No hace mucho un semanario lisboeta (del que por cierto no hemos vuelto a tener noticias) vino a Benalup-Casas Viejas a hacer un reportaje del pueblo “con la tasa más paro de España”. El País y The Guardian habian contribuido a difundir el mito y la leyenda. Se pusieron en contacto conmigo y me entrevistaron. Yo les relativice el dato. Sí teníamos una alta tasa de paro, sí es un gran problema, no somos el pueblo con la tasa más alta, el hecho de que nadie dé el dato de la población activa real que existe crea confusión y  ese ambiente es muy propicio para la propagación de mitos y leyendas. Lo que más les extrañaba a los periodistas lusos es que con tasas cercanas al 40% de paro hubiera un conformismo social como el que habían observado, como no había saltado la olla presión por los aires, como se podía desarrollar la vida cotidiana con normalidad. Yo les contesté que eso formaba parte de la idiosincracia de este pueblo, que evidentemente tenía una explicación histórica y que tenía aspectos negativos y positivos.
El problema agrario (una radicalizada estructura de la propiedad genera poco crecimiento económico y una gran base social en torno a los jornaleros que viven en pésimas condiciones de vida y crean inestablidad social y política), la periferia del centro desarrollado europeo, unos mayores índices de desigualdades sociales y económicas o un menor grado de alfabetización ha generado una forma de vivir que se ha convertido en un tópico. De nuevo recurro a José Antonio Sau: “El flanco más débil, el que recibe más golpes, es sin duda nuestro acento, que difiere dialectalmente incluso entre pueblos cercanos, pero que, de cara al resto de España, nos identifica como comunidad: es nuestra imagen de marca. Curiosamente, lo universal de esta región, la simpatía de sus gentes, lo agradable del clima, el gracejo inherente al hijo de Tartessos sólo se cuenta en los mensajes institucionales de la Junta: «Andalucía, imparable».
¿Por qué lo andaluz sigue siendo blanco inmisericorde de golpes salidos desde determinados grupos políticos? ¿Se nos sigue reconociendo por la vagancia, por el fatalismo ante la vida, por la sacralización de nuestras costumbres?”
. Esa forma de hablar que nos crea inseguridades y complejos, (el que suscribe una vez pidió una “media osena oscos”), el que suscribe se le enciende la sangre cuando nos acusan de flojos aquellos como los alemanes o catalanes que han sido testigos de cómo hemos contribuido con nuestros emigrantes a su desarrollo, el que suscribe considera el fatalismo como una de las mayores cargas y taras que tenemos que soportar. Y por último el que suscribe no le parece mal la sacralización de la Semana Santa como la del Carnaval, su antónimo, complementario y antídoto. Además hay otros valores intrínsicos a este menor desarrollo económico y a ese mayor contacto histórico con otros pueblos (recordar aquello de que Casas Viejas es un pueblo de idas y llegadas) que nos pueden venir como anillo al dedo en estos de crisis, por tanto de cambio, en los que vivimos. Me lo ha recordado un amigo que me envío un correo con el enlace de este artículo de Concha Caballero publicado en El País. Tiene Concha la misma percepción del pueblo andaluz que Mintz. Ambos destacan su ironía y sentido del humor como arma para superar las dificultades o la solidaridad como forma de relacionarse. Sin ellas es imposible entender nuestra forma de enfrentarnos a la vida.

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