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| Abuela materna |
Les traigo hoy dos fragmentos muy interesantes, en el primero María Sanchez habla del diferente rol del hombre y la mujer rural. En el segundo Antonio Castellet Casas nos cuenta la historia de Casas Viejas a través de sus mujeres de la Yeguada. En ambos el denominador común es la discriminación y el sufrimiento de la mujer rural.
Escribe María Sánchez:
“Para mi madre, conocer a mi padre tuvo que ser una especie de liberación. Aunque pasó de la casa del padre a la del marido, dejar el pueblo e instalarse en Córdoba le hizo bien. Podía decidir, no rendir cuentas a tanta gente. Empezar una vida en la que tomar sus pequeñas decisiones y crear un hogar para sus hijos.
Solía enfadarme cuando mi madre decía que no le gustaba el campo, que no tenía ganas de ir al pueblo. Que no se iría a vivir allí. Ahora lo entiendo, ¿cómo le va a gustar si para ella significa trabajo y sacrificio?
Para ella, el campo no es un lugar que contemplar ni en el que descansar. Significa frío, lluvia, heridas en las manos y ningún poder su propia vida. Significa estar a la sombra del padre y del abuelo. Obedecer, servir, dar. Permanecer siempre atenta por los demás. Cuidarlos. No mirar nunca por ella. Convertirse siempre en la última. La relación de mimadre (y la de tantas mujeres) con el medio rural se convierte en un relato extraterrestre si lo comparamos con la relación de tantos hombres con él. Pienso en Miguel Delibes y en Felix Rodríguez de la Fuente. Qué diferente puede ser el campo dependendiendo del género, la familia y las circunstancias en las que te tocó nacer. Mientras unos contemplaban, observaban, cuidaban, cazaban y, a fin de cuentas, disfrutaban del campo, otras trabajan sin descanso en él y para los demás.
Antonio Castellet Casas nos da unas breves pinceladas sobre sus mujeres:
Mis mujeres mayores
Con bastante respeto y desde mi timidez me atrevo a responder a una petición de Salustiano escribiendo sobre las mujeres que han rodeado mi vida.
Aunque conocí a mi bisabuela María, los recuerdos de ella son muy borrosos y solo conservo una imagen y la forma en la que sus bisnietos la llamábamos “la abuela de pompis”, no hace falta explicar porqué.
Mis dos abuelas formaron parte de los cuarenta colonos en La Yeguada. Pepa, mi abuela materna, pasó parte de vida en el cortijo de Gallardo donde trabajaba mi abuelo y donde nacieron ocho hijos, cuatro varones y cuatro hembras. Mujer de carácter abnegado, trabajadora y como todas las de su época sometida al trabajo de unas tierras y a una vida carente de lo más básico. Me contaba una de mis tías, la odisea que cada año vivía toda la familia, al trasladarse con todos los enseres desde Gallardo montados en yeguas hasta las Mesas Altas, donde mi abuelo lleva el ganado. Años más tarde, al formar parte de los colonos, comenzó otra vida. Yo recuerdo la vida compartida entre La Yeguada y las tierras de su parcela, donde pasó los últimos años de su vida rodeada de nietos. Por alguna razón que desconozco se convirtió en la partera de La Yeguada, donde no es extraño encontrar una familia en la que al menos una vez no haya asistido al parto de uno de sus hijos. Jamás se negó, fuese donde fuese y como fuera el medio de transporte. Como la mayor parte del año vivía en la parcela, hasta allí iban a buscarla con los medios más insospechados, así que subida en un burro, una moto o incluso una bicicleta, jamás faltó a un parto.
Mi abuela paterna María de la Paz, era genio y figura, nada que ver con el carácter de mi otra abuela. Vivía pared con pared con la casa de mis padres, así que si alguna vez cometíamos alguna trastada, nuestra abuela era el manto que nos salvaba del lanzamiento de la alpargata. Tuvo nueve hijos de los que sobrevivieron ocho, la novena vivió sólo unos años. Sufrió la pérdida de su hermano Juan, fusilado en la choza de Seisdeos durante los sucesos. Alguna vez le pregunté sobre ello, pero no le gustaba hablar de ese tema.
Tenía muchos hermanos, aunque sólo conocí a dos, a su hermano Manuel, que vivía en Cádiz y a su hermana Ana, que era casi un calco de ella y que vivió muchos años en Las Torrecillas.
La que me dio el ser, mi madre. Si he de adjudicarle un adjetivo sería “valiente” y quizás también generosamente entregada. Seis embarazo aunque solo cinco hijos. La recuerdo siempre trabajando. Era una excelente costurera y trabajaba en casa, pegada a su máquina haciendo ropa básicamente de hombre. Era la ayuda necesaria para aquellos duros tiempos de carencias. Cuando de pequeña vivía en Gallardo, cuidaba de una piara de pavos y contaba el miedo que pasaba cuando alguna serpiente le arrebataba algunos de los pavitos. Era la mayor de los ocho hermanos, y a pesar de que el siguiente era varón, su padre siempre la elegía para acompañarle, subida en una yegua, para realizar las faenas con el ganado.
Cuando yo sufrí el ataque de Poliomielitis, tenía año y medio, no se lo pensó dos veces, sabiendo que lo mejor era que me viese el médico de Medina, me tomo en brazos y andando desde La Yeguada me subió hasta su consulta. La vuelta de la misma forma.
Cuando se puso de parto de su último hijo, la pequeña de todos, mi abuela, su madre, no llegó a tiempo y fue ella, la que se asistió sola, cortó su cordón umbilical, indicándole a mi abuela paterna y a nuestra vecina María Barberán lo que tenían que hacer para ayudarle.
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| Mi madre |
Son solo dos pinceladas de su forma de ser.
Y por último, la tía Catalina Jordán, que era como se la conocía en La Yeguada, aunque su apellido era Casas, porque era hermana de mi abuelo. Jordán era su marido. Su imagen y su tristeza aún la mantengo bien fresca a pesar de los años. Sufrió hasta su muerte la pena de no saber que había sido de su hijo José que huyo cuando la guerra y a pesar de sus esfuerzos durante años nada más supo. Ahora ya sabemos que murió en el campo de concentración de Gusen, Austria a los 29 años».


