El teléfono llegó muy tarde, como es habitual en todo lo que
se refiere a equipamientos e infraestructuras en este pueblo, una localidad
dependiente económicamente de unos pocos y políticamente de Medina. En un
escrito del 13-9-1920 los propietarios y comerciantes casaviejeños agrupados en
torno al casino de labradores solicitan, que al igual que en Medina, se coloque
un teléfono en el pueblo.

Se instaló un sólo teléfono en la oficina del
Ayuntamiento, haciéndose cargo de él, la familia de los Alcántara, en concreto
María. Los hermanos Baltasar y Antonio Alcántara fueron los alcaldes
de la última etapa de la monarquía y de la primera del franquismo, sus hijas
fueron de las primeras mujeres que se incorporaron al mundo laboral, bien fuera
gestionando una guardería infantil, el teléfono o algún comercio. También se
encargaban de repartir los periódicos ellos o los muchachos que se criaron con
ellos. 



La existencia de un solo teléfono para el pueblo creaba innumerables
problemas, pues sólo estaba al servicio del Ayuntamiento y los que tenían
relación con él. Además en los motines revolucionarios era lo primero que se
cortaba, para incomunicar el pueblo con el resto de la civilización. Se podía
leer en el ABC del 25-8-1931: «El alcalde da cuenta de que por orden de la
Compañía Telefónica ha quedado interceptada esta comunicación con la aldea de
Casas Viejas, con lo que ocasiona un gran perjuicio para aquel vecindario. Se
acuerda garantizar a la Compañía la cantidad que solicitó para el
entretenimiento de la línea, para que se reanude el servicio»
 
Foto Serrano. 13-1-1933. Un operario repara la línea de teléfonos que habían cortado los revolucionarios.



Habría que
esperar a 1952 con la mediación de José Mora Figueroa, como tantas otras cosas,  para que se instale una
central de teléfonos en el pueblo. De hecho la bendición e inauguración de las
instalaciones estuvo amadrinada por Carmen Domecq, la esposa de José Mora. De
la gestión de estas instalaciones se encargó Encarnación Moreno Marto y sus
tres hijas que procedían de Cádiz. Cuando esta familia emigró a Valencia, se
hizo cargo del servicio Mari Luz Guillén Guerra de la Vega, con la que
trabajaba Angelines y Mari Carmen Grimaldi, Mari Paz, Amparo García…
Estábamos asistiendo a la lenta y progresiva incorporación de la mujer al mundo
laboral. 



En Benalup, cuando venía Franco a las Lomas a cazar, se adoptaban
medidas excepcionales. A la centralita de teléfonos también le afectaba esta
visita. Se ponía una línea directa que conectaba la central de Benalup con el
Pardo y venía personal telefónico de Cádiz, junto a una brigada de mecánicos al
mando de un capataz para velar por el buen funcionamiento de la línea
telefónica. Estos trabajadores estaban día y noche en el centro.
Auriculares originales que se utilizaban en la centralita que regentaba Mariluz Guillén




En el trabajo sobre los oficios de Benalup-Casas Viejas Ana
Guerrero, Carolina Estudillo y Gema Sánchez entrevistan a Amparo García que
trabajo en la central de teléfonos. Dicen así: “Había un cuadro con muchos
números, cada familia tenía un número. Estos le decían a las operadoras lo que
querían y ellas con un disco marcaban a la familia que querían. “Yo trabajaba
por la mañana, que es cuando más trabajo había. Por la práctica que yo tenía le
comunicaba directamente con la persona que quería hablar. Me llevé siete años
trabajando, y me pagaba Mariluz. Telefónica le daba el dinero a ella y ella lo
repartía a las que trabajábamos allí, que no era demasiado, pero la profesión
me gustaba mucho”. En aquella central también trabajaba Angelines Grimaldi, su
hermana Mª Carmen, MªPaz, Mariluz que era la encargada… “Yo le pasaba la
llamada a Las Lomas, donde había otra centralita”. Amparo solía ir desde las 9
de la mañana hasta las 3 de la tarde, aunque a veces cambiaban los turnos. “Me
enteraba de todo los cotilleos y con una llave me ponía escuchar las
conversaciones y me enteraba de todo”. La oficina  estaba donde hoy en día está la oficina del
INEM. Había un tabique y una ventana y por ahí 
pedían las llamadas. Afuera había una cabina rodeada de madera que tenía
un cristal y ahí se metían. Las llamadas a Alcalá, Medina, Paterna y los demás pueblos
cercanos no costaban dinero. Normalmente las llamadas costaban 5 pesetas si
hablabas 3 minutos. Había avisos de conferencias, cuando la gente no tenía
teléfono iba a buscar a la persona a la que llamaban y le decía que a una hora
le iban a llamar, o sino llamaba al teléfono más cercano y le pasábamos la
llamada. El trabajo era muy continuo. “Yo ya me sabía los números de memoria y
los que no, llamaba a información o los buscaba en la guía”. Había que
hacérselo todo  a las personas ya que
había muchos que no sabían nada. “Me enseñó Mariluz y me tuve que aprender
muchos números de memoria para poder trabajar mejor, cuando yo me vine de la
centralita había en Benalup unos 135 teléfonos”. Se enteraban de las llamadas
por la noche porque sonaba un timbre cuando sonaba el teléfono. Ponían un reloj
cuando empezaba la llamaba y cuando colgaban paraba, así es como se contaban el
tiempo y se ajustaba las cuentas para pagarlo”.




En la transición se sustituyó la centralita manual por otra
automática y el teléfono, como todos los adelantos técnicos, se generalizó entre
la población. A la desaparición de la centralita le siguió la de las cabinas de
teléfonos y en la actualidad cada vez hay menos teléfonos fijos y más móviles. Estos y sus respectivas aplicaciones están siendo protagonistas de una de las mayores revoluciones que ha existido en la historia de la humanidad.
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