío de los perros), el médico y veterinario de León, el padre de Alvarito. En ese edificio llegó a incrustarse el «correo» de Cádiz que conducía Domingo Torres. En sus paredes pegaban, en época de elecciones, carteles con el careto sonriente de un hombre que terminaba en Borbolla (premio para el inocente). Ahora el edificio es una plazoleta, que para nada pega con la del Pijo -mucho más bonita-, pero que da el pego para que los niños jueguen con el riesgo de que se les vaya el balón a la carretera.
En mi calle San Juan hay varios bares: el de Alfonsito o el Tato, según a quien preguntes, el de Ricardin, que fue del abuelo antes que del padre y cuya barra antiguamente llegaba hasta la confitería de abajo, aunque ahora solo mire hacia la alameda con esa visera que tiene por marquesina; el bar que está a continuación del
pasillo hacia la casa de Andrés Mota, que regentaba Manolo Farañaco; el bar del que fuera Club Deportivo Benalup, el Resbalón de Antonio el de Los Palacios, el bar de los «viejos» que se pasaban horas mirando por el balcón (gargajo va); el de Pepe – que aunque está en la calle Manuel Sánchez, como si estuviera en la calle San Juan-, cuyo piso podías encontrar atestado de virutas y serrín, como si hubiera pasado por allí diez Juan Sánchez. También, el quiosco de «Rebaleta» y dando la vuelta se hallaba la casa de Manolo el Gordo, la tienda de Marente… Se me olvidaba La Peña de Diego, a la que mi abuelo iba muy peripuesto a celebrar los pocos días de fiesta que antiguamente había, y adonde mi abuela mandaba, primero a mi padre y depués a mi primo Fernando, a que se lo trajeran a casa no fuera a pasarse de copitas.
