El post va sobre nuestras abuelas olvidadas, para ello he utilizado un fragmento de Tierra de Mujeres de María Sánchez y otro que me ha mandado Agustín Coca sobre su abuela paterna.

Dice María Sánchez:“A esa edad las mujeres de mi casa eran un especie de fantasmas que vagaban por casa, hacían, deshacían. Eran invisibles. Hermanas de un hijo único, como dijo en una ocasión la escritora portuguesa Agustina Bessa-Luís sobre su infancia. Hermanas de hermano. A la sombra y al servicio del hermano, del padre, del marido, de los mismo hijos. Y no puede ser más certero y, a la vez, más doloroso. Porque es ésta la historia de nuestro país y de tantos: mujeres que quedaban a la sombra y sin voz, orbitando alrededor del astro de la casa, que callaban y dejaban hacer; fieles, pacientes, buenas madres, limpiando tumbas, aceras y fachadas, llenándose las manos de cal y lejía cada año, sabedoras de remedios, ceremonias y nanas; brujas, maestras, hermanas, hablando bajito entre ella, convirtiéndose en cobijo y alimento; transformándose, con el paso de los años, en una habitación más que no se hace notar, en una arteria inherente a la casa.


Pero ¿Quiénes son los que cuentan las historias de las mujeres? ¿Quién se preocupa de rescatar a nuestras abuelas y madres de ese mundo al que las confinaron, de esa habitación callada, en miniatura, reduciéndolas sólo a compañeras, esposas ejemplares y buenas madres? ¿Por qué hemos normalizado que ellas fueran apartadas de nuestra narrativa y no formaran parte de la historia? ¿Quién se ha apoderado de sus espacios y su voz? ¿Quién escribe realmente sobre ellas? ¿Por qué no son ellas las que escriben sobre nuestro medio rural?”
Antonia Mateos Vela y Francisca Sánchez Rodríguez




Dice Agustín Coca:En la casa de los Cocas las mujeres eran poderosas. Mamá Pepa, mi abuela Antonia, mi tía Isabel, Pepa…eran mujeres sabias que sabían entretejer con ternura los hilos de la cotidianidad, por lo que además eran personas queridas y respetadas, tanto dentro, como fuera de la casa. El llavero de la casa de mi abuela estaba siempre lleno de los llavines de sus vecinos  rancheros.  En la casa de Antonia Visglerio siempre había vecinas y tenía de par en par las puertas abiertas. A veces conversaba sigilosamente en la cocina con sus vecinas, muy bajito, y los niños y las niñas sabíamos que teníamos que dejarla en su intimidad. Discreta, menuda, enlutada, con unas gafas que apenas dejaban ver sus avisados ojos, y una sonrisa en una mirada tierna llena de inteligencia. Cuidadosa y cuidadora, en cada detalle.
La de mi abuela era una casa de mujeres: Curra, mi aún vecina Paca, Inés, María la Maúra, Manuela, Rafaela, Pepa la Vaquera, Rosario…todas eran mujeres que te besaban, preguntaban, se reían, te acariciaban, peinaban si hacía falta y regañaban también. Todos los días después de comer siempre venía alguien por los desperdicios de la comida. La recuerdo con el sol de la tarde conversando con alguna mujer, con las que se intercambiaban cubos de zinc y ollas colorás, algunas vacías y otras llenas…y aún escucho su risa infantil menuda de cuerpo  menudo, que llegaba a carcajada.
Como tantas andaluzas nunca aceptó la inferioridad, ni tampoco el clasismo. Nunca la oí hablar mal de nadie y buscaba el ángulo oculto, y mil vueltas para explicar positivamente cualquier hecho o acción reprobable …y cuando era imposible hallarla, ella callaba, y sentías con la pesadumbre de niño, que la humanidad entera había fracasado. Tenía una conciencia absoluta de que en este mundo debe primar las relaciones horizontales desde la sensibilidad, la ternura y solidaridad y este pensamiento siempre estaba detrás de cada consejo, de cada opinión. Le encantaba cantar, pero nunca lo hacía…e intentaba enseñarme con una letra inolvidable: “Cambiaste el oro por plata y el mar por una laguna, cambiaste una noche clara, por una que estaba oscura”. Hoy, todas las mañanas, cuando les abro a mis hijos las rebanadas de pan de Alcalá, por la mitad y una vez tostada, me acuerdo de ella. Y me veo sentado de chico, agarrando con fuerza la taza de café con leche condensada que me calentaba las manos y siento su inmensa protección y presencia eterna.
Ella vivió una guerra, el secuestro de su marido y su hermana, pero como ella decía con tristeza por los que sí, nunca pasó hambre. Le encantaba contar historias y a mí escucharlas. Esos relatos, que escribí en la década de los noventa, me los contó ella y te los envío Salus, mientras compongo desde la memoria otros perfiles que alimente la sección “Tierra de Mujeres”, tan necesaria, de tu blog. En ellos, y tras releerlo, me doy cuenta que retrata fielmente su perfil ideológico y su posición solidaria desde su situación de clase como ranchera. Te lo envío tal y como se los envié a mis primas y hermanas, con las que los compartí hace ya veinte años:


María Josefa Coca

Esta mañana ordenando mi estantería encontré una libreta del año 1995. En ella tengo escrito historias que me contaba abuela Antonia. Yo algunas se las he contado ya a José a modo de cuento, para que conozca parte de la historia de su pueblo, y se me ocurrió que siendo de la misma casa y teniendo hijos e hijas sería bueno compartirlas con mi gente. Un beso a todos, ahí van las tres historias escritas que me contó abuela tal y como aparece en la libreta encontrada:


Historia Primera.



Isidro, padre de abuela, vio la oportunidad de hacerse propietario de sus tierras. Eran ya muchos los años que pagaba la renta, y aprovechando que el viejo de Arroyo había muerto, y sus suertes divididas, no encontraban en sus hijos a sucesor que las aglutinara, hizo la propuesta de compra. Para ello tuve que vender prácticamente todo el ganado.


Su hija Antonia, tras un lentisco, veía alejarse una a una, aquellas vacas a las que tanto quería. Y hubiera deseado, mil veces, que aquel hombre que siempre convencía a su padre para que le vendiera el ganado, se chocara en cualquier repecho…pero que sus vacas no se las llevara.


Isidro la miró y vio sus lágrimas en los ojos, sus gemidos y el desconsuelo en todo su rostro.


Se acercó a ella y la levantó del suelo sentándola luego en sus piernas:


Mira hija, no llores. ¿Tú no ves que ahora, por fin, la casa es nuestra? Y mira las dos novillas que nos quedan. La primavera que viene parirán sus becerros y muy pronto estarán repuestas las vacas.


Antonia lo escuchaba y secó sus lágrimas dejando su pupila en la silueta de la retinta que ya se alejaba por el camino.



Antonia tenía 12 años.”

Francisca García Estudillo



Historia segunda.





Era un día con sol de un mes de Julio que rebosaba en calor. El rebezo cansado iba viniendo de la era a la estancia a descansar y Antonia miraba al zagal convencida de que no tenía ni idea de cómo llevar a las vacas:


-Escucha, verme dejando que ellas vayan entrando a la estancia que yo las amarro.


Una a una, las vacas iban entrando y colocándose en el sitio al que tenían por costumbre amarrarse.


¡Ahí van señorita! – le espetó el muchacho. Ella lo miró fijamente a los ojos y le dijo:
¡A mí nunca me vuelvas a decir señorita! Dime Antonia usted para acá, usted para allá, pero no señorita…


Él, sorprendido y agradecido le dijo:


-Para que usted vea. Yo estaba en un rancho y todos comíamos las mismas migas y me obligaban a decirles señorita.


Más tarde el zagal subió corriendo hasta la era, gritando:


¿Sabéis quien ha amarrado las vacas? ¿sabéis quien ha amarrado las vacas?

Un morito se secó el sudor con la manga de la camisa, lo miró un instante y le dijo:


-Seguro que tu no.


Historia tercera


“Era el mes de octubre de cualquier año. El agua aún no había regado los campos de esta tierra, y el hambre recorría como un fantasma de dolor a cada una de aquellas familias de carboneros a las que les era negado el trabajo con el que poder vivir.


Su mujer se lo había dicho:


¡Si fueras hembra, habrías perdio hasta la honra! ¡Algún día se van a llevar hasta los pantalones!


Sus vecinos le decían a Manuel que su casa era la pila de agua bendita, donde todos iban a mojar el dedo.


Él le contestó secamente a su esposa:


-Quien pide, no es porque le guste. Quien pide es porque le hace falta. Y si nosotros tenemos y no pasamos hambre, no podemos negarle el pan a nadie.


El amasijo apenas si duraba de un día para otro.


Sus vecinos le llamaban al rancho la “Casa de Socorro”. Eso sí, luego en primavera también comentaban:
-Donde siembra siempre sale la espiga buena.


-Es el mejor trigo de toda la zona.


-Si Coca siembra en una piedra, ahí sale el trigo.


Y esto lo decían por mi abuelo. Decía mi abuela Antonia.” 


Años 90 en el Callejón de la Herrá. Alcalá de los Gazules.

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