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| Amelia Espiau reparte caramelos en las Gargantillas. Foto Francisco Segovia |
Era el ventorrillo el
mentidero de la sierra, allí llegaban y de allí salían las noticias de todos
los sucesos, tanto los del lugar, por insignificantes que los mismos fueran,
como los del mundo exterior; más ahora que, metido a recovero, Blas se movía de
aquí para allá y sin pretenderlo, dado su carácter, hacía a gusto el papel de
noticiero.
mentidero de la sierra, allí llegaban y de allí salían las noticias de todos
los sucesos, tanto los del lugar, por insignificantes que los mismos fueran,
como los del mundo exterior; más ahora que, metido a recovero, Blas se movía de
aquí para allá y sin pretenderlo, dado su carácter, hacía a gusto el papel de
noticiero.
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| Las Gargantillas. Foto Francisco Segovia |
Así que Chano no tuvo necesidad
de acercarse al ventorrillo para enterarse de la vida y andanzas del ermitaño
tal como le había pedido Joaquín, su señorito. El martes, a media mañana, haciendo
la recova, Blas vino a Las Aguadillas. Blas y Chano, guardaban una vieja
amistad. Con frecuencia, Chano acudía, a caballo, hasta al ventorrillo para “echarse”
unas copitas con su amigo Blas, y lo mismo se podía decir de Blas. Pasados unos
días, echando a faltar a Chano, aparejando a Coronela se escapaba hasta a Las
Aguadillas sin motivo real que justificase su ausencia del negocio. Eso le decía
Pepa, su mujer, cuando le preguntaba viéndolo marchar. Dedicado a la recova, ahora Blas no tenía necesidad de inventarse ningún tipo de pretexto.
de acercarse al ventorrillo para enterarse de la vida y andanzas del ermitaño
tal como le había pedido Joaquín, su señorito. El martes, a media mañana, haciendo
la recova, Blas vino a Las Aguadillas. Blas y Chano, guardaban una vieja
amistad. Con frecuencia, Chano acudía, a caballo, hasta al ventorrillo para “echarse”
unas copitas con su amigo Blas, y lo mismo se podía decir de Blas. Pasados unos
días, echando a faltar a Chano, aparejando a Coronela se escapaba hasta a Las
Aguadillas sin motivo real que justificase su ausencia del negocio. Eso le decía
Pepa, su mujer, cuando le preguntaba viéndolo marchar. Dedicado a la recova, ahora Blas no tenía necesidad de inventarse ningún tipo de pretexto.
Aquella mañana, en Las
Aguadillas, los dos amigos se enzarzaron en una larga conversación. El tiempo
pasaba como si nada. Blas, de un tiempo para acá maniático de la hora, de vez
en cuando sacaba su reloj del bolsillo y levantando la tapa miraba la hora quejándose
de lo tarde que se hacía. Seguidamente, y antes de guardarlo, aun no había
perdido la costumbre, verificaba la hora
mirando la altura del sol, método que hasta ahora nunca le había fallado.
Aguadillas, los dos amigos se enzarzaron en una larga conversación. El tiempo
pasaba como si nada. Blas, de un tiempo para acá maniático de la hora, de vez
en cuando sacaba su reloj del bolsillo y levantando la tapa miraba la hora quejándose
de lo tarde que se hacía. Seguidamente, y antes de guardarlo, aun no había
perdido la costumbre, verificaba la hora
mirando la altura del sol, método que hasta ahora nunca le había fallado.
Habrá que irse, dijo una vez
más aquel día. Pero la charla, interrumpida por un instante, continuaba igual
de animada y el tiempo iba pasando inexorable sin que Blas hiciese el menor
ademán de marchar. Y no era por presumir de reloj y los muchos duros que decía le
había costado por lo que lo lucia orgulloso cuando lo sacaba para mirar la hora;
era más bien la ilusión de un niño, un capricho que hasta hacia poco no se
había podido permitir y que ahora le colmaba de satisfacción.
más aquel día. Pero la charla, interrumpida por un instante, continuaba igual
de animada y el tiempo iba pasando inexorable sin que Blas hiciese el menor
ademán de marchar. Y no era por presumir de reloj y los muchos duros que decía le
había costado por lo que lo lucia orgulloso cuando lo sacaba para mirar la hora;
era más bien la ilusión de un niño, un capricho que hasta hacia poco no se
había podido permitir y que ahora le colmaba de satisfacción.
– No lo mires tanto, hombre,
que prisa hay, ya sabemos que es de Gibraltar y de los buenos, le dijo Chano.
Era la cuarta vez que Blas lo sacaba de su chaleco aquella mañana y Chano le alabó
el reloj evitando echarle en cara lo que le había dicho en otra ocasión “total
para lo que te sirve podías haberte ahorrado lo que costó”. Fue una broma de
amigos que a Blas le sentó mal ese día.
que prisa hay, ya sabemos que es de Gibraltar y de los buenos, le dijo Chano.
Era la cuarta vez que Blas lo sacaba de su chaleco aquella mañana y Chano le alabó
el reloj evitando echarle en cara lo que le había dicho en otra ocasión “total
para lo que te sirve podías haberte ahorrado lo que costó”. Fue una broma de
amigos que a Blas le sentó mal ese día.
Esta vez, aunque lo tuvo en
la punta de la lengua, Chano se contuvo pasando a contar la excursión al
convento que hicieron con Joaquín Loperena, su señorito, el cuñado y los amigos
de Madrid. Incluso se reía recordando los divertidos disparates de aquel día en
la que Joaquín y los madrileños recitaban los romances de la huida de D.
Rodrigo tras su derrota en la batalla de la Janda. El rey se escapó a caballo,
rio arriba, por el Celemín, eso afirmaba Joaquín. Y no solo eso, también que,
al llegar al Cuervo, se enterró vivo metiéndose dentro de una tumba excavada en
la roca llena de culebras. “Ya me comen,
ya me comen / por do más pecado había” le explicaba D. Rodrigo a un
ermitaño que lo consolaba mientras las bichas se lo comían vivo.
la punta de la lengua, Chano se contuvo pasando a contar la excursión al
convento que hicieron con Joaquín Loperena, su señorito, el cuñado y los amigos
de Madrid. Incluso se reía recordando los divertidos disparates de aquel día en
la que Joaquín y los madrileños recitaban los romances de la huida de D.
Rodrigo tras su derrota en la batalla de la Janda. El rey se escapó a caballo,
rio arriba, por el Celemín, eso afirmaba Joaquín. Y no solo eso, también que,
al llegar al Cuervo, se enterró vivo metiéndose dentro de una tumba excavada en
la roca llena de culebras. “Ya me comen,
ya me comen / por do más pecado había” le explicaba D. Rodrigo a un
ermitaño que lo consolaba mientras las bichas se lo comían vivo.
Fue luego, bajando del
convento para recoger los caballos y marcharnos, cuando nos cruzamos con el Hno.
Antonio. Entonces Joaquín se puso blanco como la pared, debió reconocerlo a pesar
de las barbas y el hábito que vestía, o algo debe sospechar cuando me pidió
averígüese que vino hacer aquí.
convento para recoger los caballos y marcharnos, cuando nos cruzamos con el Hno.
Antonio. Entonces Joaquín se puso blanco como la pared, debió reconocerlo a pesar
de las barbas y el hábito que vestía, o algo debe sospechar cuando me pidió
averígüese que vino hacer aquí.
-Ya sabía yo de la excursión,
dijo Blas, lo que no sabía es lo de que el rey D. Rodrigo huyese a caballo hasta
el Cuervo.
dijo Blas, lo que no sabía es lo de que el rey D. Rodrigo huyese a caballo hasta
el Cuervo.
– Bueno eso no lo digo yo,
ni tampoco lo decían los madrileños, ni siquiera el cuñado. Son las cosas de
Joaquín, una idea que tiene metida en la cabeza desde que estudiaba en el
colegio. Vete tú a saber si no será verdad. Al final, nadie de aquella gente, que
sabía de memoria los romances, se atrevía a llevarle la contraria. Respondió
Chano
ni tampoco lo decían los madrileños, ni siquiera el cuñado. Son las cosas de
Joaquín, una idea que tiene metida en la cabeza desde que estudiaba en el
colegio. Vete tú a saber si no será verdad. Al final, nadie de aquella gente, que
sabía de memoria los romances, se atrevía a llevarle la contraria. Respondió
Chano
En este momento Blas, interesado
en esta nueva historia no escuchaba a Chano.
en esta nueva historia no escuchaba a Chano.
– De la excursión al Cuervo,
Juan Quijano me dijo que os vio esa tarde, cuando volvíais al cortijo, ¡como
para no veros!, ibais lo menos seis a caballo, pero esto de D. Rodrigo no lo
tenía oído. ¿Y eso de pedirle confesión a un ermitaño antes de morir? Que me
dijiste le respondió al rey “¿Confesar
confesarete / que perdonar no podría?” ¡Qué disparate!, bueno, no tanto, al
fin y al cabo aquel hombre no era cura. Debe ser una historia bonita, ya me
gustaría conocerla. Mira, avísale a tu señorito cuando venga y os acercáis a
comer al ventorrillo, como la otra vez cuando Joaquín contó la historia de los tesoros
de los dólmenes; ese día bien que se lo pasó con nosotros. Dile que invito yo y
a ver si en esta ocasión nos cuenta la muerte de D. Rodrigo.
Juan Quijano me dijo que os vio esa tarde, cuando volvíais al cortijo, ¡como
para no veros!, ibais lo menos seis a caballo, pero esto de D. Rodrigo no lo
tenía oído. ¿Y eso de pedirle confesión a un ermitaño antes de morir? Que me
dijiste le respondió al rey “¿Confesar
confesarete / que perdonar no podría?” ¡Qué disparate!, bueno, no tanto, al
fin y al cabo aquel hombre no era cura. Debe ser una historia bonita, ya me
gustaría conocerla. Mira, avísale a tu señorito cuando venga y os acercáis a
comer al ventorrillo, como la otra vez cuando Joaquín contó la historia de los tesoros
de los dólmenes; ese día bien que se lo pasó con nosotros. Dile que invito yo y
a ver si en esta ocasión nos cuenta la muerte de D. Rodrigo.
-Y qué dice Quijano del
ermitaño que ahora tenemos en El Cuervo. Preguntó, sin más, Chano.
ermitaño que ahora tenemos en El Cuervo. Preguntó, sin más, Chano.
– Pues que va a decir, lo
que todos sabemos. Van ya tres meses que anda por aquí. Cada dos semanas, el
sábado, marcha a la aldea, duerme en casa de las señoras y el domingo va a misa
y regresa de tarde con las alforjas llenas. Lo último que se sabe es que vino
de la parte de Córdoba, de las ermitas, eso comentó el otro día Lolo, el criado
de la casa. De allí vino el ermitaño.
que todos sabemos. Van ya tres meses que anda por aquí. Cada dos semanas, el
sábado, marcha a la aldea, duerme en casa de las señoras y el domingo va a misa
y regresa de tarde con las alforjas llenas. Lo último que se sabe es que vino
de la parte de Córdoba, de las ermitas, eso comentó el otro día Lolo, el criado
de la casa. De allí vino el ermitaño.
Tras una breve pausa, en
tanto sacaba la petaca y ofrecía tabaco a Chano, con el pensamiento puesto en
la historia de la muerte de D. Rodrigo, prosiguió Blas aquella conversación:
tanto sacaba la petaca y ofrecía tabaco a Chano, con el pensamiento puesto en
la historia de la muerte de D. Rodrigo, prosiguió Blas aquella conversación:
– El resto es un misterio,
poco más se sabe. La gente anda desconfiada y no es para menos. Hoy lo ven aquí
y mañana en la otra punta: “buscando hierbas curativas” dice cuando le
preguntan y de eso sabe, pero… ¿para quién las busca? me pregunto yo. Juan Quijano,
que lo trata, dice lo vio con llagas en las manos; un bendito, eso dice, como esos
santos de antes que apenas comían. Pero Quijano, ya sabes, no tiene maldad. Andrés,
el de Valleverde, cuando le pregunté me dijo ¡las cosas de Quijano! Esas llagas
son de la espiocha.
poco más se sabe. La gente anda desconfiada y no es para menos. Hoy lo ven aquí
y mañana en la otra punta: “buscando hierbas curativas” dice cuando le
preguntan y de eso sabe, pero… ¿para quién las busca? me pregunto yo. Juan Quijano,
que lo trata, dice lo vio con llagas en las manos; un bendito, eso dice, como esos
santos de antes que apenas comían. Pero Quijano, ya sabes, no tiene maldad. Andrés,
el de Valleverde, cuando le pregunté me dijo ¡las cosas de Quijano! Esas llagas
son de la espiocha.
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| El tio Coronil fue un emerita laico, el último que vivió en el Monasterio y conoció al hermano Antonio |
– Y de Eloy ¿sabes algo?
-Hace dos semanas, en el
ventorrillo, camino de San Roque, me advirtió; andate con cuidado con lo del
tabaco no vaya a resultar que este hombre sea un confidente, me dijo. Ya ves, cada
uno opina diferente pero nadie cree que vino aquí a sus rezos y penitencias;
eso solo lo cree Quijanito.
ventorrillo, camino de San Roque, me advirtió; andate con cuidado con lo del
tabaco no vaya a resultar que este hombre sea un confidente, me dijo. Ya ves, cada
uno opina diferente pero nadie cree que vino aquí a sus rezos y penitencias;
eso solo lo cree Quijanito.
– Y entonces ¿Para qué ha venido? Qué piensas
tu Blas. Preguntó Chano.
tu Blas. Preguntó Chano.
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| Visita de los concejales de Medina y cargos de Diputación al monasterio para intentar rescatar el tesoro cultural y natural que atesora. Se quedó en el intento. |
– Para mí que eso de recoger
piedras, limpiar de maleza los patios y rezar en medio de las ruinas del
convento es una tapadera, igualmente podía hacerlo donde vivía, seguro que por allá
hay conventos abandonados. Entre tú y yo este hombre vino a buscar los tesoros
de los moros.
piedras, limpiar de maleza los patios y rezar en medio de las ruinas del
convento es una tapadera, igualmente podía hacerlo donde vivía, seguro que por allá
hay conventos abandonados. Entre tú y yo este hombre vino a buscar los tesoros
de los moros.






