La Sauceda, Jimena, Ronda, Málaga, Cartagena, Barcelona, Gerona y Figueras fueron las etapas de un viaje sin retorno. Siempre perseguida, entre bombardeos y dejando atrás a amigos y vecinos y encontrando a otros nuevos. Como al militante cenetista gallego Agustín Buján. Fue en Barcelona y se unieron. Una unión que duraría casi sesenta años y de la que nacerían cuatro retoños. En su vientre llevaba el primero de ellos cuando una fría tarde del invierno de 1939 cruzaba la frontera. Una más de esos diablos revolucionarios españoles de los que se decía se comían a los curas crudos y no respetaban propiedad alguna.Como tales los trataron las autoridades francesas. Los internaron en campos, que decían de acogida, vigilados por tropas coloniales. Los hombres a un lado, las mujeres y niños a otros. A menudo, cada uno en un lugar distinto. Catalina fue internada en un castillo junto a otros cientos de mujeres españolas. De allí fue trasladada a un hospital para parir a su hijo José. Recuperándose encontró la posibilidad de comunicar a su familia en España que continuaba viva. El papel, sobre y sello que le dejó una monja para que le comunicara que había bautizado al niño tuvo mejor fin.
Siempre acompañada por la soledad. Su compañero no estaba cerca, trabajaba en un campo por Burdeos y había cambiado su nombre. Ni él, ni Catalina, a la que las leyes le harían perder su apellido, ni sus hijos tendrían su apellido en España: Agustín Buján Vilas había dejado de existir en la frontera. Ahora era José Insúa y su compañera madame Insúa. Poco queridos, con la amenaza de la deportación a la España franquista siempre presente, sin apenas recursos la vida era difícil y aún podía serlo más. En junio de 1940 Hitler pudo pasearse por París. El viejo sueño del imperio alemán dominando a los restantes decadentes pueblos europeos parecía que se iba a cumplir.
El libro la memoria muda es una curiosa historia, pues cuenta la vida de Catalina Silva sin que Miguel Sen la conociera, es aquello de que la realidad supera a la ficción.
