El artículo de hoy va sobre las Ramaderes, un magnífico ejemplo de como luchar contra la marginación e invisibilización que condenan a las mujeres en el mundo rural, a través de una asociación de mujeres que se dedican a la ganadería extensiva. Resulta que una de las sociedades fundadoras es Sarah Gutiérrez Tejel la hija de un primo hermano mío con el que tenemos muco contacto. Así les presento un fragmento de María Sánchez, otro de Sarah Gutiérrez para terminar con un epílogo mio.
Escribe María Sánchez: «¿Cómo hacer visible el trabajo de las mujeres del medio rural? ¿Cómo romper esa postal plana e inerte donde nos enmarcan para contemplarnos?Las Ramaderes de Catalunya lo tienen muy claro: no volverán a callarse más. Este grupo de mujeres que se ha unido en Cataluña son un ejemplo a seguir.
Su biografía de Twitter es un manifiesto en sí mismo: “Somos mueres, somos ganaderas de ganadería extensiva, somos pastoras, somos madres, somos compañera y estamos unidas”
Puede parecer una tontería pero las redes sociales son una herramienta perfecta para dar a conocer el verdadero rostro del medio rural y de las que trabajan en él. Yo insisto mucho en ello porque las que trabajamos en el campo podemos hablar y contar cosas de él, podemos tener ese altavoz y esa plataforma que tantas veces se nos ha negado. Y no deja de tener cierta gracia que a muchos les escame que la gente del campo, y sobre todo las mujeres, tengan acceso a estas herramientas y den a conocer su día a día.
La labor de difusión que hace Ramaderes me parece fundamental. Unas fotos de sus manos, reivindicándose, porque éstas, aunque sean pequeñas o finas, aunque sean de mujer, sirven para trabajar, para ordeñar, para arar. No necesitan las manos del hombre. Ellas pueden. También tienen cuenta en Instagram. Suben fotos de sus animales pastando porque la ganadería extensiva y el pastoreo son su signo de identidad. Con lemas como “Sin pastoras no hay revolución”, “Pastura es cultura” y “No soy la hija de, la hermana de, la mujer de”, dejan muy claro sobre qué va su lucha y su día a día. Entremezclan sus fotografías y sus ideas con citas de literatura escrita por mujeres. Son abiertamente feministas y no tienen miedo de señalarse, saben que sin ellas no habrá medio rural. Están cansadas de ser las que están al mando de sus rebaños y que aún sigan preguntándoles por el marido. Cansadas de que las enmarquen en esa postal de pastora bucólica y bonita, siempre con sombrero de paja, dormida mientras sus ovejas corren alegres alrededor. Están cansadas del maltrato de la administración y de las trabas con las que se encuentran para comercializar sus productos. Cansadas de no figurar, de que no se las tenga en cuenta, de ser un elemento más en el paisaje, sin voz ni voto. En las redes han encontrado la mejor forma de difundir su mensaje y de darse a conocer. Aquí son ellas las que escriben, las que hablan, las que cuidan, las que cuentan”.
Dice Sarah Gutiérrez:»Una persona a la que tengo mucho aprecio me ha pedido que hable sobre Ramaderes de Catalunya… ¿cómo explicar con palabras el apoyo, la confianza, la sororidad que existe en el grupo? Tal vez el siguiente relato de pastora ayude a entender a las que no forman parte del grupo qué es y qué significa para nosotras este peculiar grupo. Más allá de nuestras reivindicaciones, más allá de nuestra forma de comunicar clara y contundente, más allá de todo ello, Ramaderes teje una red interna de confianza que es la fuente de fuerza e inspiración. Tras cada Ramadera hay una historia, esta es sólo una más. Amor y pasión por nuestro trabajo, por nuestro entorno, por nuestros animales.
Pronto hará ocho años que sonó el teléfono y al otro lado oí las palabras: «tendrías que bajar para comentar los resultados». Mierda! Quedamos que si los resultados de la segunda biopsia eran buenos no haría falta que volviera a bajar a Barcelona, bastantes viajes llevaba ya… Los meses que siguieron aquella llamada fueron duros, no lo negaremos. Y a pesar de que lo afronté desde el primer segundo con mentalidad positiva y teniendo claro que yo estaba curada desde la primera salida de quirófano, cuatro operaciones en pocos meses y algunos altibajos emocionales siempre hacen que te preguntes… ¿y por qué a mí? Suerte de mi compañero y mi família, siempre a mi lado y apoyándome. Pero creo que además de mi físico, el cancer de pecho que me diagnosticaron con 32 años cambió algo más en nuestras vidas. Nos hizo ser algo más conscientes de qué son las cosas importantes, y nos hizo darnos cuenta que, como se suele decir, la vida su dos días y mañana puede ser el segundo…
No fue inmediato pero la semilla fue creciendo hasta que un día decidimos plantarnos. Nuestro trabajo ya no tenía sentido, no nos llenaba, así que decidimos dejarlo todo para hacer algo del que nos pudiéramos sentir orgullosos.
Y casi ocho años después de aquella llamada aquí estamos. A un pequeño pueblecito del Pirineo, pisando cada día la tierra que amamos, aunque no nos haya visto nacer. Respirando cada día aire puro, viendo como las estaciones cambian el paisaje que tanto nos gusta, y disfrutando de un trabajo que nos absorbe tanto tiempo que no nos permite tener vida… esta es nuestra vida y no la cambiaríamos por nada. Nuestro pequeño rebaño se ha convertido en nuestra gran familia. Lo disfrutamos mucho y lo sufrimos a veces. No somos pastores pero las llevamos a pacer cada día; no somos campesinos (claro, no hemos nacido) pero gestionamos la tierra y el paisaje y ponemos nuestro humilde granito de arena para mantener nuestro ecosistema; no somos queseros pero hacemos un queso sencillo y honesto con la leche de nuestras cabras. Esto sí… somos felices.
Y a menudo cuando pasturo y el trabajo «de oficina» que me llevo al campo me lo permite, pienso…
Y si mañana fuera el último día, ¿que harías? Y la respuesta la tengo clara. Saldría a pastar con nuestras cabras, disfrutaría de la compañía de nuestros perros mientras hacen su trabajo en el campo -es cuando son más felices- y lo haría, todo ello, con la compañía de la persona que más quiero en este mundo, mi compañero».
Como la familia de Sarah y la mía tienen tanto contacto hemos vivido muy de cerca todo el proceso evolutivo que ella cuenta. Desde qie trabajaban para las revistas de motos en todo el mundo hasta que viven en un pueblo de la Cerdanya, en los Pirineos, alejados del mundanal ruido. Pasando por la enfermedad y por la construcción de un proyecto, que les está costando sangre, sudor y lágrima y todavía no han terminado. Visitamos toda la familia con cierta asiduidad la era ceretana y nos maravilla el esfuerzo, los obstáculos que superan, las condiciones penosas y las dificultades que salvan para alcanzar el sueño de producir quesos de cabra y ser autosuficientes.

Especial importancia tienen en este proceso de solidaridad entre las propias mujeres que permiten las nuevas redes sociales. Os cuento un ejemplo significativo. Vi en ellas que Sarah pedía ayuda para operar a una cabra en el veterinario. Me puse en contacto rápidamente con ella y me dijo que ya había conseguido lo que quería. Al enterarse sus padres le preguntaron que porque no les había pedido ayuda a ellos y le contestó que esto funciona así, que se ayudan entre ellas, unas veces unas a otras y otras se cambia la torna. Me parece que en iniciativas como las de las Ramaderes en general y la de Sarah Gutiérrez Tejel en concreto no sólo está el futuro del mundo rural, sino su esperanza.