En Mauthausen, al llegar la Navidad, los nazis daban un nuevo trabajo a un grupo de penados: Colocaban un gran abeto en un extremo del patio central. Le colgaban estrellas, lazos y farolitos con bombillas de todos los colores.
En esa época del año, el árbol era testigo de las interminables formaciones en el patio con los pies enterrados en la nieve, de los malos tratos, las vejaciones y castigos que estos criminales daban a los españoles y demás internos y, además, constituía una tortura psicológica: Recordar otras navidades rodeados de sus seres queridos. Ni la presencia del abeto navideño ablandaba los corazones de los nazis.
El abeto rivalizaba en altura con las columnas de humo que salían del crematorio.
En el libro “Mauthausen. Fin de trayecto” Lope Massaguer cuenta como vivía la Navidad en este campo de concentración nazi. Transcribo el testimonio de este Republicano Español que logró sobrevivir a este genocidio:
“El 24 de diciembre de 1940, extenuado por el trabajo, debilitado por la mezquindad de la comida con el cuerpo y el alma igualmente ateridos, regresaba al campo después de una dura jornada en la cantera”. “Mis ojos estaban medio cerrados por el cansancio, los hombros encorvados y el cuerpo inclinado hacia la tierra, como si sintiera en todo momento que estaba destinado a fundirse pronto con ella”.
“Transcurrieron algunas horas desde que entramos en los barracones hasta que sentí deseos de orinar y salí al exterior. En medio de la oscuridad las luces del árbol navideño, que estaba siendo zarandeado por el viento, brillaban con mayor intensidad. Junto a él las chimeneas del crematorio, que no dejaban su funcionamiento ni de día ni de noche, escupían humo y retorcidas llamas, cuyo aspecto infernal denunciaba su macabro origen”.
“Obsesionados con la idea de nuestra cercana muerte, el cerebro no tenía capacidad para pensar con lucidez y el abeto navideño no despertaba en la mayoría de nosotros ni tan siquiera rechazo. Sin embargo aquella noche fue diferente. Le ví tan frágil como mi propia existencia, balanceándose a capricho del viento, lo mismo que yo me balanceaba a merced del destino”.
“El frío me obligó a regresar al barracón y el sueño llegó hasta mis ojos como un pesado sopor. En Mauthausen se dormía, pero no se descansaba nunca”.

Qué relato más cruel….Se corta la respiración en sólo pensar lo mal que lo pasarían…Un saludo
Gracias mujer desconocida. Gracias, de verdad y feliz año 2010. Que el año nuevo te sea muy prospero y que sigas dejando tu comentario en este blog.