Ya hemos visto otras veces que los Sucesos de Casas Viejas se han convertido en uno de los símbolos de la lucha de los jornaleros andaluces. “Si los mártires de Chicago originaron el 1º de Mayo, los mártires de Casas Viejas tienen que representar el día de nuestra clase obrera. Por todo ello, para todos los andaluces de conciencia, en particular para los soberanistas y anticapitalistas, el 11 de Enero debe ser y es el Día de los trabajadores andaluces». Va a ser Blas Infante que ya había escrito aquello de, “Yo tengo clavada en la conciencia desde la infancia la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo” uno de los primeros que sitúe estos Sucesos como uno de los símbolos de la lucha de los jornaleros por su dignidad. En Coría del Río, en la que fue la casa de la Alegría que se construyó Blas Infante se sitúa en la actualidad el Museo de la Autonomía Andaluza. En un rincón del jardín aparece una de las joyas de la corona del museo; el rosal de Seisdedos. Conocemos la historia de este rosal a través de tres fuentes; la propia carta que escribe Blas Infante a la Junta Liberalista, la crónica del medico libertario Pedro Vallina, amigo personal y los testimonios de su familia. «Al día siguiente de ocurrir la masacre de Casas Viejas -cuenta Luisa- mi padre fue allí. Aquí vino alguien, representante del Gobierno, o de algún organismo, según nos decía mi madre, y creo que le dijo a mi padre: Usted, que es un hombre imparcial, venga a ver lo que ha pasado en Casas Viejas.” Y fue mi padre a Casas Viejas. Y de allí se trajo una pata, quemada, de la cama de Seisdedos, y un plantón, que lo cogió de la misma choza, del corral, donde estaban los cadáveres calcinados». Según cuenta el padre de la patria andaluza: “Y fue allí, en Benalup, cuando yo tenía desgarrada la sensibilidad, por todos los dolores y encendida el alma por todas las indignaciones que laceraban y conmovían al genio andaluz, otra vez humillado, ensangrentado e intentando asesinar en los hermanos de mi pueblo jornalero; cuando uno de los condenados a la matanza, a quien el milagro salvó, mi amigo, el jornalero Barberá, tuvo un gesto de elegancia suprema, viniendo a arrancar y a depositar en mis manos, el consuelo de un rosal, cubierto de barro sangriento, plantado en el arriate, junto al quicio de la casa de Seisdedos, ennegrecida por las llamas. Aquel rosal, sobre cuyo tallo habíanse derrumbado los cuerpos de nuestros hermanos, fusilados en la corraleta que se abría delante de la pobre choza; era el único ser vivo, ya muriente, que los vandálicos matadores, dejaron en aquel lugar”.
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