Como hemos visto en las entradas anteriores Juan Moreno decide irse de Casas Viejas ante el ambiente asfixiante tras los sucesos y se incorpora al regimiento de Infantería de Valencia en 1933. Allí continuó hasta que en julio de 1936 “saltó” la Guerra Civil y se enroló con las tropas republicanas.

Este post trata sobre la etapa de la Guerra Civil en la vida de Juan Moreno. Tiene doble importancia. Por un lado, esta fase es básica para el desenlace de la historia que estamos contando. Por otro, contamos, gracias a Mintz, con abundantes testimonios de Juan Moreno sobre ella, lo que no sólo nos permite conocer lo que él pensaba, sino también aspectos interesantes de esta guerra. 




Estuvo en el frente de Aragón. En este enlace se puede escuchar lo que pensaba Juan Moreno Vidal sobre las causas de la guerra.  En la guerra civil todo no fueron batallas, ni muertos. Juan Moreno deja claras sus ideas en este testimonio. Así se lo cuenta a Mintz:
Me asustaba matar a alguien. Lo odiaba, porque todos éramos españoles, Disparábamos a todos nuestros hermanos, y los hermanos se mataban entre sí. Podía matar a alguien sin saber si era mi hermano al que mataba… Estábamos en las trincheras y, como hablábamos de noche, sabíamos que era españoles, y dijero: «Pues, mira, ¡no vamos a disparar más» Y no disparamos más. Ellos estaban en trincheras, nosotros estábamos en otras y nos disparábamos… Intercambiábamos tabaco y papel. Frecuentemente bajábamos seis o siete de nosotros. A veces, llegábamos a bajar hasta cuarenta»
Estuvo en el frente de Aragón, al mando de un carro de combate, llegó a ser Teniente de Infantería de su regimiento. También se lo cuenta a Mintz: 

Cuando abandoné la escuela de entrenamiento (en Valencia), me trasladaron a los  carros de combate. Cuando tomamos Teruel, estaba en uno de ellos. Antes de entrar en Teruel, tuvimos que cruzar un puente llamado el Puente del Viaducto, porque había un arco. Allí había un estanco, y uno de ellos se dirigió a él. Le dispararon desde el seminario de Teruel y lo mataron. Avanzamos y tuvimos que pasar por encima del hombre muerto con nuestros carros. Yo estaba muy asustado, porque teníamos que cruzar el puente, y tenía miedo de que estuviera minado. Otro tanque estaba frente a nosotros y, cuando llegué al otro lado, sentí un gran alivio de que el peligro había pasado. Entonces entramos en Teruel. Nos dispararon a los carros con rifles. Sentimos las balas en el blindaje del carro, pero no causaron ningún daño. Disparamos a las ventanas con nuestro cañón y se acabó todo…


Estuvo ocho años fuera de casa. En este enlace se puede ver las consecuencias. Pero lo peor fue el final de la guerra como se lo cuenta a Mintz: 

Al final de la guerra nos aislaron y no pude escapar a Francia. Estuve doce meses en prisión esperando juicio y, luego, serví trece meses más. En el juicio me sentenciaron a doce años y un día. En nuestra celda habían dieciocho hombres. La celda tenía 3,5 m de largo por 1,5 m. de ancho. No habían camas, por lo que dormíamos en el suelo. Durante el día, permanecíamos sentados, porque no había espacio suficiente para pasear. Para comer, teníamos lentejas a mediodía y lentejas por la noche. Cada día salíamos una hora a hacer ejercicio. 
Pasábamos el tiempo sentados, charlando todo el día. No hablábamos de nada, porque teníamos hambre y, en realidad, no nos paetecía hablar. Hablábamos muy poco, porque éramos muchos y no nos conocíamos. No nos fiábamos uno del otro. Eran habitaciones pequeñas con muchas puertas. Tras cada puerta había dieciséis o diecisiete hombres. Sacaba a uno o dos de aquí, de detrás de una puerta, luego abrían otra puerta y cogían a otro. Cogían a quién querían. Desde Castellón podíamos oír la descarga de armas. Los fusilaban cerca de Castellón. Los hombres a los que mataban eran políticos o habían sido acusados de algo, o habían incendiado conventos, intervenido en tiroteos, o habían sido denunciados en su pueblo. Tenían algo contra ellos. Algunos fueron fusilados, y todos tenían miedo de eso. Algunos preferían suicidarse antes de ser fusilados. El individuo que dormía junto a mí se cortó las venas antes de que pudieran matarlo. Todos estaban muy asustados. A mí me liberaron pronto, porque los decretos de Franco me protegían. Me dieron libertad provisional. Recuerdo el día en que me liberaron… Cuando volví aquí, esto estaba mal, mal, mal, muy mal. Pensé e mis amigos, en mis compañeros que quedaban en prisión. Acostumbraba a meditar en lo que podía haber o no ocurrido, y eso me daba vueltas a la cabeza”.  


Se había ido en 1933 y volvía en 1941 ocho años fuera de su casa, alternando con algunos permisos. 

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