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| Francisca Montiano Cruz. 1964 |
Hablar de las mujeres rurales de antes es recurrir al ambiente que lo impregnaba todo; el machismo y el paternalismo. Sobre eso reflexionan en este post María Sánchez y Paqui Barberán.
Dice María Sánchez: “Todo lo que llegaba a casa, lo importante, las alegrías, y las proezas, las buenas noticias, siempre venían de la misma voz. Nos contaron que sólo trabajaba el hombre, que era él el que merecía descansar al llegar a casa. Silenciamos y pusimos a la sombra a aquellas que hacían las tareas domésticas, que se arremangaban las mangas y las faldas en nuestros pueblos, que ayudaban en las parideras, que trabajaban el huerto, cuidaban las gallinas, recogían aceitunas. Les quitaron la luz para que el centro de atención y los cimientos de la casa alumbraran siempre al mismo, para que los demás ñinos desviáramos la vista, ni perdiéramos la atención.Teníamos como normal que nuestras madres y nuestras abuelas se encargaran de todo y pudieran con todo: la casa, los cuidados, los hijos, el campo, los animales. Les quitamos sus historias y no nos inmutamos. Dejamos que fueran ellos los que contaran, los que siguieran marcando el camino para los demás. A ellas, a nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras tías, las veíamos como algo extraño y familiar a la vez, algo cercano pero que pertenece a otra galaxia, con otro horario y otra atmósfera. Ellas nos hablaban y contaba, pero no las entendíamos, porque sencillamente, no las escuchábamos. Las pautas que nos habían dado hasta ahora venían prácticamente en su totalidad desde el género masculino”
Escribe Paqui Barberán:
Las raíces que me alimentan y me dan alas. Mi abuela materna,
Francisca Montiano Cruz, más conocida como Francisca la de María la Cruz. Trece embarazos, once partos, de los que sobrevivieron tres hembras y cinco varones, todo esto entre los años 30 y 50. Una de las cosas que me encanta oír de mi abuela, y que me consta que hacían otras muchas mujeres en aquella época, es que tenía muy “buena leche” y amamantaba a los niños de las madres que no la tenían, entre ellos al Chispa y Manuel Máñez el escultor. Me parece un gesto tan solidario, tan natural, tan grande… un gesto y un símbolo de poder que solo algunas mujeres tenemos: alimentar a los nuestros, a los que lo necesiten, hayan salido o no de nuestro vientre; me parece grandioso, maravilloso, tan impensable en estos tiempos.
Mi abuela fue una mujer con carácter, que soportó la muerte de su hermano Andrés en los sucesos del 33, estando embarazada de mi tía Isabel, que nacería pocos días después. La recuerdo siempre de luto, vestida de negro, con su roete ( moño, rodete) de pelo blanco, su delantal de cuadros recogido con dos imperdibles, sus babuchas también negras y salpicadas de lejía…
Le gustaba mandar, y mandaba porque tenía siempre a su alrededor gente dispuesta a cumplir con sus “peticiones”: La cama está sin hacer, hay que fregar, ve a lo de Cándida a comprar, limpia el polvo…Mi madre y sus hermanas siempre han estado pendientes de ayudarla, aún teniendo mi abuela las facultades y la posibilidad de hacer todas esas cosas por ella misma. Esta “actitud de ayuda” pasaba de hijas a nietas, siempre mujeres, recuerdo a mis primas y a mí misma haciendo las faenas para descargar a nuestras madres, que además llevaban sus propias casas. Era la herencia machista de esas generaciones, yo no recuerdo hacerlo con agrado, sino porque me “correspondía” por ser mujer ayudar a mi madre en lo que, a su vez, le correspondía a ella. Pero era algo habitual, lo veía en algunas casas de las abuelas de mis amigas, la obligación de las hijas era ayudar y cuidar. Ahora lo analizo y veo a mi madre que lejos de pedir ayuda nos la da, se ofrece para todo lo que puede, y muchas veces digo que ella y otras muchas mujeres de su generación son eternas cuidadoras, cuidaron de sus padres y hermanos varones, han cuidado de sus hijos e hijas y ahora cuidan de sus nietos y nietas. Creo que nunca recibirán de vuelta ni siquiera la mitad de lo que han dado, sé que no lo han hecho a cambio de nada y sé que en muchos casos no lo esperan.
Es maravilloso tener presente nuestras raíces, respetarlas, reflexionar sobre ellas e intentar aprender y avanzar. Me viene como anillo al dedo un aforismo del poeta Juan Ramón Jiménez, en el que, desde mi punto de vista, refleja esa importancia de tener presentes nuestras raíces y a la vez avanzar:
“Una persona anclada en sus raíces y sin capacidad de elevarse es un ser que se limita a vegetar, a sobrevivir. Por ello las raíces deben elevarse y volar.
Una persona sólo movida por las alas de la ensoñación, del deseo, del ansia de transcender y sin vínculo con la tierra es humo que se evapora sin dejar rastro de su paso. Por ello las alas deben arraigar.
Es necesario complementar lo uno con lo otro. Raíces con alas y alas con raíces.”
(Juan Ramón Jiménez (1916): Diario de un poeta recién casado (Hacia el mar)).
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| Francisca Montiano Cruz 1976 |


