Fotografía del sur de la Laguna de La Janda, hoy desecada, en donde tuvo
lugar en el año 711, la famosa batalla del mismo nombre, también conocida como
la Batalla del Guadalete.
Reconozco que he estudiado la Batalla de la Laguna de la Janda, sus antecedentes y sus consecuencias. Sé bastante de ella. Pero ahora, presente en el escenario real en dónde todo ocurrió, la emoción me embarga, alimentando de adrenalina mi novelística imaginación, ansiosa de saber más.

—Te llevaré al cerro de Franco, —dice “Salus”, como si hubiera adivinado mi pensamiento—. Allí tendrás la misma visión que tuvo Rodrigo cuando llegó a la Laguna el 19 de julio del año 711.
Unos pocos kilómetros en coche y llegamos a la Mediana. Ya en el Cerro, una inmensa planicie pintada de colores ocres y verdes, se abría ante mis ojos. Los cerré y no me costó esfuerzo alguno imaginármela inundada, tal y como estaba hace mil trescientos años. Yo era ahora el rey Rodrigo y estaba reviviendo aquella jornada del 19 de julio del 711:
“El horizonte comenzó a brillar como cuando el sol refleja sus rayos en un estanque y la superficie los espeja hacia arriba en resplandecientes nubecillas parpadeantes. La tropa visigoda avanzaba y, pronto, las luminosas brumas del horizonte se transformaron en refrescantes charcos de agua que les mojaban los pies. Los caballos eran los que mayor entusiasmo mostraban al trocar el polvo por el barro. Algunos jinetes descabalgaron por el gusto de hundir sus pantorrillas en el agradable humedal.
—¿Qué es aquello que se agita tras el sol?, —preguntó uno de los caballeros, ahuecando la palma de la mano a la altura de las cejas para distinguir lo que trataba de ver—.
—Jinetes, son jinetes, —respondió uno que no había descabalgado y por tanto disponía de mayor altura para identificar el movimiento que se producía a lo lejos—. Y vienen hacia nosotros, —añadió gritando—.
No hizo falta dar ninguna orden más. Todos los caballeros subieron a sus monturas y se colocaron en formación para repeler un previsible ataque. Los jinetes del horizonte siguieron avanzando sobre la laguna, levantando abundantes crestas de agua. Cada vez estaban más cerca y eran más visibles. No había dudas. Un buen puñado de jinetes árabes, imposibles de contar con precisión, avanzaban hacia el ejército visigodo, blandiendo amenazadores alfanjes y gritando con estruendo en su cabalgada.
Rodrigo estaba a punto de dar la orden de cargar contra la caballería que les venía de frente cuando, ante el estupor del Rey, los jinetes giraron a su izquierda hasta tomar la dirección contraria en la que venían.
                                         Batalla del Guadalete – Oleo de Mariano Barbasán
Lagueruela, 1882.



—Esos temerarios han visto nuestro ejército y se han asustado, —dijo rápidamente Rodrigo—. No hemos hecho tan largo viaje para ver como cuatro moros, nos desafían con descaro y huyen en cobardía. Vamos a perseguirles hasta que se ahoguen en el mar.
Todo pintaba bien para las tropas visigodas. Impetuosas y con ansias de triunfo, salieron tras la caballería musulmana. Pero algo salió mal. La historia lo cuenta de manera inapelable. También Cervino explica en las Embajadas como acabó aquella legendaria batalla. Quiero verlo. Sigo con mis ojos cerrados, cautivado, imaginando…
El agua de la laguna tenía el color marrón intenso del barro removido en el combate. Rodrigo quedó mirando absorto el veteado en carmesí, por la abundante sangre derramada. Una confirmación de la aparente victoria conseguida. Pero apenas se trataba de un fugaz espejismo. Un griterío desde el sur le devolvió a la realidad. Incontables jinetes sarracenos venía hacia ellos, con los brillantes alfanjes, desnudos y amenazadores. Al instante las dos caballerías chocaron en un violento cuerpo a cuerpo. Por fin sus caballeros se enfrentaban con el enemigo de igual a igual. Lo de antes con los arqueros, había sido pinchar aceitunas de un plato. Ahora los mandobles y las cimitarras, las espadas y los alfanjes, besaban sus filos, sin que hubiese amor de por medio. El combate era ruidoso, frenético, agotador. Conforme pasaba el tiempo, los godos tenían más dificultades para esquivar los endiablados movimientos de los ligeros alfanjes, manejados con extrema habilidad por los encorajinados moros. Las pesadas armaduras de los cristianos no ayudaban. Cierto que repelían golpes y estocadas, pero su rigidez dificultaba los movimientos de los brazos de sus portadores, que no veían la forma de atacar con sus propias armas. De cada golpe que daban los visigodos, recibían no menos de cuatro y alguno de ellos, traspasaba la protección de mallas y armaduras. Cuando no, el moro no dudaba en atacar al caballo que, herido, al instante doblaba las patas, descabalgando a su jinete. Caído en la laguna, el agua se convirtió en un enemigo más. Con los ropajes empapados, los guerreros godos eran más pesados, más torpes, más vulnerables. Poco a poco fueron cayendo los toledanos, mientras los árabes se movían con agilidad. El combate estaba siendo desigual.
Rodrigo se sorprendía de la cantidad de jinetes sarracenos que les acosaban. Dos de ellos le tenían encajonado, recibiendo sin cesar las acometidas de sus alfanjes. El rey las esquivaba como podía. Un caballero godo acudió en su ayuda, atravesando con su espada a uno de los atacantes. Rodrigo aprovechó el momento y se deshizo del otro atacante. Pero solo fue un pasajero alivio. Dos nuevos alfanjes y una cimitarra, tomaron el relevo acosador. Pronto abatieron al godo que auxiliaba al Rey. Rodrigo quedó solo frente a tres jinetes. Un inesperado golpe en la espalda, le hizo perder el equilibrio. El refrescante abrazo de las aguas de la laguna, fue lo último que sintió Rodrigo antes de perder el sentido. Ni siquiera pudo ver como se retiraba la caballería sarracena, antes de que una lluvia de flechas les cayera desde poniente, rematando a las diezmadas tropas a su mando.”

El 29 de agosto del año 711 es el punto y final de la Edad Clásica. ¡Bienvenida sea la Edad Media!. Taríq arrebató a Rodrigo el débil cetro de los godos. Quedaron abiertas las puertas a la invasión árabe que, en apenas tres años, llegaron a Finisterre. Don Pelayo, en Asturias, recibió aviso de que debía poner en marcha “La Reconquista”. Ni fácil ni rápido. El trabajo lo concluyeron, setecientos años más tarde, los católicos Isabel y Fernando.
En Alicante y en Valencia, los nativos copiaron el argumento para celebrar una de las más vistosas y espectaculares Fiestas populares de España: “Las Fiestas de Moros y Cristianos”, una festiva recreación de la historia, transformada en magnífico espectáculo que derrocha color, música, danza y teatro.
Y todo comenzó en la Laguna de la Janda, muy cerca de Benalup. Alli, 1300 años atrás, sucedió la batalla que cambió el curso de la historia de España. Por ella, hoy muchas poblaciones de Alicante, Valencia, Murcia, Castellón y Granada, celebran Fiestas de Moros y Cristianos. Y también en gran parte de América Latina, a dónde la Fiesta fue exportada por los jesuitas con el propósito de evangelizar a los indígenas.
Gentes de Ontinyent, Alcoy, Villena, Elda, Jijona, Cocentaina,… todos los amantes en definitiva de esta gran Fiesta deberíamos, al menos una vez en la vida, viajar en peregrinación hasta Benalup y recorrer la Laguna de la Janda, para contemplar con respeto y emoción, el escenario en dónde comenzó todo.
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