En estos días se habla mucho de la familia tradicional y de la presunta disolución a la que se enfrenta en una sociedad laica con leyes como las del aborto. Yo no voy a tratar ese tema, sino sobre las familias de base ancha tradicionales y sus redes en el campo, que se daban en esta zona antes de la modernización definitiva ocurrida a partir de la década de los sesenta. Había un tipo de explotación agraria muy característica hasta esos años sesenta y que se ha perdido casi en su totalidad en la actualidad. Se trata de los cortijos de pequeñas y medinas explotacioes, que sobre todo, en la sierra eran muy abundantes, es lo que Agustín Coca llama los ranchos. Es conocido que cuando las circunstancias son adversas y los problemas ingentes la ayuda de la familia y de los amigos se hace imprescindible. En el campo antes de los sesenta las carencias eran muchas y los recursos propios escasos, en esas circunstancias la colaboración inter e intra familiar tomaron tal grado de amplitud cuantitativa y cualitativa que se convirtieron en uno de los elementos de la producción agraria. Esas ayudas mutuas se conocían con el nombre de “tornapeón” y eran prácticas generalizadas en el mundo de la pequeña propiedad. Dice Agustín Coca en su libro Los Camperos: “La figura del tornapeón se empleaba fundamentalmente en las actividades asociadas con los trabajos de ara y de era. En primer lugar, se recurría a los familiares vecinos. En los pagos donde se situaban los rancheros, existían familias extensas que propiciaban esa ayuda mutua no salarizable e imprescindible para hacer rentables las explotaciones. Ser parientes, llevaba aparejado mantener lazos afectivos de mayor calado, dando una solidez mayor a estas relaciones. La cooperación se incrementa no sólo en estas tareas agrarias, sino también cuando vinieran temporadas en que la solidaridad del grupo comportara una más cerrada y estrecha colaboración…Las relaciones de parentesco implican una estrecha ayuda, por lo que la endogamia del grupo, suponía estrechar los lazos de los vecinos y a la larga, la gran mayoría eran parientes entre sí. (Como ejemplo valga la familia Mateo). La vecindad era otro criterio que generaba vínculos de solidaridad y ayuda mutua entre estos pequeños propietarios. Durante el año, las prácticas que reforzaban los lazos entre vecinos y familiares, se concretaba en distintas acciones –prestamos de caballerías, donación de presentes tras la matanza, etc y rituales festivos que se organizaban tras la recolección. Las buenas relaciones interpersonales entre estos grupos domésticos eran fundamentales para poder llevar a cabo estas ayudas mutuas, que por otra parte eran indispensable para la buena marcha de la explotación, al ahorrar unos jornales importantísimos para el mantenimiento y reproducción de estos grupos domésticos siempre dependientes de los avatares climatológicos y de unas condiciones en las que asumían los principales costos de producción”.
Foto Mintz

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