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| Foto Jerome Mintz |
Cada vez tengo más claro que Mintz era una persona muy humilde y generosa, lo indica esa curiosidad faraónica que demuestra. Escribe y recoge todo lo que le cuentan. Algunas cosas las utilizará posteriormente en sus libros o trabajos finales y la mayoría no. Pero como las dejó clasificadas en el museo Smithsonian han llegado ahora hasta nosotros.
Este es el caso de la nota que realiza en mayo de 1971. Juan Pinto le habla sobre Manuel Coronil, refiriéndose a él como el viejo. De su relato se desprende la profunda actividad que tuvo el maquis en esta zona en los años cuarenta y la forma solitaria, anacoreta y ermitaña que tiene de vivir.
«Pinto 19 mayo 1971
Los rojos cogieron a él (el pastor del convento, el tío Coronil) se lo llevaron más arriba del convento y le dijeron que tenia que entregarle el que dinero que tuviera. El Viejo le contesto que no tenia dinero. Y le dicen los rojos: pues como no nos entregue cuarenta mil pesetas lo vamos a matar. Y le dijo el Viejo: pues podéis hacer lo que queráis que yo no tengo dinero. Una vez que había convencido a los rojos de que no tenia dinero, le dijeron: Pues coge usted este cubo y va y saca leche a las cabras y nos la trae aquí. Y así hizo el Viejo y ya no lo molestaron más.
Yo le decía al Viejo ¿Cuántas cabras tienes? Mi dijo que ciento setenta y seis y le dije a lo mejor usted vive ciento setenta y seis años. Un año por cabra que usted tiene. El dice: A lo mejor, yo soy fuerte, tengo poco gastos, trabajo a veces, solo tengo que vigilar las cabras, tengo únicamente una pensión.
Yo le pregunté a él: ¿tiene usted familia? Tengo sobrinos.
Y vienen a verle? Y él me contestó que no.
Cuando se enteren de que usted ha muerto vera como vienen para llevarse las cabras, y yo le dije: lo que que mejor hace usted es venderlas y pone el dinero en el banco y con lo que le deja el banco usted come. El dijo que a lo mejor hacía eso, que estaba muy viejo».
Las dos fotografía que aparecen en este post son de Mintz y posiblemente se las hiciera el día que fue a visitar la ruinas del Monasterio del Cuervo.
El último ermitaño laico del Monasterio de Cuervo responde al nombre de Manuel Coronil; el tío Coronil. En sus tiempos el Monasterio, que había sido desamortizado en 1835, era propiedad de Vicente Ruíz, el Molinero, con el cual tenía un acuerdo para que sus cabras pudieran pastar libremente por esos terrenos a cambio de una determinada cantidad de dinero. No obstante, son célebres los desencuentros entre ambos. El tío Coronil vivía allí, cuidando sus cabras y alimentándose en régimen de economía cuasi depredadora. Persona de otros hábitos de vida y otros valores no tenía en cuenta los del mundo coetáneo con él. Coincidió con «el hermano Antonio» ese curioso personaje que buscaba un tesoro en aquellos lares y que había engañado hasta a los nazis. La escasez de ropa y de higiene le delataba muchas veces. Me impresionó leer en el trabajo de una alumna sobre él, que su madre se acordaba más de su olor que de su cara; “olía a jara y monte”. Ni el mundo entendía al Tío Coronil, ni el entendía el mundo que a sus contemporáneos le había tocado vivir. Muchas son las anécdotas que cuentan del Tío Coronil, sobre todo relacionadas con su especial forma de vivir. Posiblemente había renunciado al mundanal ruido, para vivir con la misma libertad que los animales en el monte. Los altercados con la Guardia Civil fueron numerosos, nunca llegó a entender muy bien eso de que la propiedad privada era sagrada y que «ahí» no podían entrar sus cabras. Tanto él como Lobón encontraron en la benemérita la oposición institucional para llevar a la práctica su concepción de la vida. Se estaba acabando la ley vieja y se imponía la nueva.
Especial atención me merece el fin de su historia. Esa que Juan Pinto le cuenta a Mintz. Al final de su vida las monjas, los servicios sociales de la época, se lo llevaron a un convento a Medina. Aunque intentaban que se acostara en la cama, él insistía en dormir en el suelo, como toda su vida. Poco después murió. Y termina el trabajo antes referido:“Aunque en la memoria de muchos sigue viviendo, en su campo, con sus cabras y su olor a jara y monte”.


